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RICARDO SÁNCHEZ CANDELAS

Las mentiras de la izquierda sobre el trasvase Tajo-Segura |
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| Por su interés, reproducimos a continuación el artículo que nos ha enviado Ricardo Sánchez Candelas, que fuera candidato del PSOE a la Alcaldía de Toledo y antiguo militante de este partido. |
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| RICARDO SÁNCHEZ CANDELAS |
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11/10/2006 .
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Acabo de leer en EL DIGITAL CASTILLA-LA MANCHA que el debate sobre el
estado de la región que habrá de tener lugar en los próximos días en las Cortes,
podría ofrecer como noticia estrella, anunciada a bombo y platillo por el
presidente Barreda, el solemne anuncio de la famosa "fecha de
caducidad" del trasvase. Y no puedo por menos que recobrar mi antigua condición
de luchador, al final en solitario, en defensa de las aguas del Tajo, y con ese
modesto bagaje de mérito hacer algunas reflexiones, ya con perspectiva de tiempo
suficiente como para que se hayan atemperado la viejas pasiones ante la cruda
realidad.
Para quien mantenga todavía alguna capacidad moral de juzgar
críticamente su propia conducta, una de las más terribles experiencias debe ser
la de confrontar la evidencia de la implacable realidad con las propias
mentiras. He de suponer que una experiencia de parecida naturaleza, si es que no
es falsa también la hipótesis inicial, debió ser la que experimentara
José Bono como miembro, y muy significado por cierto, del
Gobierno que, una vez tras otra, al poco de tomar posesión, decretaba nuevas
sangrías del río Tajo, ya en el límite de su extenuación, a través del trasvase
a la cuenca del Segura. En aquella hora límite de la verdad - ¡maldita sequía! –
se puso al descubierto, con claridad deslumbrante, todo lo que había de falso,
sujeto sólo a conveniencias políticas de coyuntura demagógica y electoral, en
aquellas indignadas protestas de antaño, tan tardías como inútiles, en las que
el señor Bono, en su condición de presidente regional de
Castilla-La Mancha, aireaba la bandera de la defensa a ultranza de las aguas del
Tajo.
Quizá tan a ultranza como su oposición a la instalación de un campo
de tiro exigido por intereses de la defensa nacional, para terminar siendo
Ministro de Defensa, asunto que, por cierto, se ha querido que pase
desapercibido por comentaristas y tertulianos de todo jaez, siendo así que
suponía uno de los más escandalosos síntomas de inmoralidad del gobierno
Zapatero y, por supuesto, del propio designado para esa cartera
ministerial. Esperpento del Celtiberia Show en estado químicamente
puro. No por casualidad, aquellos tiempos del "cabañerismo" eran los del
posfelipismo, abiertas ya a la voz del "rompan filas" todas las expectativas
sucesorias, en los que Narcís Serra y José
Borrell en sus respectivos Ministerios -¡qué casualidad!, los de sus
asuntos conflictivos- también podían postularse como delfines en la lucha por el
poder partidario. No venía nada mal poner chinas en su camino.
Pero
viene todo esto a cuento de la larga historia de mentiras de la izquierda, y del
PSOE muy en particular, en relación con el trasvase Tajo-Segura. Algunos –quizá
muy pocos, y hasta llego a pensar ahora que yo solo- ingenuamente, nos las
creímos. Hasta tal punto en mi ingenuidad que esa estúpida fe resultó
determinante en mi caso para adquirir militancia política, y adoptarla además en
el partido en que lo hice, partido al que, por cierto, le venía muy bien
entonces presentar para su beneficio electoral en Toledo un abanderado tan
entusiasta de la defensa del Tajo. Pero, tranquilos, que todo está escrito, y se
irá sabiendo. Con pelos y señales. No cunda el pánico.
Primera mentira
La primera de estas
mentiras era que del trasvase, como obra típica de la dictadura, nos podríamos
ver redimidos con el advenimiento a España de un sistema democrático. Las
grandilocuentes palabras de "megalomanía", "obra franquista", "gestión
antidemocrática de los recursos" y otras por el estilo fueron de inmediato
incorporadas por la izquierda a la pomposa jerga habitual de la "lucha"
antitrasvase. De hecho, las pocas manifestaciones que hubo en Toledo y Talavera,
por lo demás tampoco excesivamente multitudinarias, más parecían, a la vista de
los emblemas de banderas, pancartas, siglas y eslóganes coreados, algaradas
protagonizadas en exclusiva por los partidos y sindicatos de izquierdas que
manifestaciones contra el trasvase.
Esto fue algo muy perjudicial para
la causa de la defensa del Tajo. Con este sesgo, exclusivamente partidario de la
reivindicación, la recuperación de la integridad del río dejaba de ser un
objetivo unitario del pueblo de Toledo. De todo el pueblo de Toledo, fuera cual
fuera su ideología o tendencia política. Así, en la lucha antitrasvase, con ese
totalitario afán "ocupacionista" de la calle que siempre ha caracterizado a la
izquierda, se excluía de este compromiso de todos a la derecha toledana de
aquellos años, a la que de una manera más o menos implícita se la consideraba
directa heredera del régimen franquista, y en su consecuencia, responsable y
cómplice de la obra. Como hoy. Como siempre. No cambian.
Grave y sectario
error entonces, pero transcurridos casi treinta años de democracia y con el
trasvase aún "vivito y coleando", más que error, y a la vista están los hechos,
flagrante mentira. La triste realidad ha demostrado que, por encima de la
contextura ética que algunos atribuíamos entonces a la democracia para dirimir
con equidad sobre situaciones injustas, ha prevalecido la estricta aritmética de
los votos que cosechan los partidos en cada provincia o región. Es así como esta
demagógica falacia ha quedado bien patente, ante la constatación de que el censo
votante de las provincias y regiones que reciben el agua es abrumadoramente
superior al de las que son expoliadas de este recurso. Así de elemental. Una
pura cuestión de estrategia de acceso al poder o de mantenimiento del mismo
cuando se ha conseguido.
Por mucho que pueda resultar sorprendente para
algunos, hasta escandaloso decirlo a estas alturas y se haya silenciado hasta
ahora, no es de extrañar así que las instituciones y los políticos toledanos de
la dictadura fueran bastante más firmes y contundentes en la defensa de los
intereses y derechos que veían vulnerados con el trasvase del Tajo, que lo ha
sido la clase política de la democracia. Obran en mi poder numerosos documentos
escritos para probarlo que si algún día me decido a publicarlos podrían poner a
prueba la capacidad de sonrojo de algunos, si es que no la han perdido ya
definitivamente. Se trata, por lo que hace a partidos y personas de la izquierda
toledana y regional, de auténticos monumentos a la incoherencia y a la
ambigüedad.
Segunda
mentira
La segunda mentira, congruente con la anterior,
casi otra versión de la misma, consistía en hacer creer que la injusticia del
trasvase se vería remediada con el sistema de reparto territorial del poder que
significaba el Estado de las Autonomías. El trasvase, se decía, era fruto del
abominable concepto centralista del franquismo, y la izquierda, el PSOE en
particular, conocidos sus "méritos" históricos y derivas hacia el federalismo y
asimetrías similares – bien estamos viendo, por cierto, en estos días a qué nos
pueden conducir – pregonaba que de su mano, con gobiernos autonómicos en su
poder – el rentable invento para algunos de Castilla-La Mancha ya estaba en
marcha – cesaría el sangrante expolio de las aguas del Tajo. Con un gobierno
regional de color socialista eso de esquilmar al Tajo se iba a terminar. ¡Qué
maravilla!
Si el primer embuste quedó pronto bien patente, el segundo ha
resultado aún mucho más lacerante, porque si "vivito y coleando" sigue el
trasvase tras treinta años de democracia, no menos lo continúa al cabo de más de
veinte años de gobierno regional de signo invariablemente socialista, con el
agravante en este caso, para añadir mayor sarcasmo al engaño, de haberse
pretendido hacer creer – eso sí, con medios de propaganda y publicidad bien
amaestrados y dóciles para no cuestionar la patraña – que las sucesivas sangrías
del agua se producían ante las indignadas iras del gobierno regional que
incluso, ¡oh atrevimiento!, hasta llegaban al enfrentamiento con el Gobierno
central. ¡Y del mismo signo!, se insistía, para conferir a la pataleta tintes
casi heroicos. ¡Plantar cara a Felipe, ahí es nada! ¡Qué
protestas tan enérgicas y...sobre todo, tan eficaces! Al final no se sabía bien
si lo que se trasvasaba era agua del Tajo o un torrente de lágrimas de
cocodrilo.
En todo caso, el asunto venía funcionando a la vista de que
la pantomima tenía efectos electorales milagrosos. Con lo fácil que habría sido,
con la Constitución en la mano, valerse del artículo 87.2 de nuestra Carta Magna
para plantear ante el Gobierno, tan del mismo signo también durante muchos años,
¿ o no lo era?, o ante el Congreso de los Diputados, con la misma mayoría
parlamentaria igualmente, ¿o tampoco lo era?, una iniciativa legislativa de las
Cortes autonómicas que propusiera derogar la Ley del trasvase o, al menos,
sustituirla por otra alternativa menos onerosa para los intereses
regionales.
Eso sí que habría sido ir al grano, entrar en el fondo de la
cuestión y no quedarse en fuegos fatuos. He de decir que redacté una ley
alternativa de esas características, cuyos ejemplares aún conservo, de cuya
constitucionalidad tuve diagnóstico favorable de persona tan insigne como el
profesor D. Gaspar Ariño, y que hice llegar a quienes me
parecía que podían haberla tomado en consideración. Por respeto al papel en que
la escribí creo que huelga decir para qué serviría y cuál sería su destino
final. Supongo que no demasiado distinto al que, en los días actuales, con una
recalcitrante tenacidad por mi parte ya casi masoquista, se viene dispensando a
mi propuesta de Ley de Protección y Fomento del Buen Uso de la Lengua
Castellana, también remitida a las personalidades políticas más relevantes de
nuestra región.
Tercera
mentira
Una tercera mentira, ya claramente en el
folclórico terreno de la milonga, era que esta obra representaba el ejemplo más
acabado y representativo de la expansión del capitalismo, asentados sus
depredadores intereses, según este peculiar análisis, en el levante y sureste
español. Se trataba de la necesaria dosis de marxismo-leninismo residual, en
inefable mezcla de churras con merinas, pero que tenía todavía buena venta en el
inocente – o no tan inocente – mercado de la progresía "pancartera". Vista la
ruina ideológica de ciertos dogmas sobre los que sólo ha sido necesario el paso
del tiempo, no merece la pena esgrimir a estas alturas de la película argumento
alguno contra tan peregrina falacia.
Y, ¿qué sucedió para que un asunto
como el del trasvase Tajo-Segura que se daba ya por fosilizado, política y
mediáticamente amortizado, "resucitara" de repente como un viejo dinosaurio al
poco de llegar al Gobierno el señor Rodríguez Zapatero? Pues
muy sencillo: Que por aquellos días, en una de las fechas más infaustas de
nuestra historia, llegó una cuadrilla de homicidas cargada de odio y de instinto
asesino y se producía un inesperado cambio de gobierno en España. Surgió un
nuevo gobierno minoritario y débil, que para componer una mayoría parlamentaria
que le aupase al poder – siempre, ¡y cuándo no!, cuestiones de poder- creyó
conveniente establecer una alianza con la izquierda radical y con el separatismo
catalán, fuerzas políticas que impusieron como una de sus primeras condiciones
para prestar su apoyo la inmediata derogación por decreto del Plan Hidrológico
Nacional, impulsado por el Partido Popular en su etapa de gobierno, y la
principal y más vertebradora de sus obras, el trasvase del Ebro. La exigencia
fue inmediatamente satisfecha.
De esta manera, la única posibilidad que
jamás se le había presentado al Tajo, como mal menor, de encontrar un compañero
de fatigas en el expolio de sus aguas, en este caso el Ebro, y ver así algo
atenuada su triste y doble condición de cuenca cedente, solidaria y solitaria,
desaparecía como por ensalmo con la llegada del nuevo gobierno. Con cara de
tontos, como un Gary Cooper ridículo, seguíamos como únicos
protagonistas de Solo ante el peligro, preparados para recibir
cualquier cuchufleta si a alguien se le ocurría decir, tímidamente, aquello de
que "o todos o ninguno". La cosa tenía mucho mayor inri si se consideraba, por
una parte, que el gobierno de Castilla-La Mancha había dado su apoyo al derogado
Plan Hidrológico Nacional y a su consecuente trasvase del Ebro, y por otra
parte, ya en el terreno del más descarnado esperpento surrealista, que su
presidente regional casi vitalicio – más de veinte años pregonando su denodada
lucha por defender los intereses regionales y las aguas del Tajo – entraba a
formar parte como Ministro de Defensa de ese gobierno que consumaba el expolio
del Tajo al despojarnos del único trapillo con el que hubiéramos podido cubrir
nuestra solitaria desnudez, y nos asignaba, también a nosotros con carácter
vitalicio, ese lamentable rol de héroes forzosos de ese western del "reparto"
exclusivo y unidireccional de las aguas nacionales. La palabra deslealtad acaso
resulte un misericordioso eufemismo para calificar esta claudicante
actitud.
De esta manera, la segunda de las mentiras enunciada, aquella
que atribuía al reparto autonómico del poder efectos casi milagrosos para
oponernos con eficacia desde nuestra autonomía regional al trasvase ha resultado
ser precisamente, merced a la exacerbación del modelo propiciada por el
independentismo catalán cogobernante con el PSOE, nuestro peor enemigo. Nunca
podría producirse una más terrible paradoja de los efectos de una mentira. El
Estado de las Autonomías no sólo no nos ha servido para defender nuestras aguas
del Tajo sino que al final ha venido a convertirse en el peor de nuestros
adversarios para encontrar algún precario remedio.
Y un epílogo
Sería difícil encontrar un más
elocuente epílogo justificativo del título de este artículo. Ante tan
escandalosa evidencia, debió pensarse que algo había que hacer: Urdir alguna
nueva patraña, idear algún nuevo embuste. Allí estaban, con ese poder de falso
talismán que tienen las solemnes mentiras, las nuevas consignas para incautos o
para interesados. ¡Oh, aleluya, feliz invento!: "La fecha de caducidad",
descubrimiento realizado al cabo de treinta años de expolio, a tiempo justo de
perpetrar la última mentira, la de vender como éxito político un final de
trasvase que sólo viene impuesto por la irresponsable sangría permanente de la
cabecera del Tajo y por el inexorable rigor impuesto por la madre Naturaleza con
su severa sequía. Esas dos circunstancias son las que imponen "la fecha de
caducidad", y no ningún falso alegato de mérito político exhibido ahora como tal
al cabo de tantos años.
Mientras tanto, el Tajo a su paso por Toledo, sin
que el caudal expoliado en la cabecera del río sea capaz de remediar la ruina de
espumarajos y chapapote que cruzan bajo los Puentes de Alcántara y San Martín –
nuestro Prestige de cada día, escaso y sucio, sin nunca mais que nos
ampare - ahora nuestros gobernantes, tan autonomistas, tan regionalistas ellos,
tan demagogos, nos pretenden convencer de que "aquí hay pa tos", también para La
Mancha conquense y para los secarrales albaceteños. ¡Faltaría más, hay que hacer
algo de patria, hay que lavar algo la conciencia, que no se diga! Hay que
pregonar, para salvar el tipo, que el trasvase también lo utilizamos "nosotros",
aunque sea para mantener artificialmente ese cadáver ecológico que se llamaba
Tablas de Daimiel. O sea que el invento autonómico, también ahora en esta última
hazaña, en contra de Toledo. Nunca nos habría venido mejor a los toledanos
aplicarnos aquello del chiste de "virgencita, que me quede como estoy". Eso sí,
les faltará el tiempo para repetir como unos papagayos la vieja cantinela, el
falso lamento hipócrita, de que el Tajo a su paso por Toledo "es una cloaca a
cielo abierto". ¡Se la saben tan de memoria! ¡Son ya tantas las campañas
electorales en las que ha sido necesario repetir el latiguillo!
Sin
embargo, la realidad de las cosas, antes o después, se acaba imponiendo y sobre
las falsedades e imposturas, las antiguas y las nuevas, se eleva como verdad
incuestionable la contumacia de los hechos. Lo único cierto, a la altura del día
de hoy, derogado ya el trasvase del Ebro, conocida esta nueva pantomima
"histórica", es que la región de Castilla-La Mancha, el pueblo de Toledo como
principal perjudicado en la cuenca del Tajo expoliado, ha recibido como pago a
su solidaridad de tantos años la insolidaridad de la izquierda y del
nacionalismo catalán con los que gobierna el señor Rodríguez
Zapatero. Este es, entre otros, el motivo de agradecimiento que los
toledanos debemos tener al nuevo gobierno y, en particular al que fue uno de sus
más cualificados miembros como Ministro de Defensa. El que cruzó el Tajo. Esa es
la cruda realidad. Cuesta trabajo pensar que, en estas condiciones, se pueda
volver a pisar esta tierra sin sentir sobre la conciencia una mínima sensación
de impudicia.
Por más que el señor Barreda sea una
persona de la mejor voluntad, con un estilo personal y político bien
diferenciado a su favor en relación con su predecesor, la deplorable realidad
para él es que, en este asunto, ha heredado una pesada y ominosa carga. La
derogación del trasvase del Ebro, como pago de precio político, por ser una
auténtica traición histórica a esta región, sería razón más que suficiente como
para que ningún toledano o castellano manchego volviera votar de por vida, en
ningún ámbito electoral, a nadie que se presentase bajo las siglas socialistas.
Resume, en síntesis lamentable, todo el conjunto de las mentiras de la izquierda
sobre el trasvase Tajo-Segura.
Es de esperar que la señora
Cospedal tenga la valentía suficiente como para hacer
recordatorio en la próxima campaña electoral de estas elementales verdades.  |
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