Buenos Humos

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Pedro L. Gayarre

Un bosque a la búsqueda de árboles en Cuenca

En Cuenca, desde hace más de diez años, andan a la búsqueda de algo con que llenar ese bosque de acero que le vendió Rafael Moneo al Ayuntamiento, nadie sabe para qué, en los tiempos felices de antes de la crisis del 2008, cuando no hacía falta siquiera pensar para qué serviría cualquier cosa cumpliera la única condición de construirse con pólvora del rey. Eran años en los que primero se construía un puente y luego se buscaban las orillas que  tenía que unir. El caso era que nadie se quedara con las ganas de tener un Gugenhein con la firma de un prestigioso arquitecto que resolvería, no se sabe cómo, todos los problemas de la ciudad. Lo de menos era como llenarlo de contenidos y de gente. 

Lo de “la forma sigue a la función” de los maestros de la modernidad con los funcionalistas de Louis Sullivan a la cabeza, fue liquidado por orden del señor alcalde de turno. No hacía falta que el edificio, el puente o el camino sirviera para algo o llevara a algún sitio. Se construía y luego se encontraba para que podía servir aparte de para calmar el ego de los munícipes. En Cuenca, desde hace una década, andan concejales y alcaldes de toda laya y  condición buscándole los árboles al bosque como aquellos personajes en busca de autor de Pirandello y parece que por fin el bosque de acero, como el puente atirantado de Talavera, acabará llevándonos a algún sitio.

Uno le daba vueltas al asunto, por aquello de que no le reprochen a uno que no arrime el hombro, pero la verdad es que no se le ocurre nada, fuera de aquello tan bonito que se les ha ocurrido a los munícipes conquenses de “algo relacionado con educación, con la cultura y con el turismo”, que es lo mismo que se le podría a ocurrir a uno ante un menhir de los de Asterix. La cosa, hay que reconocerlo tiene sus dificultades. Incluso, cuando uno piensa en una  “solución habitacional” para el pobre Miguel, el del puente de Toledo, (ese sí, un puente de toda la vida y como Dios manda) se encuentra con que el dichoso bosque de Moneo  difícilmente cubriría los mínimos de habitabilidad para pobres de solemnidad.

Así que el día que don Darío Dolz explique a los conquenses que por fin ha encontrado los árboles del bosque y como en cada rama de cada árbol, florecen, las artes, las letras, la educación y el turismo como en aquella Arcadia de la edad de oro que añoraba don Quijote, uno no tendrá otra alternativa que felicitarle. No lo tiene fácil el señor alcalde. Hay  cosas que tienen mal remedio.

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