El Alcaná

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Javier Ruiz

Nostalgia de viejos caciques

Albert Rivera ha presentado en Toledo a Juan Carlos Girauta como número uno de Ciudadanos por esta circunscripción. En el acto celebrado en los Lavaderos del Rojas, escenario de diferentes series españolas, los naranjas rodaron también el último truco al que parece acostumbrarse el Suárez de la postverdad. Presentó a Marcos de Quinto, ex presidente de Coca Cola, como su número dos por Madrid. Rivera se está revelando como un Houdini de la política mayor que Sánchez, sólo que mucho más integrador, pues tan pronto saca un payo como un gitano de la chistera. Ahora De Quinto va a explicar la fórmula de la victoria y la unión de la derecha trifálica.

Girauta por Toledo es como Montesinos por Málaga. Hay que colocar al personal y buscarle una vinculación. Los cuneros son de una tradición legendaria en la política española. Juan Carlos reivindica ahora su condición de TTV –Toledano de Toda la Vida-, en tanto que exiliado del procés. Los que lo echaron pasaron por Madrid el sábado por la tarde sin que la Cibeles se dignara siquiera a saludarlos. Pobrecillos, pan con butifarra a kilómetros de indiferencia en la capital de España.

Los sondeos vaticinan empate entre los bloques o victoria del felón. Son de estas cosas que uno no puede explicarse. Si el momento es de emergencia nacional, qué hacen las derechas como si fueran fracciones del FRAP. De Quinto y Girauta debieran explorar una lista única con la España que no se resigna a quien lo mismo le da una gorra que un sombrero, aunque sea con la más bella de sus sonrisas. Sánchez y Redondo cuatro años más son Zapatero al cuadrado.

El Partido Popular ha renovado el ochenta por ciento de sus cabezas de lista, con Tirado de banderín de enganche. El bueno de Vicente se conoce Toledo como la palma de la mano y seguro que es gancho efectivo para llenar la saca. Casado pide a Vox que se retire, sin consultarlo antes a escondidas. La derechita cobarde suelta testosterona para apresar a Vox y su votante. Abascal da las gracias a Sánchez por existir y viceversa. Veremos los nombres de Vox en las provincias y sus paracas. Contemplando los que ya han salido en Toledo, es para echarse a temblar.

Así las cosas, uno añora aquellos tiempos de los caciques que se turnaban sin ruido ni gloria. Cánovas y Sagasta tuvieron mala prensa al respecto, pero visto lo que vino después, fueron constitucionalismo y arquitectura de Estado. Leo estos días el último libro de Payne sobre la Guerra Civil, a la que él llama acertadamente revolución española. Fracasada, pero revolución. Es Payne uno de los pocos hispanistas que no ha sucumbido a la memoria histérica de la izquierda. Por sus páginas, desfilan pinceladas escalofriantes de la política de los años treinta que inevitablemente me llevan a la actualidad. Como esa necesidad de renovación imperiosa de la clase política para eliminar cualquier vestigio anterior. Los protagonistas de la República fueron personajes sin pasado político apreciable que surgieron de forma precipitada y a ritmo vertiginoso a demanda de los acontecimientos. Eran neófitos que creyeron descubrir el mundo y se encontraron una guerra civil que provocaron sin saber cómo. En siete años, o menos. Así que nadie dé nada por seguro.

Al “Natalio, colócanos a tós” sucedió la historia de unas majorettes suicidas que decidieron volcar el país. La izquierda fundamentalmente, aunque esto me lleve a la hoguera de Galapagar. La política es un arte noble y astuto, que se dibuja con navajas en el vientre. Sus códigos no están escritos y son distintos a los de la empresa. Hay que tener concha. Espero que De Quinto descubra más pronto que tarde la chispa de la vida. Arrimadas, vamos.

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