El Comentario

El Comentario


Ricardo Sánchez Candelas

Filomena o volver a empezar 

Ricardo Sánchez Candelas Ricardo Sánchez Candelas

Según pasan los días y vamos comprobando como triste realidad los devastadores efectos sobre la vegetación de nuestra ciudad causados por el temporal de nieve y heladas de los primeros días de este año, que en comparación con el nefasto que dejábamos atrás, se nos prometía como esperanzador, vamos también tomando conciencia de la extremada gravedad de la situación.

No se trata de hacer un diagnóstico apocalíptico, pero nos engañaríamos si quisiéramos ignorar o minimizar la fatal evidencia. La vegetación que acompañaba a nuestra ciudad y su entorno más característico, en unos casos como marco verde de su monumentalidad, en otros como grata compañía de la vida vecinal comunitaria, presenta hoy un aspecto desolador. Muchos de los parques, paseos y zonas ajardinadas de la ciudad, sus alineaciones y plazas arboladas, sus plantaciones de arbustos decorativos en las avenidas y rotondas, el entorno de cigarrales, urbanizaciones y vegas ribereñas, son un terrible muestrario de destrucción y ruina vegetal de dimensiones catastróficas.

Salvo algunos ejemplares de especies arbóreas de hoja caediza, la mayor parte de nuestros árboles cuyo ramaje no pudo soportar durante tantos días el peso de una voluminosa capa de nieve que, por haberse helado, no se licuaba, la mayoría de ellos han perdido su porte natural o simplemente han muerto: Cipreses de porte completamente deformado, desmochados y perdida su verticalidad, pinos desnudados en sus copas desgajadas en sus ramas principales y hasta en la base de sus troncos, arbolillos o arbustos decorativos, (laureles, prunos, adelfas, aligustres, evónimos), que no han podido soportar ni la pesada carga de la nieve helada ni las terribles condiciones de hipotermia, de más de diez grados bajo cero durante bastantes días, muy por debajo de su límite biológico de supervivencia, forman hoy ese triste ejército de seres vivos derrotados por esta calamitosa adversidad que ya no nos defenderán con su presencia generosa de sombra y compañía.

Pero pasado este primer y amargo trago de asumir la tremenda realidad, la primera reflexión que se nos ofrece como remoto consuelo es que nada se valora tanto como cuando se pierde, que para el caso es tanto como renovar nuestro amor y nuestra fe en el árbol como signo de vida. La segunda, inmediatamente inseparable, es la exigencia, la necesidad ineludible, de ponernos manos a la obra para recuperar lo perdido.

La vida tiene que seguir. Toledo tiene que volver a recuperar la ilusión de aquellos lejanos tiempos, de aquellos primeros ciudadanos, de aquellos gobernantes de la ciudad, que soñaron con que dejase de ser sólo una “peñascosa pesadumbre”. Eran aquellas fechas del fervor todavía regeneracionista que motivaron a personajes como don Luis de Hoyos y Sainz, eminente antropólogo, Catedrático del Instituto y Concejal de nuestro Ayuntamiento, para promover en 1906 el Campo Escolar, fruto de la celebración de un Día de la Fiesta del Árbol de los escolares toledanos que asistían a un colegio contiguo y que hoy está ocupado por dependencias municipales.

Basta consultar alguna cartografía antigua de la ciudad, ciertas imágenes y documentación fotográfica para concluir que, en materia de cubierta y decoración vegetal, nada de la patética imagen que nos ha dejado esta malhadada desgracia de estas fechas es demasiado distinto  al casi desértico Toledo de nuestros ancestros y de sus gobernantes de aquellas no tan lejanas fechas, y que no deberían tener más referencias verdes que los modestos macetones de los patios, las arboledas de las riberas del río y las huertas más inmediatas a las vegas.

Y sin embargo, tuvieron la voluntad y el coraje de creer que en Toledo, en el más interior de intra-muros y en sus inmediaciones más próximas, el árbol también era posible, que el “perfil mineral” de la ciudad también podía convivir con un “perfil vegetal”. Esa fue la lección que ellos nos dejaron en aquel tiempo de esperanza para que nosotros la apliquemos ahora en este tiempo de infortunio. La ilusión de volver a empezar. Tan necesaria hoy…no era mala herencia.

Es una tarea que debe acometerse sin demora. Una vez retirado todo el material vegetal de talas y de podas de regeneración y saneamiento y la consiguiente evaluación de los daños, tanto en términos medioambientales como económicos, debería elaborarse un Plan de Recuperación de la Vegetación afectada por la maldita borrasca. Aunque bajo una dirección, coordinación y criterio únicos, debería tratarse de un trabajo multidisciplinar: biólogos, ingenieros, licenciados medioambientales, arquitectos paisajistas, urbanistas, historiadores…deberían aportar al Plan todo su caudal de visión científica, artística y técnica en orden a lograr los mejores objetivos y en el plazo más breve posible para la recuperación.

Condición indispensable del éxito del Plan es que quedara a salvo de intereses e interferencias político-partidistas, ajeno a discusiones estériles, pretensión de rentabilidad electoral, y guiado tan solo por un espíritu de unidad política acorde con la fundamental motivación de bien común que le debe ser esencial.  

En ese ánimo colectivo de “arrimar todos el hombro” el Plan debería contar también con la participación ciudadana, de tal manera que el conjunto de asociaciones vecinales, culturales y cívicas también aportaran sus criterios y sugerencias para ser considerados en la elaboración del mismo.

El próximo día 30 de marzo se cumplirán treinta años de la sesión plenaria del Ayuntamiento de Toledo en la que se aprobaba la Moción sobre Repoblación Forestal del Término Municipal de Toledo. Me cabía entonces el honor personal de presentarla y defenderla en mi condición de Concejal y, sobre todo, de verla aprobada por unanimidad de toda la Corporación. En estos días lo ha recordado algún grupo político al que quiero públicamente agradecer su mención recordatoria. ¡Quién me iba a decir que la finalidad de aquella Moción defendida entonces como muy recomendable, treinta años después, por mor de una desgracia tan terrible como la de esta borrasca filoménica, habría de convertirse en fatalmente imprescindible!

Aunque de entonces acá se han llevado a cabo muy meritorias actuaciones en materia de zonas verdes y jardinería en nuestra ciudad, la verdad es que aquella ambiciosa iniciativa tan unánimemente aprobada jamás fue puesta en práctica. No viene ahora al caso entrar en los motivos. Ahora que, con este nombre o con cualquier otro, de una u otra manera, no habrá más remedio que afrontarla, nos encontraremos con que la primera exigencia de su aplicación será la de participación de todas las Administraciones Públicas, sobre todo y de manera muy fundamental en la aportación económica para sufragar el inmenso gasto de los muy cuantiosos daños materiales producidos.

La declaración de Toledo como zona catastrófica debería suponer que todas las ayudas públicas aportadas con solidaria generosidad vinieran a sumar la totalidad de la cuantía de ese importe, tanto más si se considera que tan lamentable catástrofe ha asolado un elemento patrimonial básico de una ciudad que fue declarada en su conjunto como Patrimonio de la Humanidad.

A pesar de la inmensa pena que nos produce ahora este Toledo, casi desnudo como en un nuevo martirio inmerecido, también ahora expoliado, renovemos nuestra ilusión por empezar a sentir pronto las sombras nuevas, ver otra vez los brotes rotos por la savia que quiere seguir dando vida.

Soñemos con volver a empezar.

Ricardo Sánchez Candelas 

Compartir