18 de septiembre de 2019
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A vuelapluma

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EUSEBIO CEDENA

Manuel Alcántara, un señor del periodismo

Ha muerto Manuel Alcántara, uno de los mejores de los nuestros, y el adiós ha venido a ser sólo un poco más doloroso que este raro silencio en torno, aunque hay que reconocer que los grandes de verdad suelen irse cabalgando la sutil elegancia de la discreción. Tal vez se hubiera merecido algo más de estruendo alrededor, aunque Manuel Alcántara siempre me pareció, con ese porte y apariencia de buen gusto, un dandi del periodismo y de la vida que estuvo por escribirlo todo y juntó maravillosamente las palabras como sólo algunos pocos. Tal vez esta España de hoy carezca de las trazas suficientes para haber sabido despedirle, o tal vez es que simplemente su voz excepcional de periodista y de poeta se haya perdido en esta algarabía de gritones en que nos hemos convertido, pero a lo mejor da igual porque lo dicho queda y la hojarasca vuela. En algún sitio de mi corazón llevo para siempre, con entusiasmo y su punto de tristeza, el enorme deje de melancolía que su voz serena me dejaba todas las veces por la radio y la constante sorpresa de sus chispeantes columnas, tan brillantes que uno quería haberlas escrito todas y siempre terminaba muriéndose de envidia. Qué hermosa manera de escribir.

Se ha muerto Manuel Alcántara, un señor, y a uno sólo se le ha ocurrido arrodillarse releyendo su esplendoroso prólogo a las memorias de César González Ruano, otro letraherido del artículo que también se bebía la vida a empujones y que construyó su monumento en Mi medio siglo se confiesa a medias con la sabiduría de haber tenido el mundo entre las manos. Esas pocas páginas de Alcántara escribiendo a Ruano su perfil postrero y definitivo, dentro de esas memorias prodigiosas de literatura, son una de las pruebas irrefutables, sin necesidad de autopsia, de que el periodismo siempre ha dado grandes escritores y de que la literatura nunca deja de dar grandes periodistas. Maestros como Manuel Alcántara, tan de verdad, serán la señal definitiva de la fe y la esperanza si se confirma, como parece, que el cambio climático del periodismo ha venido para quedarse y sus consecuencias tal vez demoledoras ya no hay quién las pare. Es verdad que el periodismo, según el propio González Ruano, goza de una muerte diaria pero ya nos dejó claro nuestro gran don Manuel que no invalida una buena página el hecho de que haya sido escrita para un periódico. El destino de los grandes siempre es permanecer.

Ahí queda, en fin, Manuel Alcántara, cesarista a su maravilloso estilo, con el acento de la época y el aire del tiempo, tomando el pulso a cada día, brillando en todo amanecer para ponerse en perspectiva de la vida y escribirse una y otra vez, en la escritura infinita y cotidiana del diario, hasta que de pronto ya no viene la próxima madrugada y entra el frío y nos hiela el alma. Ha muerto Manuel Alcántara, 91 años, tan vivo y tan fresco. Se ha ido un periodista, se ha despedido un escritor, se murió un hombre. Pero no del todo, nunca para siempre. Señor Alcántara, don Manuel: con toda humildad y admiración, el placer es mío.  

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