A vuelapluma

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Eusebio Cedena

El amado líder Sánchez

Año 1 de la Nueva Era. Día primero del Estrenado Amanecer. Es una jornada luminosa y fría de noviembre y los relojes dan las trece. El amado líder Pedro Sánchez, en su infinito amor por la verdad como insustituible bien que pertenece al pueblo, comparece en todas las telepantallas para anunciar el primer gran fruto de su infinita sabiduría y el eje central de la patria que ahora nace, sobre cuyos cimientos se construirá nuestra nueva gran nación. Con gesto serio pero complacido, iluminado por los principios de la Revolución, el conducator Sánchez ocupa toda la telepantalla y, sabedor de que sus millones de súbditos escuchan atentamente sus palabras, proclama el hallazgo que todo el pueblo esperaba: la aprobación y puesta en marcha del Ministerio de la Verdad, primero y más importante de todo su gobierno y cuya principal Misión Sagrada será el destierro inmediato de la falsedad y la mentira de la vida nacional y su sustitución fulminante por la Verdad con Mayúscula, que como todo buen ciudadano sabe sólo puede ser una y ejercerse en una sola dirección: nadie tan capacitado como el Gran Hermano, sobrenombre adquirido por el amado líder, para entender la Verdad que nos conviene y, desde el faro de luz que será el Ministerio de la Verdad, proclamarla por todos los rincones para evitar cualquier sombra de duda, confusión o mentira. El Nuevo Hombre sólo puede edificarse con los mejores sentimientos.

El dilecto vicelíder Pablo Iglesias, segundo en la cadena de mando del nuevo Tiempo Maravilloso, no pudo reprimir una tímida pero sentida lágrima al escuchar tal proclamación del ingeniero de almas que dirige la nación. Le pudo la emoción contenida, lloraba. Las telepantallas enfocaron fugazmente sus mejillas temblorosas y el perfil empinado de su moño, y volvieron de nuevo con rapidez a Sánchez en el momento de anunciar la primera Gran Decisión del flamante Ministerio de la Verdad: una Ley de Bulos y Maleantes que conducirá a la patria por la senda del progreso y el futuro, sobreponiéndose la cegadora luz del sol sobre las tinieblas de los Tiempos Anteriores a la Revolución. Un incontenible estallido de alegría recorrió las casas y las calles y el Nuevo Hombre empezó a entender por qué todo el esfuerzo había sido necesario. Los embobados ciudadanos escuchaban al insustituible cesar Sánchez con reverencia y, aunque la telepantalla estuvo un momento silenciosa, como dejando espacio para reflexionar, el Pensamiento Único se extendió con urgente rapidez por toda la nación y todos comprendieron la importancia esencial del momento al que estaban asistiendo. Un día para la Historia. Una comunión nacional recorrió el corazón del país. Son tiempos de Victoria y Felicidad Global y al fin había aparecido el canciller que todos estaban esperando.

Sánchez terminó su alocución embebido de grandeza y las telepantallas arrojaron los acordes de una bellísima marcha alegre y patriotera, sobre la cual una excitada voz de arenga culminó en una gigantesca algarabía en las calles. El entusiasmo no pudo reprimirse y los periódicos y televisiones agitaban el bullicio. A continuación el Gran Hermano Sánchez, ya desbocado de poder, ordenó de inmediato a sus ministros y colaboradores, incautos que aún no vislumbraban el Futuro Inminente, un listado de urgencia de los principales propaladores de bulos y falsedades del país con el objetivo de expulsarlos del Nuevo Paraíso y empezar la Gran Limpieza de su mandato. Tarea para la gloria, todo estaba en marcha: fuera fakes. En pocas horas el conducator Sánchez tuvo sobre la mesa de su imperial despacho la Lista Negra de los principales enemigos del pueblo, los grandes fakes de la patria: no pudo reprimir una sonrisa endemoniada de mordacidad al encontrar su nombre el primero de la oscura relación. El primero y más importante de la Lista Negra. Lo sospechaba: el primer día ya había conseguido vencerse a sí mismo definitivamente, aunque prefirió no pensar en ello nunca más y de inmediato destituir a todo el mundo que tenía alrededor.  

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