A vuelapluma

A vuelapluma


Eusebio Cedena

Echar de menos tonterías

También hay algo extraño en la vida que nos hace echar de menos hechos que jamás hemos vivido, personas a las que nunca hemos conocido, ciudades y lugares en los que no hemos estado. Cosas que no hemos tenido en nuestras vidas y que tal vez nunca pasarán. Bagatelas, fruslerías que nos inventamos, quién sabe por qué. Imaginaciones y películas. Anhelos de lo desconocido, de lo que pudo ser, de aquello que nos hubiera gustado tener, o al menos haber tocado en un segundo de misterio, como un dedo en el cielo que, como una sutil pompa de jabón, hace estallar una nube y salen de ella mil estrellas que iluminan un poco nuestros estados del alma. Es algo así como una confusa y hermosa nostalgia de los sueños, recuerdos de momentos que nunca llegamos a vivir, memoria de lo que nunca fue pero que, por alguna oscura razón, está dentro de nosotros y nos acompaña en según qué trances de soledad o ensimismamiento. Sutiles y fugaces sentimientos que nos llevan a mundos extraviados entre la felicidad y la dulce melancolía y que luego irrumpen de pronto en la conciencia y ahí se quedan un ratito dentro de ti como una sonrisa que te arrulla y te araña a la vez, que te duele y te emociona. Es una locura: ¿cómo echar de menos lo que nunca ha estado con nosotros, lo que nunca fue? Tonterías.

No sé. Supongo que hay pliegues de nuestra vida que están hechos de estas rarezas entre lunáticas y sentimentales, pero tal vez tampoco nos convenga darle muchas vueltas a tales ideas volanderas para no incurrir en el desasosiego ni en el vértigo del tiempo en fuga. Mientras el tiempo pasa… Es mejor pisar el suelo firme y coger la vida cada día con la fuerza y la ilusión de lo cotidiano, con lo que tenga que traer aquí y ahora, y agarrarse a ello con toda la alegría, con todo el esfuerzo de imponernos el placer de ser y estar, con toda la energía que encontremos dentro de nosotros mismos. La alegría en cada minúsculo detalle de cada día, esa insignificante pero luminosa estación que supone un desafío a la vulgaridad del mundo alrededor. Y ello por una razón elemental que nos ha enseñado Schopenhauer y que me afano en repetirme: nada hay que pueda sustituir tan perfectamente como la alegría a cualquier otro bien y por eso debemos abrirle todas las puertas, cuando sea que llegue. Cuando sea: porque nunca llega la alegría a deshora, porque siempre es un buen momento para celebrarla y darse un garbeo de su mano y echar un vistazo a las pasiones que se encuentran en tu vida y que le dan cuerda a tu cabeza y a tu corazón. A lo que tú seas.

En fin, andamos en un terreno pantanoso, entre la realidad y los sueños, el cielo y las calles, los gigantes y los molinos de viento, y hay que andarse con cuidado. Por no sucumbir. Vivir también es un poco darse estos traspiés, sentirse perdido y encontrarse, y vuelta a empezar. Perderse en los libros y en los cines. Los sueños hay que perseguirlos, pero siempre llevándolos por un camino real, de senderos y piedras reales, y nos disparatarlos ni hacer de ellos las únicas banderas. Todo es complicado: echemos de menos los mundos imposibles, y los mitológicos seres que los pueblan, pero vivamos las vidas sencillas que tenemos en toda su amplitud y en toda su complejidad. Con un suelo en cada pie. Y viceversa.

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