A vuelapluma

A vuelapluma


Eusebio Cedena

La vida en fuga

Llevo un tiempo largo con una inevitable sensación de vida en fuga. Un vértigo de velocidad que no se va. Todo pasa tan deprisa que te ahoga. Intento distraer esa montaña rusa con todo tipo de artilugios sentimentales, florituras en el corazón, pequeños caprichos cotidianos, pero de un momento a esta parte, este correr de los días me tiene atrapado en un sentimiento de vulnerabilidad que a ratos me hace muy grande el mundo y uno no se sabe qué pensar. Es un sentimiento con un hermoso añadido de nostalgia, una melancolía que en su punto justo puede alcanzarte un estado del alma en perfección, pero que de pronto irrumpe saltándose sin miramientos todas mis fragilidades y convirtiendo la vida en una lucha de gigantes contra ese mínimo infinito que somos yo y mis circunstancias. Me siento entonces como el caminante en un mar de nubes, un mar de hielo rompiendo en mil pedazos mi descalabrada y pequeñita humanidad.

No escribo esto por desamparo o por necesidad compresiva de ternura o compasión, sino por tomarme conciencia a mí mismo y entenderme. No quiero consuelo. La vida se ha puesto a correr tanto que sencillamente tengo que tomar cuenta de la altura de ese precipicio y ponerle pausa al caballo desbocado de los días con dosis suplementarias de alegría, es decir, una mayor intensidad a cada minuto, a cada palabra, a cada beso. A cada intuición de amor que llega a mi corazón, cada paso o cada feliz noticia que me dan. Con frecuencia hacemos tan poco caso del tesoro inmenso que nos rodea, lo tenemos tan cerca y tan a mano que perdemos de vista su valor, ignorando tal vez que no hay mejor manera de luchar contra la huida que mirar despacio y entender toda la grandeza que tiene la última buena palabra que te han dicho. Es difícil, pero cada encuentro tiene que rozarte el alma y cada abrazo desbordarte la emoción. Que no haya viaje sin cicatriz.

Intento, en fin, llegar al convencimiento de que la gravedad cero es un mal invento y que hay que pegarse a la tierra y a la gente en toda su inmensa llanura cotidiana, aunque a veces esa batalla la tenga tan derrotada y me pierda todas las estrellas fugaces que me están pasando por delante. La vida es un acontecimiento difícil pero el único que esencialmente tenemos y conviene, mientras se pueda, darle unos cuantos chapuzones a plena totalidad y entregarse a fondo en ellos. Hacer frente a todas las vías de agua que en el mundo son con la mirada sorprendida y perpleja del que lo aprende todo por primera vez.   

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