25 de noviembre de 2017
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A vuelapluma

A vuelapluma

EUSEBIO CEDENA

Un doloroso insulto al exilio de verdad

La historia de Europa es un drama de guerras y de exilios. Una tragedia que los europeos llevamos para siempre en nuestra memoria. Particularmente espeluznante es el siglo XX, marcado a furia y fuego por los totalitarismos que tanto dolor humano, tanta muerte y tanto exilio provocaron. España lleva este trágico sello en su corazón: el exilio republicano de 1939 es un hecho fundamental de nuestra historia reciente y uno de esos momentos que jamás queremos repetir, tan inundados de dramatismo y melancolía. La memoria del exilio español es la memoria de España, una llama que no queremos ni debemos extinguir en el recuerdo y el significado. Los exilios de Europa y de España son verdaderos exilios impulsados por grandes catástrofes que quisiéramos tener en el pasado para siempre, que no en el olvido. Juan Ramón Jiménez lloraba amargamente de pena en Cuba y en Puerto Rico al oír por la radio cualquier pieza española y su alma en cada nota se le iba.

El gran Stefan Zweig, uno de los mejores europeos de su tiempo cuya vida azarosa estuvo marcada siempre por las guerras, la persecución y el exilio, escribió en sus últimos años un libro maravilloso titulado "El mundo de ayer" que es uno de los mayores testimonios de amor por Europa y por la libertad que yo he leído, unas memorias de esas que se hacen fundamentales y que, a medida que uno va pasando páginas, se va dando cuenta de la importancia de lo que lee. Es el libro de un europeo cruelmente perseguido que vive con el dolor del exilio como constante vital y cuya generación siempre estuvo marcada por tragedias históricas. Su relato de la desposesión y su espantosa condición de apátrida, siempre en tierra de nadie y siempre huyendo de un mundo que bruscamente se desmorona, resulta estremecedor y es toda una lección de humanismo y de vida que no podremos olvidar. Abruma su vitalidad y su apasionada reivindicación de la juventud, pese a la circunstancia de ser expulsado de la patria de uno, de su familia y su gente, como una de las peores tragedias posibles del ser humano. Zweig se vio despojado de todo como pocos a lo largo de la historia y del tiempo y también hubo muchos españoles que pueden dar fe de estas tragedias.

Impresiona ahora en nuestros días ver cómo lo ensucian todo desde Bruselas un grupo de separatistas fanáticos que quieren romper su patria y que, manoseando impunemente el nombre de Cataluña, se atribuyen el exilio con tanta falsedad y ligereza que da asco y vergüenza. Estos tíos no saben nada o son unos malvados, o las dos cosas a la vez. Imbéciles, no pongan sus sucias manos sobre Mozart.   

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