CARTA AL DIRECTOR

Sobrecogedor relato tras perder a su hermano en el hospital de Toledo: "No puedo perdonar la forma en que murió"

La fachada del hospital Virgen de la Salud de Toledo La fachada del hospital Virgen de la Salud de Toledo

Desde el comienzo de la pandemia el pasado mes de marzo, centenares de personas han sido atendidas por coronavirus en el hospital Virgen de la Salud de Toledo. La gran mayoría de ellas supera la enfermedad gracias al buen hacer de los sanitarios y el resto del personal pero en otros casos, pese a los esfuerzos, nada se puede hacer por salvar la vida de los pacientes más graves.

Pedro Galián, hace algunas semanas, formó parte del segundo grupo y su hermana, María Galián Martínez, ha remitido a EL DIGITAL una sobrecogedora carta relatando cómo sucedieron los trágicos acontecimientos. Por su interés, reproducimos el texto de forma íntegra a continuación:  

"Mi hermano, Pedro Galián, de 69 años, sufrió un ictus el pasado 27 de septiembre. Le trasladaron al Hospital Virgen de la Salud, de Toledo, donde ingresó con la complicación añadida de su condición de enfermo cardiaco, y que hace años que llevaba un marcapasos y una válvula artificial.

El ictus le provocó la pérdida de movilidad de todo el lado derecho y la incapacidad para hablar, pero en ningún momento perdió la consciencia, por lo que todo el tiempo tuvo conocimiento de todo lo que le estaba pasando. También le detectaron una obstrucción intestinal grave, por lo que fue intervenido quirúrgicamente. 

Como es lógico, al ingresar en Urgencias le hicieron una prueba PCR, y el resultado fue negativo. Es decir, que cuando entró en el hospital no tenía ningún síntoma ni se le detectó ninguna infección del coronavirus.

Cuando salió de la UCI, lo trasladaron a una habitación, donde pudo recibir la visita de su mujer y sus hijos, que podían pasar de uno en uno, como es habitual en estos casos. Mi cuñada ya pasó el Covid hace unos meses (por lo que tenía anticuerpos) y mis sobrinos han dado negativo en las pruebas que se han realizado.

La operación había sido un éxito, y los cirujanos le dieron el alta, aunque detectaron un coágulo en la válvula cardiaca. Esa válvula debía haber sido revisada este mismo año, pero el proceso fue pospuesto, porque -debido al coronavirus- se han paralizado todas las intervenciones programadas. En el hospital decidieron que en ese momento era mejor no hacer nada para no complicar más su estado.

La situación era optimista; había pasado lo peor y parecía que su salud iba a remontar. Pero, de forma inesperada, le fallaron los pulmones. Al practicarle las pruebas oportunas, se rebeló que tenía coronavirus. No hay duda de que se había contagiado en el hospital. E inmediatamente lo aislaron.

A partir de ahí, nadie de su familia, ni su mujer ni sus hijos, pudieron verlo más. Sólo pudieron saber de él a través de la escasa información que les proporcionaban los médicos telefónicamente. Pero esa información no llegaba de forma regular. A veces pasaban tres o cuatro días sin que les diesen ninguna referencia del estado ni de la evolución del enfermo.

Es muy duro imaginar a mi hermano, en una cama de hospital, con medio cuerpo paralizado, sin poder hablar, sin apenas oxígeno en sus pulmones, sintiendo que se le escapa la vida, pero siendo plenamente consciente de todo, y solo. Totalmente solo, sin nadie que le apriete una mano; nadie que le dirija una sonrisa. 

En esos momentos de máxima vulnerabilidad, era como un apestado; un enfermo de coronavirus al que nadie se podía acercar, nadie le podía tender una mano amorosa, porque estaban desbordados.

Hubiese sido deseable que hubiera más personal, que sirviera al menos de enlace con la familia, en lugar de esas angustiosas jornadas sin saber nada. Cualquier cosa para paliar esa soledad tan injusta. Pero eso significaría más sueldos, y para esto no hay dinero.

Parece que la preocupación de nuestros políticos y gestores es su propio lucimiento. Abrir hospitales sólo cuando se pueden hacer la foto; presumir de un sistema de salud al que no le dan los medios necesarios. 

¿Cuántas personas tendrán todavía que sufrir el mismo calvario por el que hemos pasado nosotros? ¿Y dónde está la humanidad del personal sanitario? ¿La perdimos por el camino? ¿Quién va a solucionar esta situación?

Pedro murió tras quince días de soledad e incomunicación. Sin el afecto de sus seres queridos, sin poder hablar siquiera para quejarse del dolor o pedir que le cambiasen de postura. Y, mientras, nosotros afuera fuimos sintiendo que su vida se nos escapaba sin poder hacer nada.

Escribo esto desde el dolor y la ira. Pero creo que ninguno de estos sentimientos restan legitimidad a mi denuncia. No protesto por su muerte, aunque creo que si no se hubiera contagiado del Covid podría haber salido de esta situación. Lo que me duele en lo más profundo, y no puedo perdonar, es la forma en que murió. Nadie debería pasar por algo así".

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