15 de diciembre de 2019
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Buenos Humos

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PEDRO L. GAYARRE

Socialismo utópico para gatos en Toledo

Toda ciudad que se precie tiene sus colonias de gatos callejeros y alguna buena alma franciscana que les alimenta y les cuida. Roma es la ciudad de los gatos y la colonia de los alrededores del teatro Marcelo fue contada y cantada por Rafael Alberti en muchos de sus artículos sobre la ciudad y en “Roma peligro para caminantes”. En París, el apóstol de los gatos fue Paul Léautaud, el autor del prodigioso “Journal litteraire”, llenó su casa de gatos, perros y hasta una cabra, un papagayo y un mono tití, y las páginas de su diario de amor absoluto por los animales.

En Toledo, ciudad gatuna, los gatos se han convertido en tema de “Estado”. El gobierno municipal dice que ha castrado a cuatrocientos gatos para controlar la población y la oposición y las asociaciones animalistas contestan que las capaduras no llegan a ciento cincuenta, y a ese ritmo ni equilibrio ecológico ni gatita Minette que lo parió. Y es que, por lo que uno se entera, el plan ecológico gatuno se resume en tres palabras: “Captura, esterilización y suelta, CES", que es lo que se aplica desde hace años en otras ciudades. El problema es que castrar un gato cuesta cincuenta euros, una gata doscientos, y capturar y sobre todo soltar en el entorno adecuado al gato capado no es tampoco un problema pequeño.

Pero, por lo pronto, en los jardines del IES Universidad Laboral y por iniciativa de una profesora, Alicia Aguilera, que debe ser una Léautaud toledana, funciona una colonia gatuna que a uno le recuerda uno de aquellos experimentos de socialismo utópico que tanto se llevaron en el siglo XIX, eso sí, con material humano que no gatuno, que pretendían crear sociedades ideales de convivencia y equilibrio social. Ya se sabe cómo acabaron aquellos falansterios de Fourier, las sociedades cooperativas de Owen o los experimentos “icarianos” de Cabet. Pero, ya digo, aquello partía de material humano y el gatuno es otra cosa.

Esas ejemplares colonias gatunas habrían hecho feliz a Paul Léautaud, que el dos de junio de mil novecientos treinta y seis escribía en su “Journal littéraire”: “Ninguno de los animales que he tenido ha desaparecido de mis recuerdos. Cuando veo y acaricio un gato, según su pelaje, aparece el nombre de alguno de los que he tenido y me viene a la memoria inmediatamente. He tenido la experiencia esta mañana en la cooperativa. Una pequeña gata, atigrada de una cierta forma, que se dirigía hacia mí y a mis caricias cada vez que un nombre volvía a mis labios: Madame Minne. ¡Querida pequeña! Me acuerdo cómo acudía a media noche del fondo de los jardines de los alrededores cuando la llamaba: '¡Madame Minne! ¡Madame Minne!'. Y respondía '¡Mia!¡Mia', hasta que la llevé a casa. En el fondo yo no he amado, verdaderamente amado, nada más que a estos seres. El amor por una mujer no ha sido nunca tan profundo. Mis cartas de amor no son más que deseo físico".

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