Buenos Humos

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Pedro A. López Gayarre

Serpientes de cascabel en La Puebla de Montalbán

Tras la denuncia pública de Frank Cuesta, el famoso Frank de la Jungla de las serpientes, no creo que la Guardia Civil y la Fiscalía tarden mucho en imputar unos cuantos delitos a la persona que hace unos días fue mordida por una serpiente de cascabel en La Puebla de Montalbán. Estoy seguro de que en cuanto se conocieron los hechos la máquina de la justicia se puso en marcha,  ya que el suceso estaba marcado por unos cuantos interrogantes que todos los que conocimos la noticia nos hacíamos y que con el paso de las horas y de los acontecimientos no hacían más que mulltiplicarse y agravarse. ¿De dónde había salido una serpiente de cascabel? ¿En qué lugar había ocurrido el presunto accidente? ¿Cuáles eran las circunstancias en las que se había producido la picadura? ¿Cómo era posible que a las pocas horas la serpiente apareciera muerta al lado de una carretera presuntamente atropellada por un coche? Demasiadas preguntas sin respuestas coherentes a las que desgraciadamente ha contestado con contundencia Frank Cuesta. Hasta la última de sus palabras, con las reservas que uno tiene que hacer para la presunción de inocencia de la víctima convertida en delincuente, está cargada de una coherencia que se echaba en falta en las primeras informaciones basadas en las declaraciones de la presunta víctima.

La denuncia de Frank ha sido contundente, clara y rotunda: se trata de gente que comercia con especies exóticas cuya introducción en España está absolutamente prohibida, que ponen en peligro la vida de otros ciudadanos, que puede provocar una catástrofe introduciéndolas en un medio extraño y que para colmo habrían fingido un accidente para deshacerse de ellas. También Frank ha sido claro en cuanto a las posibilidades de recuperación para la vida de estos ejemplares arrancados de sus hábitats naturales. Son irrecuperables, hay que eliminarlos y sacrificarlos. En fin, un rosario de irregularidades que Frank de la Jungla no se corta de calificar de actividades criminales comparables a las que tantas hemos visto denunciadas en sus programas y que al parecer han sido objetos de burla y escarnio de estos grupos que han hecho del comercio de animales de todo  tipo su medio de vida.

Desgraciadamente, como ocurre en la supuesta cría por amor a los animales de determinadas razas de perros que han tenido que ser controlados mediante registros especiales por su peligrosidad, en lo que se basa este mercado de serpientes de cascabel y similares es en el miedo que infunden a los demás, en la sensación de poder malsano sobre ellos  y en la morbosa superioridad y dominio sobre una fuerza que puede ser letal para el prójimo. Claro, que a veces en la vida las cosas se desarrollan con un punto de justicia que uno considera providencial y ejemplar. Esperemos que por lo menos no solo la víctima-delincuente haya aprendido una lección. Gracias Frank, tócala otra vez.

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