Buenos Humos

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Pedro A. López Gayarre

Unas alas de impacto en Toledo

La instalación escultórica “Alas de México” del escultor mejicano Jorge Marín, tiene asegurado el éxito del público. No habrá una sola persona que pase por el patio interior de la puerta de Bisagra que se resista a retratarse con las alas a la espalda, como lo ha hecho la alcaldesa de Toledo, Milagros Tolón, en la presentación.

En el mundo de hoy, un paisaje, un cuadro, una obra de arte, una ciudad, no es nada si no puede ser inmediatamente fotografiado con el protagonista por delante. El mayor éxito lo tienen aquellas obras con las que el espectador interactúa, como dicen los modernos y los artistas con ínfulas de cambiar el mundo con un brochazo de color. El arte urbano tiene su mayor éxito en el grado de colegueo que una obra a pie de calle consiga con el paseante, y hay que reconocer que hay ciudades, como Oviedo, que han sabido sacarle un valor añadido a eso de encontrarse sentado en el mismo banco con Woody Allen o Mafalda de cuerpo presente.

Claro que ya se ha visto, sin ir más lejos en Toledo, que lo de bajar de sus peanas inalcanzables a los héroes, a los santos y a los dioses y ponerlos a pie de calle y a la misma escala que el “interactuante”, tiene sus peligros, y ahí está la chepa del Águila de Toledo para contarlo; que al final le tuvieron que poner una cámara de vigilancia que no ganaban para reparar bicicletas. De lo cual uno saca en conclusión que para bajar hoy día a un San Antón con su gorrino de la hornacina del retablo de su ermita, o para sacar a un Bahamontes con su bicicleta a la altura de cualquiera en una calle, hay que pensarlo dos veces, porque de la foto a la pretensión de compartir bici con el colega, casi siempre todo es uno en esto de los “selfies”.

Lo de las alas suspendidas en el aire tiene buena pinta, aunque uno no estaría seguro de que alguien no pretenderá ir más allá de la foto convencional que todo  toledano o visitante tendrá dentro de unos días en la memoria de su teléfono móvil, y se anime a volar con ellas, a colgarse o a encaramarse en el más difícil todavía que rige en este mundo de los espectáculos de calle.

Uno se tranquiliza, porque cuentan los papeles que las alas mejicanas de Jorge Marín ya han pasado por unas cuantas ciudades de unos cuantos países, y todo lo más que ha sucedido es alguna toña de algún autorretratado en la escalera pretendiendo un encuadre original. Por lo demás, las fotos que uno ha visto, tanto de las alas vacías, como con humano dentro, no pueden ser más atractivas.  

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