Buenos Humos

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PEDRO A. LÓPEZ GAYARRE

Muerte de un cura de pueblo

Ha muerto don Julio Muñoz Cuesta, un cura de pueblo de toda la vida. Su muerte habría pasado inadvertida si no hubiera sido por los ciento seis años que tenía. No es normal que alguien, y menos un cura, llegue a cumplir esa edad, pero como decía don Julio toda su familia era muy longeva y cuando él cumplió los cien años su hermana mayor tenía ciento tres años y la más pequeña de los cinco hermanos era una jovencita de noventa.

Don Julio había nacido en La Mata, pero para la mayoría de los que le conocieron, todavía, más de treinta años después de su jubilación, era el cura de Velada porque allí llegó en el año 1957 y allí se jubiló como párroco en 1985. Ayer le enterraron en su cementerio.

Don Julio contaba que él y los veinte seminaristas de segundo de Teología del Seminario de Toledo en 1936 fueron llamados a filas por el ejercito de Franco, porque el arzobispo Modrego no les había otorgado Órdenes Menores, lo que era normal en aquel tiempo. Los veinte estuvieron en el frente, don Julio en zapadores minadores. Aquellos seminaristas que habían recibido órdenes eran destinados a servicios auxiliares. De los veinte seminaristas que había al comenzar la Guerra Civil, volvieron, por diferentes causas, sólo la mitad. En esos años vivieron la muerte y el martirio de muchos de sus profesores y compañeros. Su delito había sido llevar una sotana o pretender llevarla. Ahora más de ochenta años después los rezaba como santos y beatos. Como para la mayoría de esa generación esos tres años marcaron un antes y un después.

Don Julio se ordenó sacerdote en 1941 y desde entonces fue el cura de pueblo afable, bueno y simpático que uno ha conocido ya mayor paseando con mi tío, don Eladio López Iglesias, que fuera párroco de Santiago en Talavera, por los sitios más insospechados, como esos perrillos sin amo que van contando al que los mira una soledad sin palabras. Luego su compañero de paseos y confidencias murió de repente y los paseos de don Julio se limitaban al que todos los días hacía a la Basílica de la Virgen del Prado, en la que estaba para lo que se le necesitase.

Don Julio era un cura bueno sin sutilidades teológicas ni complicaciones de fe. Lo único que recomendaba a los jóvenes seminaristas era que no se acomplejasen y confiaran en la Providencia. Todo lo demás decía, viene después. De todo se sale, como cuando una bomba estuvo a punto de llevárselo por delante o se encontró la iglesia de Espinoso del Rey en el suelo.

Si alguien no le conoció, en Youtube hay un vídeo grabado en su centenario que lo define. Ha muerto un cura de pueblo. Ha muerto un buen hombre.

 

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