Capilla Sixtina

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Jesús Fuentes

Tormenta en vaso de agua

Se lo propongo como relato expresionista de la semana terminada. Los materiales empleados serían: Bildu, destitución de un coronel de la guardia civil, cargo de libre designación, que lleva toda la vida en política; un proceso judicial con métodos más que dudosos y equiparación de la retribuciones de la guardia civil. E, impregnándolo todo, un substrato de pandemia virulenta. Con ellos se puede componer la obra titulada “tormenta en un vaso de agua.” Una tormenta que olvidaremos por la aparición de otros sucesos en la siguiente semana, o en las sucesivas, enunciados con el mismo tono apocalíptico. Sin sobresaltos, no hay noticias ni espectáculo. Y así, con el ambiente calentado artificialmente por el acuerdo con Bildu – un brindis al sol - y la entrada en escena de la guardia civil – juegos de poder interno - nos hemos deslizado hacia las arenas movedizas en las que se mueve a sus anchas la derecha.

Pero, para comprender mejor el relato, hay que adentrase en las connotaciones de las palabras. Bildu “evoca” en el subconsciente de las derechas, incluidas las incrustadas en el PSOE, la lucha de la guardia civil contra ETA que parece continuarse contra Bildu, a pesar de ser partido político legalizado. Un personaje secundario, el ministro de Interior de turno (bien pudiera llamarse Rubalcaba) que es “un villano para los que defendemos la democracia, al destituir a un valiente con una brillante hoja de servicios”, ha dicho una diputada del PP en el Parlamento de la Nación. Un Parlamento de la Nación, cada día más enriscado. La oposición entiende que, en lugar de debate, deben imponerse las provocaciones y los enfrentamientos feroces. Hay que crear espectáculo audiovisual – más sanguinario que cualquier circo romano con gladiadores impávidos y fieras de dentelladas mediáticas - para ocupar titulares y desgastar al gobierno. Campanas de bronce, con sonidos de madera. ¿Con propuestas mejores y discursos mejores? No, eso hace tiempo que se olvidó. La cosa ahora va de insultar, descalificar, utilizar expresiones gruesas y siempre agresivas. Se recupera así una antigua manera de entender en España la dialéctica democrática. Quedan, por último, los medios de comunicación, sobre todo digitales. Leerán numerosos textos en los que se insulta, se agrede o se denomina delincuente o sicópata a un ministro o al presidente del gobierno. Escribir o hablar ya no equivale a explicar o defender ideas. Más de combate es juntar descalificaciones, formular panfletos incendiarios o exabruptos rebosantes de bazofia. Bilis suplantando al cerebro.

Pero no se inquieten, aunque aparezcan signos inquietantes. Esta de ahora es la continuación de las tormentas que aparecieron en tiempos de Aznar. ¿Recuerdan cuando los medios de comunicación nos despertaban con una noticia, real o ficticia, que nos sobresaltaba? Vivíamos en tensión permanente. Años después se volvió a repetir con Zapatero. ¿Se acuerdan cómo estrenábamos las mañanas con noticias escandalosas o algún juez o jueza promoviendo causas contra alguien? El ambiente, cargado de electricidad, incendiaba a los ciudadanos. Pues asistimos a una versión, lo más de lo más, de episodios semejantes, solo que ahora amplificados, primero, por un virus imprevisible, que ha confinado a los ciudadanos en sus casas, lo que provoca un estado de inquietud peligroso. Y, segundo, por un nuevo actor tan letal como el más compulsivo de los virus: un partido de ultraderecha. Disponemos de una derecha conservadora y una ultraderecha libertaria. Ambas rivalizan por el mismo electorado, con discursos complementarios e iniciativas semejantes. Bueno, por si la Historia ajena sirviera de algo, anoten que gobiernos de coaliciones débiles, elecciones reiteradas, altos índices de desempleo, inestabilidad cívica y connivencia de la derecha conservadora con la ultraderecha autoritaria llevaron a Hitler al poder en Alemania.

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