22 de noviembre de 2019
Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google+
Buscar
Publicidad Suscripción al boletín
Capilla Sixtina

Capilla Sixtina

JESÚS FUENTES LÁZARO

Universidad y Marañón

Y, cuando en el paraninfo de San Pedro Mártir el coro inició el “Veni Creator” –la tremenda oración de los cardenales invocando al Espíritu Santo- no sólo se conjuraron siglos de tradición, sino que todos supimos que el “espíritu de la sabiduría”, que se mueve libremente por el universo, había elegido bien. El nuevo “doctor honoris causa” de la Universidad de Castilla-La Mancha iba a ser D. Gregorio Marañón.

La propuesta la apadrinaba la joven Escuela de Arquitectura de Toledo. Se juntaban así dos orientaciones de futuro. La Escuela, por los procesos innovadores que está implantado. Marañón, por la trayectoria innovadora que ya casi ha ejecutado. ¿Pero es que también este hombre es arquitecto? Pues no, no lo es por titulación académica, sino por condición vital. Es un constructor de consensos,  un gestor de diálogos y  entendimientos. Y, si viene al caso, un agitador de conciencias  anestesiadas. En el Madrid fiero de la Cultura cogió un desastroso Teatro Real y lo puso al nivel de otras capitales del mundo. En el Toledo del feroz de la incuria de siglos, creó una Fundación que ha salvado  a buena parte del patrimonio histórico de las acometidas que constantemente recibe. Organizó el IV Centenario del Greco que sirvió, entre otras utilidades, para que los ciudadanos medios descubrieran las audacias de un pintor extravagante. Es decir, original y único. Digan si los ejemplos no forman una arquitectura que envidiar. O mejor, que esto de la envidia es un vicio de los españoles, para premiar. Es lo que ha hecho  la Universidad de Castilla-La Mancha.

Como toda ceremonia académica la rige un ritual medieval. Entre los ritos, qué el padrino del doctorando pronuncie un discurso académico para, a continuación, ensalzar los méritos del patrocinado. A esta intervención primera se la denomina en latín, “Laudatio”. La expuso el director de la Escuela de Arquitectura, D. Juan Ignacio Mera González. El eje doctrinal de su intervención fue un exordio a los castellano-manchegos para que se sientan orgullosos de su Universidad. Una ciudadanía, secularmente inculta, dispone en los tiempos actuales de un instrumento que la puede redimir de siglos de ignorancias y atrasos. La Universidad, siempre es un proyecto de futuro, más allá de las miserias del presente. La derecha cuando gobernó en la Región intentó estrangularla. Pero lo mismo no lo puede hacer la izquierda, cuya obligación moral es reducir desigualdades históricas, territoriales e individuales. La fórmula mágica no es otra que la formación superior y la investigación.

Aún resonaba en los oídos el mensaje de valorar la Universidad propia, cuando iniciaba su discurso el doctorando. Suave en el tono, firme en el contenido. De nuevo, con la seguridad de los hombres que asumen causas justas, Gregorio Marañón se mostró tal como es: irreductible defensor de lo que cree. Alguien que apuesta por un futuro brillante de Toledo, que pasa por no destruir los paisajes que lo circundan. Y una vez más, aunque la lucha sea antigua, gritó, gritó por salvar la Vega Baja. Como si de una película se tratara. Salvar un espacio en el que yacen los vestigios aún ignorados del reino de los visigodos. Si, el pueblo que construyó su propia arquitectura, forjó leyes y convirtió a Toledo en capital de su reino. Coetánea de Camelot, competidora de Bizancio. Marañón reclamó un tratamiento inteligente para ese espacio singular. Y puso de ejemplo Guimarães. Se podría añadir Coimbra. Allí tienen recuperadas de manera modélica  las ruinas y las vegas del monasterio de Santa Clara,  arrasadas por las crecidas del Mondego. Ejemplos cercanos que demuestran que la lucha que hace años iniciara Gregorio Marañón, otros ya la han ganado. Terminamos entonando el “Gaudeamus Igitur”.

COMPARTIR: