Capilla Sixtina

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Jesús Fuentes

Siria: la guerra incesante

Vale, de acuerdo. Siria está lejos como para preocuparse. Apenas es un dibujo en un mapa del mundo o una pieza en el neurótico Oriente Medio. Tienen problemas, ¿pero quién no? Aunque, para ser precisos, Siria no tiene problemas, padece una guerra de años, cuyos movimientos bélicos de los últimos días han causado novecientos mil desplazados. Y, aunque no sirva de nada, al menos durante el tiempo en el que lean este texto, se acordarán de ese país y de la gente que muere por hambre, bombas, metralla, agentes químicos, frío, soledad, abandono. Además, en este febrero de 2020, el clima parece haberse aliado con la guerra para incrementar el sufrimiento y el horror. Según los diarios nacionales españoles que dan la noticia, muy pocos, 900.000 civiles, mujeres, niños y ancianos, huyen de Idlib en medio de temperaturas bajo cero para escapar de una muerte segura que se decide a distancia, ni siquiera desde Damasco, la capital soñada de los Omeyas hispanos.

Siria lleva nueve años en guerra. Qué alguien les explique que el mundo es un lugar maravilloso, según canta Louis Armstrong. Comenzó en marzo del 2011. Varios territorios clamaron contra la dictadura de Bachar el Asad. El padre se había impuesto con otra guerra y el hijo ha agrandado los terrores del padre. En aquel mes de marzo, creyendo que la primavera democrática podría llegar a los árabes, los ciudadanos pidieron libertad, que es lo primero que piden los oprimidos. Nadie pensó entonces en una guerra tan larga y cruel. Ni que el dictador contaría con los apoyos internacionales suficientes para masacrar a los habitantes y permanecer indemne ante la indiferencia del resto de naciones, entre ellas, nosotros. En la guerra de el Asad no se ha respetado ningún código, si es que las guerras tienen alguno. Nadie ni nada está libre de ser bombardeado, incluidos hospitales. Allí murió, en 2012, la periodista Marie Colvin, cuya aventura personal vemos en la película “La Corresponsal”.

Conocí Siria en el invierno, (aquel llevadero), del año en el que comenzaba el siglo XXI. Todos, también los sirios, imaginábamos que sería mejor que el terrible siglo XX. Incluso que podrían terminar de reconstruir las ruinas de la anterior guerra civil, aún visibles en Homs. Viajar por Siria fue como hacerlo por España. Era como estar en casa. Tantas son las semejanzas. Herencia histórica, deduzco. Hoy, supongo que Alepo y el Crac de los caballeros estarán destruidos, que las ruinas sugestivas de Palmira, de Apamea o Bosra habrán desaparecido o estarán muy dañadas. O que Hama, a orillas del mítico Orontes, se encontrará casi vacía. Probablemente ya no se podrá escuchar el “Padre Nuestro”, en el arameo de los Evangelios, entre los muros, tapizados de iconos, de un monasterio ortodoxo en Malula.

Les invito a que imaginen el dolor y el terror, la angustia y el sufrimiento de unas gentes tan parecidas a nosotros que bien pudieran ser nosotros. Sí son capaces de entender lo que allí sucede, sabrán que el debate de aquí sobre Venezuela es una mierda de políticos mediocres que convierten Venezuela en un espejo de nuestra realidad mezquina. Descubrirán que lo de Cataluña es un asunto al que nadie quiere encontrar soluciones y sí alguien lo intenta será llamado traidor o, en el leguaje bélico de la Sra. Álvarez de Toledo, rendición al enemigo. ¿Son enemigos para la derecha Cataluña y País Vasco? ¿Qué soluciones pueden aportar – sí son enemigos - a ese conflicto que lleva desestabilizando España tantos años o más que la guerra en Siria? Comparen, por un instante, nuestros preocupaciones con las tragedias de Siria y descubrirán lo ridículos que podemos resultar.

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