Capilla Sixtina

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JESÚS FUENTES

Roma contra la Norteamérica de Trump

Roma, la película del mejicano Alfonso Cuarón, está recibiendo premios y será nominada a los Oscar de manera implosiva. No hay quien frene su marcha. La película de Cuarón, rodada en blanco y negro, como era la realidad entonces y cómo empieza a serlo ahora, se podría adscribir al “neorrealismo” italiano o las maneras de la “nouvelle vague” francesa. Cuenta una historia sencilla. La vida de una familia de clase media mejicana de un barrio, Roma, del inabarcable distrito federal. Allí, cada barrio contiene un micromundo propio, con sus maneras de expresión y costumbres. En el universo infantil de Cuarón –ha confesado que es un relato autobiográfico– se mueven los personajes. Un padre desaparecido, aunque solo al final de la película se aceptará el hecho de un matrimonio roto. Una madre traumatizada por el acontecimiento, incapaz de asumir la situación y trasmitirla a los hijos. Ausente por partida doble: por la negación de la realidad y por los efectos del alcohol. Los hermanos, cada uno con sus problemas de crecimiento, y una “asistente” que lleva sobre sus espaldas el trabajo diario de la casa, la oferta del cariño del que carecen los niños más su tragedia personal. Es, sobre todo, la historia de esta mujer, de procedencia mixteca, que existió en la realidad.

Por lo narrado podrán imaginar que es una película atípica en el universo visual de héroes, superhéroes de cómics, o zombis. Contra ese mundo de cartón-piedra de la Norteamérica que no encuentra salidas a sus angustias diarias, se propone en Roma una vida sin trucos, sin magias, con héroes cotidianos. Quienes están votando la película para los Oscar en realidad están votando contra el universo falseado que no ofrece respuestas a ninguna de las cuestiones que afectan a los humanos. Es, al mismo tiempo, una crítica contra el Trump y sus epígonos, racistas y xenófobos, obsesionados con levantar muros contra emigrantes de cualquier lugar en guerra o de miserias ancestrales. Roma está hablada en español y mixteco, unos de los idiomas de los indios mejicanos. No está rodada en inglés, precisamente en unos momentos en los que existe no solo la ofensiva de Trump sino de otros grupos contra los latinos o los hispanos. Los “wasp” norteamericanos, blancos, protestantes y angloparlantes, se sienten amenazados por las oleadas hispanas, coincidentes con las ofensivas de los norteamericanos de color. Sospechan que sus posiciones de dominio se desmoronan. Los inmigrantes del siglo XIX y primera parte del XX temen a los inmigrantes actuales. Es lo que representa Trump y la parte de la Norteamérica que le vota.

Roma, la película, y Cuarón combaten esa actitud. Y los críticos que la están eligiendo como mejor película están hablando con esa elección. No es una película de protesta, pero sí la que plantea un discurso alternativo a una América temerosa y asustada ante gentes de otras tradiciones y otras lenguas, que experimentan las mismas sensaciones ante las adversidades cotidianas que cualquier blanco. Los problemas, al final, son comunes, no discriminan razas ni idiomas. La tierra es un único escenario en el que en cualquier lugar la gente vive historias corrientes, sin superhéroes, sin supervillanos, sin zombis, sin extraterrestres mecánicos o robots semejantes a los humanos, solo que más perfectos y menos frágiles. Roma adquiere por su factura y su relato la condición de un alegato contra a Trump, contra la Norteamérica ensimismada, contra cualquier modalidad de Nación excluyente. Y, por supuesto, es un posicionamiento a favor de la pluralidad de gentes y de idiomas.

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