Capilla Sixtina

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JESÚS FUENTES LÁZARO

El tren que nos trajo hasta aquí

Cuando el lector lea este texto será primer martes de diciembre de 2018. Nos encontraremos inmersos de lleno en el terremoto de Andalucía. Lo importante, sin embargo, es que será la Semana de la Constitución. Habrán transcurrido cuarenta años desde que se aprobara. Lo que ha sido un recorrido variado y no exento de sorpresas, aunque algunas previstas. Y es que esta Constitución se construyó con  voluntad, explicita y racional, de durar. Que permaneciera cien, doscientos, trescientos años. Porque no se puede cambiar de Constitución como si de un traje se tratara, por mucho que algunos  defiendan lo contrario. Para conseguir esa larga duración se “copiaron” los aspectos más  avanzados de Constituciones europeas y americanas. Pero también se produjeron repentizaciones e improvisaciones que se saldaron con fallos que habría que enmendar. No destriparla o hacer otra, como algunos publicitan, cuando en realidad no quieren ni  intentarlo. Es puro exhibicionismo o expresión de  postureo radical de cara a la galería. Ser crítico, sin dejarse ningún pelo en la gatera, se nos antoja más heroico que ser pastueño. Porque si analizan la realidad del momento descubrirán cómo funciona el mecanismo. Unos tiran  por la derecha y otros por la izquierda, de tal manera que sea imposible a quien lo intente conseguir un resultado aceptable. Así puede mantenerse  el discurso más como relato propagandístico que como comienzo de una aventura. Que fue lo que fue la Constitución que nos traído hasta aquí.

Uno de los títulos complejo, entonces y ahora, fue el Título VIII, de la organización territorial del Estado. Entonces se esbozó tímidamente el Estado federal, aunque terminó denominándose Estado Autonómico. Daba miedo  el término “federal” que algunos disgustos históricos había causado en España. En los años recientes se ha escrito y se ha teorizado sobre ese Estado federal. Si se fijan en estos momentos poco se habla de ello. ¿Por qué tras la efervescencia teórica hemos pasado al silencio de hecho? ¿Cómo solucionar los problemas de convivencia que se dan en Cataluña y a punto están de saltar en otros territorios? ¿Qué ha cambiado?

Tal vez lo que más haya cambiado sea la voluntad. La voluntad de aprobar una Constitución, algo que ahora se ve  necesario, pero no urgente. Entonces sí lo era. O se aprobaba una Constitución o volvíamos al viejo régimen antidemocrático.  Y aunque parezca que los momentos iniciales fueron fáciles, nada más lejos de la realidad. Hubo impetuosas resistencias, gentes que reclamaban  independencia, pueblos que se veían más como tribus que como miembros de una Nación, lugares que evocaron las ciudades-estado medievales, territorios que recurrieron historias las más de las veces inventadas. Predominó entonces una vocación de convivencia pacífica, de aceptar pluralidades y diversidades, pero de mantener una posición colectiva, como la de cualquier país del entorno.

Es posible que también lo que haya cambiado sea la aparición de quienes prefieren el desmontaje del sistema en su totalidad. Mejor acabamos con esta Constitución, piensan. Comencemos de nuevo que nosotros no estuvimos allí. En este discurso uno sospecha que lo que se pretende es cambiar monarquía por república. Sin sacralizar a ninguna de las dos instituciones, cito unas recientes declaraciones de Andrés Trapiello, quién siguiendo a su vez al profesor Félix Ovejero, ha expresado que “los republicanos vemos que los principios republicanos de la Ilustración están más y mejor defendidos por Felipe VI que por Quim Torra, Arnaldo Otegi o Pablo Iglesias” (El Mundo, 24 de noviembre de 2018).  Sin fetichismo ni mitomanías, la apuesta debería ser no bajarse del tren que nos trajo hasta aquí. Por muy atractivos que nos parezcan los cambios de conductores, de estaciones y de rumbo.

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