Capilla Sixtina

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Jesús Fuentes

La guerra en realidad

Al final,  a la película de Sam Mendes, “1917”, no la han dado los Oscars que se esperaban. Cosas de la economía y el comercio de audiovisuales en Oriente. Es lo de menos en una  película que narra las miserias de una guerra de Europa, que se inició en 1914 y que se vendió a los ciudadanos como la que acabaría con todas las guerras. Antes de esta ya  conocíamos “Senderos de Gloria”, en la que el protagonista, el recientemente desaparecido Kirk Douglas, se sublevaba contra la maquinaria patriotera que  fusilaba a los desertores de aquellos horrores. En el lenguaje militar de la época iba a ser una guerra romántica como las de la Edad Moderna. En sus planteamientos técnicos, sin embargo, se configuró como la primera guerra de la Época Contemporánea, con armas nuevas y más destructivas. Con ingentes e incontables muertes de soldados y población civil.  

En el verano de 1914, meses antes del inicio  de la Primera Guerra Mundial, en Inglaterra, en Francia y Alemania  los ciudadanos  comentaban  que sería una guerra corta. En Francia un joven escribía: “Queríamos ir a Berlín de inmediato, con bayonetas y lanzas, corriendo detrás de los alemanes….La guerra, pensábamos, duraría dos meses, quizá tres”. En Inglaterra, las chicas repartían una pluma blanca, como señal de cobardía, a los jóvenes que no se hubieran apuntado a la guerra. En el otro bando, Alemania, Ernest Jünger, escribiría: “Habíamos partido hacia el frente bajo una lluvia de flores, en una embriagada atmósfera de rosas y sangre…La guerra nos parecía un lance viril, un alegre concurso de tiro, celebrado sobre floridas praderas en las que la sangre era el rocío.” La realidad resultaría bien distinta.

En la Historia se han contado guerras hermosas, como las de Homero; resistencias heroicas, como la de Salamina contra los persas, o grandiosas como las de Alejandro Magno o Aníbal. Esta, en cambio, no iba a ser una guerra de heroicidades individuales, sino de desgaste masivo con muertes a miles. Un hombre de 26 años escribía una carta a un amigo estadounidense: “Es algo sangriento, la mitad de los jóvenes de Europa volando doloridos hacia la nada en la incesante matanza mecánica de estas batallas modernas”. En el modelo de batallas que se iniciaban,  los muertos, abandonados en los campos o en las trincheras, nunca serían identificados. No existían  dioses ni leyendas; ni héroes trágicos, esforzados o astutos, quedaba solamente la debilidad del hombre frente al catalogo de destrucción de las nuevas guerras.

“1917” fue año en el que los EE.UU decidió participar en la guerra europea. Diez millones de hombres se movilizaron en los Estados Unidos.  De ellos, solo menos de un diez por ciento llegarían a Europa en 1918. Suficientes. Pocos meses después, Alemania firmaría el armisticio. Comenzaban los tiempos del Tratado de Versalles y la década frenética de los años veinte. Cuando en Francia vieron llegar a los  norteamericanos, un oficial francés escribió: “Todos teníamos la  impresión de que estábamos a punto de presenciar una milagrosa transfusión de sangre. La vida estaba llegando en riadas para reanimar el cuerpo moribundo de Francia”.

En la película 1917, con evidentes connotaciones internas  norteamericanas, se cuenta la historia de dos jóvenes en un recorrido alucinado por campos devastados, con cuerpos pudriéndose en charcas corrompidas, en trincheras plagadas de ratas y muertes sin sentido, como la de uno de los protagonistas, al que mata un aviador al que ha salvado la vida. La narración, al margen de los mensajes de la Norteamérica  que se desliga de Europa por causa de la política aislacionista de Trump, proyecta, en imágenes vibrantes, la guerra en realidad. Es decir,  sin “glamour”, absurda y sin horizontes.

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