Capilla Sixtina

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Jesús Fuentes

La izquierda menguante

Mientras los duques de Sussex se separan de la familia real, con lo que nuestros medios de comunicación pierden oportunidades de escribir sobre la monarquía, por supuesto británica, que tanto les gusta; mientras descubrimos que en Cataluña – lo hacen todos los nacionalismos – la Historia se puede inventar, si se paga, y la “cuestión catalana” permanece desnortada; mientras los partidos nuevos, que encandilaron a periodistas y opinadores, a gentes de izquierdas sin desencantar y a otras desencantadas, se convierten, más que en viejos partidos, en oligarquías, incluidas parejas al estilo peronista; mientras el sistema de primarias de EE.UU nos descubre que las “primarias” de España son una chapuza cutre del caciquismo hispánico; y mientras el coronavirus nos aboca a una nueva recesión, tal como pinta, más grave que la del 2008; mientras todo esto y más sucede, la izquierda se fragmenta y se convierte en local. Olvida la lucha de clases, arrumba sus principios internacionalistas entre los trastos inútiles y se entrega con entusiasmo a las nuevas identidades, ya sean territoriales, feministas, ecológicas o tópicos de moda. Se acabó la revolución. Ya ni siquiera queda la de “boquilla”.

La izquierda mengua, se trocea. El desmembramiento de la izquierda favorece las condiciones para que la derecha autocrática engorde y crezca. ¿Ya nadie cree en la izquierda – ¿salvo Piketty? - como fuerza de choque contra las desigualdades? ¿Nadie considera la izquierda como instrumento contra explotaciones varias? ¿Qué podrá hacer la izquierda, aislada, atomizada y local, frente a los planteamientos de una derecha cada vez más extrema, autoritaria e internacionalizada?

El penúltimo movimiento llega de Andalucía. Dña. Teresa Rodríguez quiere crear “un sujeto político propio andaluz”, con barroca sintaxis y vocabulario. Sin retorica: quiere crear un partido andalucista, al modo del que ya surgiera en los inicios de la Transición. Del anticapitalismo global al andalucismo reductor. Pero que nadie se confunda, el reduccionismo de Andalucía se replica en Galicia, Levante, Extremadura, las Castillas y más. En varios casos son populismos de tufo nacionalcatolico.

Hubo un tiempo en los que tertulianos, burgueses cansados de la sosería de la democracia, izquierda desilusionada, izquierda dubitativa, todos saludaron la aparición de Podemos o Ciudadanos. Traían la renovación por la derecha y la revolución para la izquierda ¡Cuánta ingenuidad! ¡Cuánto ignorancia de los mecanismos del poder! La izquierda sometería a la casta, la derecha moderna acabaría con los valores de la derecha franquista. Los predicadores del pulpito mediático aplaudían con discursos de bienvenida; los teóricos y articulistas disertaban sobre la crisis de las élites. Nadie veía que, lo que en realidad buscaban, eran espacios de poder. De eso se trataba. Había que despeñar la Transición. Los partidos que la articularon no servían. Tenían que ser reemplazados por otros más jóvenes, más audaces, más acomodados a las ideologías sin ideas, solo a las propias posiciones. Egos y más egos al servicio del propio ego. En España, siempre tan deseosos de novedades y de juventud.

El Sr Rivera, ex-líder de Ciudadanos, ha dado una rueda de prensa para anunciar que trabajará en un despacho famoso de abogados. Podemos, que ha centrifugado a la izquierda hasta extremos insospechados, ha anunciado que en el siguiente Congreso se modificarán algunas cositas: la limitación de mandatos, las incompatibilidades de cargos, la aportación al partido de la cuota que se detraerá de los salarios de los cargos públicos. Y para evitar el descaro inicial, el Congreso se suspende y con ello la pretensión del líder de ser elegido líder porque él lo vale. Putin en estos días. Así terminan años de ingenuidades. Solo queda ver el reacomodo de los restos del naufragio. Y comprobar si hemos aprendido para las siguientes oleadas cómo funciona la política.

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