Cartas al Director

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IN ILLO TEMPORE - Manuel Muñoz de Luna Sánchez (22 de mayo de 2019)

Y no hace tanto tiempo en que la vida transcurría de una forma que sería insoportable hoy día.

Habría muchos ejemplos que podrían demostrar esta apreciación, pero como para muestra vale un botón, recurriremos a la evolución de la comunicación telefónica,  y que posiblemente mayor repercusión ha experimentado en nuestro devenir diario:

Eran contadas las familias que tenían la posibilidad económica o la necesidad de tener instalada una línea telefónica en su domicilio. Para comunicarse con familiares u otras personas que sí tuvieran este servicio, tenían que acudir a las centrales de teléfonos (antes de la instalación de cabina públicas)  y desde allí solicitar la comunicación correspondiente. El locutor o locutora avisaba cada tres minutos de que había transcurrido este tiempo puesto que cada tres minutos se facturaba la locución.  Si con quien deseabas conectar tampoco tenía línea de teléfono, existía el aviso de conferencia que consistía en avisar del locutorio al destinatario de la llamada de la hora en que ésta se produciría. También existían las transferencias telefónicas de banco a banco en las que habían unas claves concertadas para confirmar la cantidad correspondiente. De la misma forma se trataba a un cliente de banca que se personaba en su banco, pero en localidad distinta y se veía necesitado de efectivo.

Extendía el talón correspondiente pero su firma y personalidad no podía constatarse hasta el año 1952 en que se instauró el D.N.I. y el recurso era el teléfono. Entonces se recurría a describir telefónicamente la personalidad del interesado, con sus rasgos físicos, que pudiera dar la certeza de la personalidad del demandante.

La diferencia negativa que supone el cambio es que hoy día existe lo que podríamos llamar comunicación técnica, que consiste en estar constantemente pendiente de un nuevo miembro de nuestro cuerpo que es el teléfono móvil y reparar menos en lo que existe fuera de él.

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