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La doble lección de Page que Pedro Sánchez es incapaz de seguir

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Emiliano García-Page

Que el presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, sea un referente del PSOE nacional no es casualidad. Se lo ha ganado con el paso del tiempo, con su fino olfato y con su particular forma de entender el socialismo y la política en general. Page ha demostrado sobre todo que es transversal y que puede pactar con la izquierda ultramontana tipo Podemos o con el centro derecha del más descafeinado Albert Rivera. Castilla-La Mancha ha sido campo de experimentación dos veces en pocos años de Podemos y de Ciudadanos, y Page ha sabido aprovecharlo de forma hábil con gran beneficio para su partido. En ambas ocasiones con Pedro Sánchez como hilo conductor del relato.

Primero fue Pablo Iglesias el que impuso un pacto de su partido en Castilla-La Mancha con el PSOE castellano-manchego después de la brutal traición de líder regional de los podemitas a Page en un pleno de presupuestos en el que pilló desprevenido incluso al otro diputado de Podemos. A partir del pacto dos representantes del partido morado entraron en el Gobierno de Page. Y no pasó nada. Ahí se mantuvieron hasta el último momento sin que se resintieran ni el Gobierno autónomo, ni el PSCM-PSOE ni muchos menos García-Page, que acabaría ganando por mayoría absoluta las elecciones del 26-M y dejando fuera de la Cortes al partido de Pablo Iglesias. Esa es la primera lección de Page que Pedro Sánchez es incapaz de poner en práctica en su propio beneficio. No sería lo mismo un gobierno nacional del PSOE teniendo a Iglesias dentro que lo que fue el Ejecutivo de Page con José García Molina como vicepresidente segundo. La diferencia se antoja abismal, aunque solo sobre el papel.

En cualquier caso Page estaba deseando quitarse de encima el lastre de Podemos. Si tenía que depender electoralmente de alguien prefería que fuera de Ciudadanos. Bono había allanado el camino durante estos años con sus repetidos encuentros, muchos de ellos en Toledo, con Albert Rivera, y cuando Juan Carlos Girauta empezó su campaña electoral como candidato al Congreso por Toledo, lo primero que hizo -y casi lo único- fue elogiar hasta cansar a Page y apalear a Paco Núñez. Como quiera que Page no ha necesitado el apoyo de Ciudadanos para formar gobierno gracias a la holgada mayoría absoluta que obtuvo el 26-M, había que escenificar por parte de Ciudadanos otra forma de hacer ver que ellos están con los socialistas cuando quien los representa no es Pedro Sánchez. Por eso se dio orden desde Madrid a todos sus candidatos en las capitales y en las grandes poblaciones en las que su voto era decisivo para formar gobierno para que cerraran acuerdos con el PSOE. Y así ha sido. Ahora da la impresión que decir Ciudadanos en Castilla-La Mancha es decir Partido Socialista, y lo normal es que esa imagen se afiance con el paso de la legislatura.

Es la segunda lección de Page, que después de pactar con Podemos también es capaz de pactar con Ciudadanos, pese a que en ambos casos lo que se ha impuesto, más que la habilidad negociadora de los socialistas castellano-manchegos, es el interés puntual y la estrategia de los líderes nacionales de los otros dos partidos. Pero Page ha sabido aprovecharse de forma magistral y ha logrado un poder que nunca había tenido el PSOE en Castilla-La Mancha. No como Pedro Sánchez, que igual que no cierra acuerdos con Podemos tampoco se es capaz de ganarse el favor de Ciudadanos para poder ser investido presidente.

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