20 de octubre de 2019
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De Memoria

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ISABELO HERREROS

Forges en mis recuerdos

Esta mañana nos hemos despertado con la triste noticia de la muerte del dibujante Antonio Fraguas, conocido como Forges, que así firmaba. Un cáncer maligno, de esos que avanzan a velocidad vertiginosa, se lo ha llevado. Mientras la radio ilustraba la información, con muestras de duelo de personalidades de la política y compañeros de oficio del finado, el sol, en este jueves triste de febrero, se va colando por las ventanas de mi casa, en el cotidiano juego matutino de ir rodeándola y marcando las horas, y lo hace con acompañamiento de música, la de los pájaros silvestres. Es el eterno contraste entre la muerte y la vida, es decir, amanece un nuevo día.

Mientras desayuno, y me preparo para afrontar el día, vienen a mi recuerdo imágenes de chistes e historietas. Me tengo que remontar, según los recortes que guardo en viejas carpetas, a hace casi cincuenta años, cuando Forges publicaba en el diario Informaciones aquellos memorables "Forgendros", y que recordaban a las absurdas y surrealistas maquinarias e inventos que años atrás aparecían en la revista infantil TBO. En los años de la transición recuerdo otras contraportadas geniales, las que hacía en Por Favor, y que en ocasiones tenían como personaje al Blasillo, con reflexiones filosóficas que al final se desvanecían ante la aparición de una espléndida minifalda o la última tontada del alcalde. Desde entonces no he dejado de seguir a diario, en el medio de comunicación que tocase, las geniales ocurrencias de este gran profesional del dibujo que tantas sonrisas nos ha arrancado a millones de españoles. En mi andadura profesional no he coincidido nunca con Forges, aunque es cierto que sí que lo he conocido y saludado en varias ocasiones. He tratado mucho más a su hermano Rafael, cronista de las páginas de Madrid de El País durante varias décadas.

Su influencia ha sido muy grande, con un relato diario del ser español del que es difícil encontrar parangón; hay que remontarse al genial Bagaría de los años veinte y treinta del pasado siglo para poder comparar entre iguales. Sin ofender ha conseguido que, en ocasiones, las propias "víctimas" de su humor reconozcan lo atinado de la sátira, y, incluso reproduzcan en fotocopias ampliadas las viñetas y las coloquen con chinchetas en las oficinas de la Administración, como una muy popular en los juzgados y tribunales, en la que un educado caballero, ataviado a la usanza del siglo XVII, se dirige a unas funcionarias, ya sentadas ante un ordenador, para preguntar por lo suyo. En muchas ocasiones ha sido la Iglesia católica objeto de sus dardos, pero no creo que en las paredes de una sacristía podamos encontrar algo parecido a lo que refería de la administración. La España rural, de secano, esa que conocimos quienes tenemos más de medio siglo, recibió siempre una mirada tierna del artista, para recordarnos nuestros orígenes y que, a la postre, no hemos cambiado tanto. Esta amabilidad, en el trazo y en la naturaleza de sus chistes e historietas, no ha restado un ápice a su crítica mordaz e inmisericorde con los poderosos y los políticos venales e incompetentes.  La solidaridad ha sido otro de los rasgos de la personalidad del dibujante, con campañas como la de Haití.

En los últimos años me lo encontraba a veces por el centro de Madrid, donde él residía, pero, salvo en una ocasión, hace ahora un año, no lo importuné nunca. Lo abordé en la esquina de la calle Prim con el Paseo de Recoletos, y lo hice -ya lo había meditado hacía tiempo-, para agradecerle cincuenta años de sonrisas, que en lo personal me habían ayudado mucho, a veces en momentos dramáticos de mi vida. Para destensar la situación, ocasionada por mi "abordaje", me dijo que sabía bien quien era yo y que su hermano Rafael le había hablado en ocasiones de mí. Le referí una anécdota de comienzos de los años setenta que le hizo sonreír, al contarle que durante mi periodo de "mili", la escuadrilla en la que estaba destinado, la de honores de aviación, entrenaba en las cercanías del lago de la Casa de Campo madrileña, y que en varias ocasiones le había "sorprendido" tomando apuntes del natural de la tropa, sentado en un acogedor banco del parque, pero que la rigidez castrense me había impedido acercarme a saludarle.

 El encuentro que he referido fue breve, pues se notaba en el semblante que ya no se encontraba muy bien, y no quise abusar de la amabilidad con la que me trató.

Ahora nos toca despedir al gran Forges, con la paradoja de un sentimiento triste y a la vez con la sonrisa en los labios, por tantos años de humor inteligente. Gracias maestro, pues, al menos a quienes te hemos seguido, nos has hecho un poco mejores.

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