19 de septiembre de 2019
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Duelos y Quebrantos

Duelos y Quebrantos

G. Vila

El error de Cospedal

Las grabaciones difundidas esta semana, en las que se escucha al ex policía Villarejo departiendo con la entonces secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, ponen en una situación muy comprometida a la ex presidenta regional. La alta política requiere bajar al barro, podrá argumentarse, pero ni siquiera esa justificación es suficiente para defender que un policía corrupto hasta el tuétano tenga barra libre en restaurantes y despachos.

Es cierto que los bajos fondos de la política, sobre todo la que se hacía antes del 15-M, son muchas veces inaccesibles al ciudadano. Y así debe ser. Del gran pacto de la Transición conocemos la foto final y algunas de las reuniones más o menos públicas que se celebraron, pero es mucho más lo que no sabemos. ¿Hasta qué punto el Rey se implicó en aquellas conversaciones? ¿Qué empresarios se jugaron su patrimonio y su credibilidad para que unos y otros se juntaran en una misma mesa? ¿Qué presiones tuvo que soportar Carrillo entre los suyos para aceptar la rojigualda? ¿Qué tuvo que hacer Fraga con los suyos? De la Transición nos quedamos con la luz del abrazo final, no con las oscuridades previas. Ya ha dicho Han que la obsesión por la transparencia de las sociedades modernas tiene mucho que ver con la sospecha y la desconfianza que se ha instalado en la piel de nuestro tiempo. Pero una cosa es que no todo deba ser conocido y otra permitir que la zafiedad y la corrupción formen parte del status quo del quehacer político.

Apenas unas semanas después de la reunión entre Villarejo y Cospedal, la secretaria general de los populares acusaba al Gobierno socialista de espiar a los líderes del PP. ¿Cómo no pensar que esa información salió de la cita en Génova? Aquella acusación fue la que utilizó el entonces ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, el gran maestre del juego de la cloaca, para amenazar a los diputados del PP y recordarles que él lo veía todo y lo escuchaba todo. Al común de los mortales todo esto le puede parecer una casualidad, pero el periodista que mire la realidad con cierta profundidad no puede permitirse esa frivolidad. Sobe todo, andando Rubalcaba en medio.

El error de Cospedal, al menos el más sustancial, es no haber pedido perdón. En el fragor de la alta política, pudo pensar que no le quedaba más remedio que jugar con las mismas cartas que el adversario; puede incluso que buena parte de la ciudadanía entendiera que, en aquel lejano 2009, ni siquiera supiera de las debilidades de Villarejo; o hasta podría decir que su actuación no es comparable con la de la ministra de Justicia celebrando la noticia de que el policía abría un prostíbulo. Pudo pasar todo eso, pero con el paso de los años y la perspectiva de lo ocurrido desde entonces, nada justifica que en el comunicado que remitió a la prensa no aparezca esa palabra sanadora: perdón.

Rodrigo Rato está en la cárcel, sí, pero creo que hoy es un hombre más libre de lo que era hace una semana. Antes de entrar en prisión, se disculpó ante la sociedad. El perdón libera y reconcilia. El día en que nuestros políticos entiendan eso estarán mucho más lejos de su ego, pero, indudablemente, más cerca de los ciudadanos.

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