23 de octubre de 2019
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El Alcaná

El Alcaná

JAVIER RUIZ

El agua

El verano se cierra con el agua torrencial arrasando lo que encuentra. Lo empezamos sobrecogidos con el fuego que puso en vilo la ciudad histórica de Toledo. De los cuarenta y tres grados a la gota fría que todo lo inunda. No sé si será el cambio climático o estas cosas pasan porque están en la atmósfera y su vientre. Lo cierto es que la Naturaleza sigue siendo el gran misterio que envuelve al hombre. Cree dominar el mundo a base de chips y apps, y luego llegan las fuerzas más primitivas a resetear el disco duro. Los cuatro elementos de Empédocles, el aire, fuego, tierra y agua, se desatan a lo largo de los siglos y sumergen al hombre hacia la espiral de su destino. Los románticos lo vieron claro en el XIX y nadie como Caspar David Friedrich supo pintar al hombre chiquito frente al mar y su tempestad. El bofetón de la Naturaleza continúa enrojeciendo las mejillas del hombre. Y sólo queda rezar hasta que pase la tormenta.

Los hombres sabios de campo –algunos de ellos, como decía Saramago, lo más cultos, listos e inteligentes que había conocido- temen a las tormentas. No osan hacerles frente jamás. Y esperan que pase su curso hasta que afloje la calma. Posponen cualquier otra cosa que no sea la salvación de su vida y dejan para después el conteo de los daños y la actividad diaria. El destino señala sin argumentos y vuelve al héroe imposible, enredado en su ratomaquia y laberinto sin salida. Los hermanos de Caudete jamás hubieran podido pensar que una riada se los llevara por delante. Ni los rescatados de Almansa. Ni los evacuados en helicóptero de los tejados o descerrajados de sus vehículos por los bomberos. La Madre Naturaleza hierve por dentro y no espera. Cuando no regurgita y monta un volcán o un terremoto.

Así las cosas, sólo queda esperar y evaluar. Acercarse más que nunca, no olvidar, ser rápidos, eficaces. Almansa, Caudete, Hellín y todo el Sudeste español se unen a otros pueblos ya azotados como Villanueva de los Infantes o Borox. No hay piedad posible ni argumento. Los meteorólogos explican la DANA, pero los científicos no saben o entienden cómo pararla. No sé si es la mano del hombre que ha adulterado la Naturaleza, como algunos dicen. O es que lo lleva escrito por dentro y sus látigos se desenvuelven cada cierto tiempo. Queda esperar. A que amaine, a que pase, a que concluya. Y luego sacar la fuerza y músculo de una sociedad civilizada, cuya razón central obliga a estar con las víctimas y quienes peor lo pasaron. Como siempre. Como el hombre ha hecho en siglos para sobreponerse a la adversidad.

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