El Alcaná

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JAVIER RUIZ

Luna de sangre en un bar de copas

Ha coincidido esta luna de sangre con las puntas de las navajas abiertas. Si Federico viviera, glosaría la luna de enero entre gitanos y llantos. Como no lo está, nos quedan los de Podemos, cuyos gritos y alaridos cuelgan del filo de las guadañas. Los comunistas son únicos para hacer limpieza. Dejan el Politburó como una patena, igual que los chorros del oro de Moscú. A Pedro Sánchez le sonríe la luna, pues ha pasado de tener una derecha y dos izquierdas, a partir la primera en tres y la segunda, en una o ninguna. Tres comunistas juntos son una célula; cuatro, una escisión. La luna se pone grande y sangra por las costuras de España.

Mientras tanto, un filósofo toledano da la clave y nadie lo escucha. José Antonio Marina, uno de los grandes cráneos privilegiados de nuestra época, ha lanzado el dardo al centro de la diana. En esa serie de encuentros que patrocina la Fundación BBVA y que se titula “Aprendemos juntos” -pueden buscarlo en Internet y verán que es una de las mejores iniciativas filantrópicas de los últimos tiempos-, Marina asegura que España se va a quedar como el bar de copas de Europa. Fundamentalmente, porque la sociedad no ha tomado en serio la educación. Dice el filósofo que un grupo progresa cuando su ritmo de aprendizaje es superior a los cambios que el entorno produce. Y lleva razón. Nuestro país quedó fuera de la Ilustración y la Revolución Industrial. Ahora que cogimos bien el tren de final de siglo con la subida a Europa, todo parece desmoronarse. Pero junto a lo que cae, se forma otra realidad nueva cuya velocidad es vertiginosa. Nadie nos enseñó nunca a manejar un ordenador y tuvimos que aprenderlo porque, si no, quedábamos fuera del sistema. Ahora emergen no ya las redes, que llevan diez años, sino el comercio, marketing o estrategias empresariales, culturales, técnicas y sociales a través de ellas que superan la rapidez del rayo. Y nadie nos las ha contado. Nuestro saber analógico se funde y quema en la punta de los dedos sin que nadie nos enseñe a pulverizarlo en oro digital. Un mismo saber o conocimiento es lumbre mojada, ceniza muerta o diamante bruto y verdad flamígera en función del canal por el que se transmita. Nunca imaginé que McLuhan, ese viejecito que estudiábamos en la Facultad de Periodismo, tuviera tanta razón. El medio es el mensaje más que nunca.

Por eso, me llevan los demonios cuando observo el debate político de mi país y a los indepes pidiendo murallas. El proteccionismo puede tener vida a corto plazo, pero siempre será derrumbado por el zumbar crepitante de las olas. El tiempo que estamos perdiendo en Cataluña ya no lo ganaremos para las nuevas tecnologías ni el cambio digital y fulminante que ha llegado. En un par de años, todos cambiaremos de trabajo o lo habremos adaptado a una realidad todavía desconocida. Que pregunten a hoteleros y taxistas. La imprenta se queda en bragas al lado de todo esto. Y los necios miran el dedo que señala en lugar de la luna que sangra.

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