El Alcaná

El Alcaná

Javier Ruiz

Baralides 

Baralides murió la noche del viernes, cuando la luna de abril daba bocados para abrirse al cielo. Llevaba veinte días ingresada en el hospital, al lado de mi madre, entre los suspiros y soplos de sus pulmones. Conocí a una mujer única, ubérrima, de las que marcan con su sola presencia el sino de las estirpes. Murió en la cama como podría haberlo hecho en el campo, al raso, al descubierto de un firmamento al que alcanzaría con las manos y su abanico. Baralides era fuerza, ciclón, torbellino, furia y viento en un cuerpo de noventa y cuatro años. La he conocido en las tres últimas semanas de su vida, lo suficiente para darme cuenta de qué está hecha esta masa incorpórea de Mancha y aire, cómo se levantó esta tierra de la nada, de qué forma los rastrojos se hicieron trigo y las generaciones avanzaron de la letrina al gotero. Baralides ha muerto, pero quedan sus hijos para recordarla.

Lo primero que me llamó la atención fue su nombre, que no acertaba a decir. Cuenta Esperanza, la nuera que ha estado velando cada noche los ayes de su sufrimiento, que vino por la protagonista de un folletón que leía su abuela. O quizá una radionovela que se colaba entre el pienso y los animales. Baralides es Galdós, Clarín y Flaubert juntos, toda la saga de mujeres que reventaron su tiempo a base de coraje. Busqué en Google y encontré que sólo treinta y nueve mujeres en España llevaban el nombre de Baralides. Así había de ser para quien no podía sujetase en una cama entre barrotes. Agitaba sus brazos y decía “los caballetes, los caballetes”. A los ochenta años, aún subía a los tejados y jalbegaba. Cuenta Sonia, su nieta, que el abuelo había sido tratante de ganado, pero que quien cuidaba y daba de comer a los animales era ella. De Almodóvar vinieron a Ciudad Real y esa fue la salvación para una familia que luego llegó hasta la quinta generación. Baralides tiene un tataranieto con el que se hizo una foto antes de caer mala, entre que murió su esposo en noviembre y esta primavera desechada. Movía su abanico con destreza y desparpajo únicos, asustaba al calor mismo de su revuelo, llamaba la atención de las enfermeras cerrándolo súbitamente y dándoles con él en el culo. Me cuentan que decía que cuando tenía la regla, ni los lagartos se acercaban a  ella.

Baralides se despertaba y preguntaba si había muerto la compañera de al lado. Hasta la tarde antes de morir, hablaba y llamaba a su hermana Elisa y seguía la conversación. Sobrevivió al marido cinco meses, habiendo vivido con él, solos los dos, hasta los noventa y cuatro. Tenía un solo hijo, Clemente, pues perdió a otros dos joven. Luego la familia creció y fueron tres nietos, varios biznietos y un tataranieto. La fuerza de Baralides es como la lanzada que remueve molinos y gigantes para que nadie toque a su gente. Ahora sé por qué España se levantó de una postguerra y nos trajo acá, a este mundo en que la prosperidad se ahoga a sí misma. Ellos la crearon y nosotros la devoramos. Ha muerto Baralides, a quien sólo conocí veinte días. Daba golpes en la cama y miraba con la boca abierta, como si fuera a comerse el aire que la circundaba. Queda para mi recuerdo en estos días de hospital interminables. Si la Mancha, su tierra y su historia cupieran en una pila bautismal, llevarían, sin dudarlo, el nombre de Baralides.

COMPARTIR:
TAGS: