El Alcaná

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Javier Ruiz

Toledo, de puente a puente

Los que nos quedamos el Puente de la Inmaculada Constitución en Toledo hemos visto cómo la ciudad se llenaba de coches igual que un reguero de hormigas. La Cornisa, la Subida a Bisagra, la Cava o la Vega aparecían sumidas en un caos circulatorio propio de otro tiempo. Es como si todos los que huían de la Marcha del Clima se hubieran venido de golpe, a empujones, con sus motores ardiendo CO2 entre la piedra. Faltaban Greta y Bardem para hacer una manifa invertida, por una contaminación responsable de las aguas del Tajo. Toledo muere de éxito y hay que pensarlo de nuevo. Entre otras razones, porque podemos y es necesario.

La visita en masa a la ciudad ofrece pocas ventajas al viajero. Es cierto que estamos en la sociedad de consumo y nadie pone puertas al campo. Pero los que aquí vivimos, contemplamos las calles llenas atónitos. Me encanta salir de casa y tener la ONU a doscientos metros. Santo Tomé a las once de la mañana presenta más nacionalidades juntas que una asamblea abierta de cualquier organismo mundial. No le temo al negocio y ni odio al turista, al revés. Lo que me da coraje es que la avalancha no permite una atención mínima de calidad. Quizá eso tampoco sea culpa nuestra. Los hosteleros hacen lo que pueden y aprovechan la pleamar. Pero en el fondo saben que no son formas y hay un regusto amargo en el modelo. Porque en la turbamulta es imposible brillar.

El caos de tráfico es previsible y la oposición atiza con ello. Hace bien, pero deberíamos buscar soluciones entre todos. Uno de los pata negra de la hostelería toledana me dice que la ciudad está hasta arriba, pero que a Toledo le queda mucho para ser Florencia, “porque Florencia todos los días está así”. La iniciativa puesta en marcha hace algunos años “Toledo sin mi coche” es positiva, pero no suficiente. Creo que habría que pensar alguna alternativa metropolitana para días y fechas tan señaladas, concluyentes, en las que se esperan las doce tribus de Israel subiendo por las murallas. Quizá no sea sólo cuestión de Toledo y haya que implicar a Bargas, Olías o Mocejón, por citar los pueblos próximos de la carretera de Madrid. Por qué no habilitar ahí aparcamientos que descongestionen el tráfico de la ciudad y unirlos a través de autobuses o lanzaderas. Lo que no tiene sentido es contemplar la fila de coches subiendo por Cornisa como si de gusanos se tratase. En el fondo, creo que queda mucho debate de ciudad abierto. Los tiempos corren a la velocidad del rayo y la digitalización ha cambiado nuestra forma de ocio. El apartamento turístico es una opción cada vez más extendida que puede matar la gallina de los huevos de oro, entre otros motivos, porque quien mantiene la gallina es el vecino y puede acabar hasta los huevos, y no de oro.

Lo ocurrido estos días es un buen motivo para pensar qué hacemos con una ciudad que desde El Greco ha roto moldes y expectativas. Toledo es hermosísima, maravillosa, una de las ciudades clave en la Historia de la Humanidad. Pero, por eso mismo, hay que tratarla y cuidarla como a una crisálida o frágil rosa de primavera. Mimo, cuidado y talento. No valen las soluciones de brocha gorda, sino que hace falta pincel fino. Las luces que brillan sobre el Puente de Alcántara deben iluminar las de la inteligencia para que los otros puentes, los del calendario, no se conviertan en agonía para los que vivimos dentro.

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