El Alcaná

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Javier Ruiz

Los viejos que mueren solos

Los viejos que mueren solos son la metáfora de un tiempo tan hiriente que es mejor no escribirla. Es preferible dejarla también sola, revoloteando por el aire, como el virus, hasta que se asiente sobre un crespón negro que tampoco quiere ser colgado. Se van quienes levantaron este país de la nada, de la más absoluta miseria, de los años del hambre, del ahorrar para mañana, del cuidado de los nietos, del sostén de la crisis... Ahí se han quedado, igual que tantos años de lucha en la soledad de la duda, en el catre dando vueltas, con la única complicidad del cónyuge, con el que tantas veces discutió, pero siempre estaba ahí para abrazarlo. Despertaron del letargo pavoroso de una guerra desmedida, que no propiciaron. Y fueron volcanes en erupción cuya lava corrió por las venas de España hasta llevarla a donde jamás nunca su Historia la colocó.

Los viejos –palabra dura, pero verdadera, a ver si empezamos a llamar ya las cosas por su nombre entre tanta palabrería- quedaban marginados, apartados en esta sociedad de la opulencia. No eran guapos, caían enfermos, necesitaban cuidados. Pero siempre hemos tenido que hacer cosas mucho más importantes. Hemos ido corriendo sobre los mapas del segundero, agotados sobre la prisa. Y ahora el tiempo se nos ha detenido en la puta cara y no sabemos qué hacer con él. Las sociedades antiguas tenían en los ancianos las más venerables de las personas, las escuchaban, seguían su consejo, les hacían caso. Las arrugas de unas manos son el surco infalible del paso quebrantado de la vida. Los romanos crearon el Senado para que quienes más habían vivido pudieran alumbrar el destino de los jóvenes héroes. Pero no sé qué falló, qué pieza o tuerca se apretó para que esto, que hasta la tribu más vieja de África conoce, lo olvidáramos en la rica Occidente. Los viejos se mueren solos.

Tengo escrito multitud de veces que el gran drama de este tiempo es que la generación siguiente no vivirá mejor que la que le precedió. Ese es el trauma verdadero al que ni psicólogos ni economistas ni mucho menos políticos tienen la gallardía de responder. Pensamos que sí, que era cierta nuestra riqueza impostada. Y fuimos dando de lado aquellas cosas que nos la trajo. Los primeros, los viejos. Ellos tiraron de un carro que llega a las puertas de una residencia... Y sobre él se cubre el silencio. Hace poco me decía un amigo que no pensaba que al final de su vida tuviera que ver esto. Rubén Amón se preguntó al principio de la pandemia qué clase de sociedad somos la que da por amortizada la pérdida de los viejos, porque son mayores y tienen que morirse antes o después. Yo respondo, querido Rubén. Aquella que no valora el barro del que viene y, en lugar de robustecerlo con más tierra, termina diluyéndolo en la insoportable liquidez de un agua vacía y muerta. 

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