El Alcaná

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Javier Ruiz

Pedro Jota

He devorado con pasión los cinco capítulos con que Pedro Jota ha celebrado sus cuarenta años como director de periódicos.

Son un repaso fabuloso a la Historia de España, desde luego, pero sobre todo a lo que es el ejercicio de un periodismo de calidad. Debería ser de obligada visión en cualquier facultad de alumnos que mañana quieran dedicarse a esto. Son casi diez horas de repaso exhaustivo y pormenorizado por los casos que marcaron la vida política y económica española desde ya aquel lejano 1980. Ver sus explicaciones sobre lo ocurrido, contar cómo tomaba las decisiones según evolucionaban las circunstancias, escuchar su lógica de las cosas desde el ángulo periodístico ha sido un chute de adrenalina sensacional en estos tiempos tan difíciles para todo, hasta para que te cuenten como a un muerto.

Pedro Jota es el periodista español más influyente e importante del último medio siglo. Se ha codeado con todos los presidentes del Gobierno de la democracia y ha dejado constancia de ello por escrito. Ha marcado la pauta y agenda de ejecutivos, que debían salir al frente para refutar cada mañana algunas de las cosas que sus periódicos decían. Es la verdadera encarnación en España del espíritu del viejo periodismo norteamericano que él vivió de joven leyendo y conociendo de cerca los casos del Washington Post y New York Times. El caso del Watergate lo marcó de manera rotunda a los veintipocos años hasta el punto de que hizo de sus cabeceras un escándalo diario, en función de la catadura moral de los diferentes gobiernos. Lo bueno de Pedro Jota es que el tiempo le ha terminado dando la razón y todos aquellos que en el felipismo lo insultaban, después lo jalearon en la guerra de Irak o los papeles de Bárcenas. Ha pagado con su cabeza las veces que resultó demasiado incómodo, pero eso lo ha hecho más grande. Es al que los políticos temen, porque dos veces que cayó, dos veces se levantó.

Sus tirantes son leyenda del periodismo casi tanto como los de Fraga en la política. Diario 16 me pilló demasiado joven, pero El Mundo fue como una filosofía, una religión. Comenzaba a leerlo por detrás, con Umbral, los placeres y los días subidos en metro. Creo que a Pedro se debe también la apuesta fulgurante, desmedida, sin paliativos por el periodismo de opinión máximo, de altura, de calidad excelente. Leer El Mundo era como abrir una pequeña biblioteca nacional de autores vivos. Pero era, sobre todo, tocar los cojones a los biempensantes. Quizá por eso no me hice socialista, porque eran los que mandaban cuando yo crecía. Y mandaron mucho, trece años que se hicieron largos y agónicos al final.

El reconocimiento que hace Pedro Jota en el último capítulo de la dificultad de la tecnología es una cura de humildad para todos. Para él mismo el primero, como reconoce, pero un bálsamo y estímulo para el resto. Creo que la prensa tiene un futuro por delante prometedor y único, exclusivo como siempre. Pero hay que dar con la tecla de la rentabilidad del negocio y no falta tanto. Es necesario empaparse de las posibilidades que ofrece siempre esta nueva tecnología que abarata costes, pero multiplica efectos. El viejo Mcluhan siempre sale a relucir, pero lo clavó con aquello de que el medio es el mensaje. El Coronavirus ha desnudado tantas cosas que ha hecho emerger la verdad, también en periodismo. Pero la apuesta por contenidos de calidad y la asunción del principio de contrapoder serán siempre garantía de éxito, aunque entrañe sus riesgos. Quien no se arriesga, se duerme en la placidez de la vida. Periodismo es todo aquello que no quiere que se sepa; el resto es propaganda. Pedro es su sumo sacerdote y su influencia alcanza a quienes incluso no lo conocimos, pero nos cansamos de leerlo. Gracias, Maestro, por el soplo de vida que nos has dado estos días.

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