18 de noviembre de 2019
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El Alcaná

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JAVIER RUIZ

¿Y qué piensa el Rey de todo esto?

Leo la crónica de Emilia Landaluce en El Mundo sobre la fiesta del periódico en su trigésimo aniversario. Es Landaluce una de las mejores plumas de la nueva hornada de columnistas que escriben en los diarios. Me encanta su sentido del humor y la forma en que, con su amiga Cayetana, pone en su sitio a las femibonitas. Licencias que un hombre jamás podría tomarse en la tortuosa senda de lo políticamente correcto. En esa crónica retrataba Landaluce la avifauna que acudió a la convocatoria. Del Rey para abajo, casi todos, con la Reina y el fitness de sus brazos como estrellas. Pensé entonces qué debe pasarle por la cabeza a Felipe VI viendo la grey que lo acompaña y el ganado que le ha tocado lidiar. Como el meme que corre por los móviles, reprochándole a su padre aquello de que sólo cada cuatro años debe un rey intervenir. Él lo ha hecho ya varias veces desde que accedió al trono hace cinco años. Aunque, sin duda, la más importante de todas fue aquel discurso del que ahora se cumple el segundo aniversario.

Coincido con Federico Jiménez Losantos en que si el Rey ese día no toma las riendas, quizá el juicio del procés y la sentencia del Supremo que se avecina no se hubieran producido jamás. Con un Rajoy carcomido por la corrupción y un Sánchez dispuesto a todo, Felipe VI se ganó el respeto regio como hizo su padre el 23 de febrero. Puso a cada uno en su sitio y le soltó el discurso directamente al que es hoy presidente del gobierno en funciones. Pedro andaba loco por la música, como se demostró meses después con la moción de censura, el gobierno de los Maxim y las coaliciones Frankestein. Arrastra desde entonces esas cadenas como fantasma de la Moncloa y es ahora, a la tercera o cuarta intentona, ya he perdido la cuenta, cuando se da cuenta de que son un lastre y nada puede hacerse con ellas. Pedro recupera España y tiene melancolía de sí mismo, cuando era un líder razonable al principio del principio de las primarias. En realidad, va a ser uno de los beneficiados de su propio hartazgo, una vez demostrada la insolvencia de quienes asaltaron los cielos y, por supuesto, de la veletita naranja. El otro será Casado.

El encuentro en La Toja entre Rajoy y González demostró que el personal tiene gana y recuerdo del viejo bipartidismo, de la importancia de las instituciones y su prestigio. Quizá por eso Feijoó no abandonó en ningún momento a Sánchez durante su visita a Galicia. Por eso y porque no aguanta a Mariano. Pero eso es otra cosa. Sánchez y Casado se perfilan como la extraña pareja de baile que el país necesita para salir del atolladero. La nueva política no es más que pajillera y onanista, sólo pensando en ella. Así pasará, que los electores dejarán de pensar en ellos. Lo de Rivera este fin de semana levantando el veto a Sánchez es patético. Se creyó rey antes de alcanzar trono alguno. Y quizá los cantos de las sibilas y cortesanos lo hayan recluido en una torre de marfil, de cuya altura ahora siente vértigo. Lo siento por Ciudadanos y su proyecto. Y, sobre todo, por Inés, a quien veía presidenta del Gobierno.

Un buen amigo mío de la política tiene una teoría insuperable que hace llamar “de los cordones cruzados”. Supone que las decisiones propias de la derecha ha de tomarlas la izquierda y viceversa. De ahí que fue el PP quien se cargó la mili y el Psoe, el que hizo la reconversión industrial. Ahora le toca a Sánchez aplicar el 155 draconiano con apoyo de Casado. Este último será el gran vencedor del 10 de noviembre. Aumentará los escaños y ya nadie le discutirá el puesto. Se ha dejado barba para hacerse mayor y parecer respetable. Se acabaron los niñatos en política. Sánchez tendrá en él el aliado para terminar con los rufianes pesaditos de saldo. Eso, o el Psoe habrá de mover banquillo sin miedo ya al Peugeot.

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