El Alcaná

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Javier Ruiz

Los diez minutos de Irene

Irene Montero ha posado para Diez Minutos en una entrevista que le ha hecho Rosa Villacastín desde el Ministerio de Igualdad. Ya solo por eso merece la pena su llegada al departamento, pues ha predicado con el ejemplo y ha demostrado que el couché no está reservado únicamente para la beutiful people. Más igualdad que esa, ninguna. Montero ha aparecido con un vestido beige, largo y delicado, y unas sandalias de cuña y esparto monísimas. Sencilla y discreta, a la par que elegante. Irene es la Evita Perón de esta república veraniega en la que Letizia no sabe si abdicar o poner una orden de busca y captura contra su suegro. Montero mola y lo sabe. Por eso no descarten nunca verla al dorso de las monedas cualquier día de estos.

A la derechona se le ha llenado la boca con esto del posado. Que si hicimos la revolución para esto, que si la marquesa de Galapagar, que si la Preysler sin bombones... Creo que exageran, porque Irene podría haber sido mucho más exhibicionista si hubiese querido. Podría haber aparecido dándose baños de leche de burra como Cleopatra, mientras Marco Antonio en el despacho de al lado sella las solicitudes del Ingreso Mínimo Vital. Aquí hay mucha mala leche y este país no deja que triunfe el proletariado. No aguantan que una ministra guapa y de izquierdas salga en el Diez Minutos, como dicen sus seguidores en las redes. Faltaban los guardia civiles escoltando la portada.

Umbral contó en “La década roja” que conoció a Isabel Preysler durante una cena en casa de un pez gordo y la confundió con una chica filipina del servicio. Los inicios siempre fueron humildes, como los de Irene en la caja del Mercadona. Juan Roig no presume mucho de ello y no lo entiendo. De cajera a ministra, podría ser el eslogan de unos grandes almacenes o del propio país incluso. La igualdad de oportunidades en un dos por uno de oferta. Conociendo los entresijos de los supermercados, se me hizo raro ver a Iglesias sin guantes ni mascarilla durante la compra al inicio de la pandemia.

Montero me recuerda a la sombra de esas muchachas en flor que Proust relató en busca del tiempo perdido. Pablo es ahora un Swan decadente al que se le ha deshecho la magdalena en una tarjeta SIM. Irene es la Odette de Crazy que conserva la juventud, lozanía y audacia que un día enamoró a Swan. Los Diez Minutos no son más que la evidencia de quién manda ahora, aunque sea en una cárcel de oro, como en la copla. Las chicas adolescentes se forrarán las carpetas con una foto de Irene y Pablo en Sensación de Vivir, con la dacha de Galapagar al fondo. Tienen nombre de reyes y quieren una república de peluquería donde leer la Diez Minutos.

La ministra dice que Pablo comparte las tareas del hogar. Supongo que en el próximo número veremos algún tutorial familiar, como cuando Franco abrazaba a sus nietos. Han cumplido parte de su programa. Si el socialismo termina cuando se acaba el dinero de los demás, ellos ya han conseguido que se acabe la Diez Minutos en el kiosco. Por algo se empieza, cuando estamos en plena crisis del papel en prensa. Tu exclusiva de hoy envolverá el pescado de mañana, reza un conocido aforismo periodístico. Los diez minutos de Irene, si acaso, los utilizaré para envolver el caviar de una gran ocasión. Gracias, Ministra, por mostrarte al mundo tal y como eres.

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