22 de octubre de 2019
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El Alcaná

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JAVIER RUIZ

Adolfo

Adolfo Muñoz cumple cuarenta años como hostelero y el viernes Ismael Barrios y la radio pública le hicieron un homenaje en su casa, la última de ellas, el hotel boutique que con tanto mimo ha levantado en el corazón de Zocodover. Desde la azotea, la plaza se ve diferente, el Alcázar se toca y se adivina la Fuente del Moro. Las puntas de los chapiteles y del reloj del Arco de la Sangre se rozan con las yemas de los dedos. Adolfo es un toledano de fuera, de Belvís, de donde vino con Julita y un mandil para ponerse a cocinar. Ha dado de comer ya a varias generaciones y lo sigue haciendo con igual cuidado y talento. Ha formado a sus hijos y los ha puesto al frente del negocio, cada uno en su sitio. El viernes fue Verónica quien compartió velada con nosotros. Los hijos de Adolfo llevan la sonrisa de sus padres en los genes.

Adolfo ha sido un adelantado del tiempo, alguien que corrió más que los años y se fue al Japón cuando aquí fregábamos sartenes. Ahora los masterchef construyen castillos en el aire, pero Adolfo ha levantado un emporio con el solo esfuerzo de su brazo. Su secreto está en Julita, ya lo sabemos, pero también en su generosidad y humildad. Cuando lo conocí, me dio un abrazo enorme como si fuéramos amigos de la infancia y luego, tras preguntarle cómo estás, me dio una respuesta que no puedo olvidar. Divinamente, como en Adolfo todos los días. Genio y crack.

Adolfo enhebra discursos en sus platos y tiene muy claro en su cabeza lo que quiere y lo que no. La nariz aguileña le ha servido para olfatear la verdad de la cocina. Sus viajes y aventuras lo asemejan a un Marco Polo entre fogones o un jesuita que evangeliza con los sabores de la tierra. Cada vez que lo veo, me lo dice. Hay que sacar partido a nuestros productos. Yo miro a Adolfo como las vacas al tren. No tengo ni idea de cocina y, por eso mismo, admiro más a quienes de ella han hecho un arte. Soy capaz de comerme un plato y no saber qué lleva. Pero, eso sí, soy muy agradecido. Y en absoluto, delicado. Aunque la ambrosía siempre se distingue.

El viernes por la noche, probamos el Pago del Ama, uno de los vinos que elabora en su cigarral. Espléndido, como siempre. De Adolfo aprendo cada vez que lo veo. Su sesión magistral fue cuando me enseñó a maridar el mazapán con el vino. Creo que esto debiera darse en los colegios y no estar al albur de las casualidades. Pequeños manjares como estos justifican una cocina entera, la tradición culinaria y la vanguardia. Desde entonces, como y hago campaña del mazapán todo el año. Las monjas de San Clemente se han hecho amigas mías. Lo que no saben es que fue Adolfo quien me puso en camino.

Uno siempre se alegra de que los paisanos triunfen y les vaya bien. El caso de Adolfo es paradigmático, aunque creo que su éxito fue tan fulgurante que, quizá por ello, no le han llegado reconocimientos mayores. Pero tiene el principal, que es el cariño de sus amigos y la admiración del cliente. Pone tanto empeño en cada cosa que hace que es imposible no caer rendido ante su obra. Se ha coronado como emperador de Madrid desde el carro de la Cibeles. Ya toca el cielo con la punta de su sonrisa en la azotea del alma. Ha sido inteligente para vivir de lo que tanto le apasiona. Ese es su gran éxito. Felicidades, Maestro. 

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