15 de septiembre de 2019
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El Alcaná

El Alcaná

Javier Ruiz

El fuego

El fuego devoró el viernes por la tarde La Bastida y Montesión. Columnas filisteas de humo trenzaban el cielo oscuro de Toledo y lo convertían en ceniza. A las cinco el frente ya amenazaba la Ronda Suroeste de Toledo y los conductores se llevaban las manos a la cabeza al contemplar el dantesco paisaje. Los vecinos corrieron a ayudar en lo que pudieron mientras los bomberos intentaban controlar el infierno. Cuarenta y tres grados y un viento abrasador hicieron el resto. La Guardia Civil cortó el tráfico y se habilitó el puesto de mando en el Cerro de los Palos. Al día siguiente, pasado el susto, la imagen desde arriba era desgarradora. Otra vez el monte quemado y hectáreas arrasadas. Afortunadamente, los vecinos pudieron volver a casa y salvaron sus pertenencias.

Empédocles consideraba el fuego uno de los cuatro grandes elementos de los que se derivan todos los demás. Los otros tres, el agua, el aire y la tierra. Son contrapuestos, aunque a veces no suficientes. Un fuego sin control no acepta el dominio del agua y encuentra en el aire su principal aliado. A veces, es más útil la asfixia de la llama sin oxígeno que el propio agua. Pero a campo abierto, eso es imposible. Los perros de la tarde miraban asustados todo el movimiento y trasiego. Hasta en esto fueron solidarios los vecinos. Traían agua y evacuaban la perrera tristemente. Los bomberos luchaban como héroes en leyendas mitológicas.

Me cuentan algunos de ellos que hacerse con un fuego de tales características es complicadísimo. La orografía, el viento y el calor se pusieron todos en contra. Afortunadamente, cambió el aire y Montesión se salvó. La evacuación de la zona fue rápida, fulminante, como un látigo en la tarde. No sabemos los servicios de emergencia que tenemos hasta que no suceden episodios como estos. Pasan inadvertidos el resto del año, como si no hicieran nada, pero son los ángeles de la guarda que han salvado a Toledo de un incendio seguro. Las llamas podrían haber volado hacia el Casco y no quiero ni pensar lo que hubiera sucedido. La alcaldesa hizo honor a su nombre y se obró el milagro. Ni un muerto, ni un herido.

Las desgracias se presentan solas, de súbito, sin nadie que las llame. El sábado otro incendio prendió en Santa Bárbara. No duró ni media hora. Salieron los bomberos y acabaron con él en un instante. Pero no siempre la suerte, fuerza o destreza puede acompañarnos. La responsabilidad de cada uno es determinante y en días como estos, donde el sol se clava a plomo en las sienes y el monte es una tea, hay que extremar cuidados. El más ligero despiste puede traer consecuencias horribles. Creo que esta región avanzó y se puso en cabeza contra el fuego después del incendio de Guadalajara. Igual que sucede en la vida, muchas veces no se aprende si no es a base de golpes. Y los once muertos del retén de Cogolludo pesan todavía sobre nuestras cabezas. Este mes se cumplirán catorce años de aquellos fatídicos días y el recuerdo vuelve siempre como pájaro del ayer.

Por todo ello, mi reconocimiento a bomberos, Ejército, Guardia Civil, Policía y demás miembros del 112. Han demostrado inteligencia y profesionalidad sobrada. El fuego marca la historia del hombre en el paso del nomadismo al sedentarismo, cuando descubre cómo pueden cocinarse los alimentos. Y es cuando decide asentarse y fundar un poblado. Junto a la rueda, es uno de los grandes hallazgos de la Historia de la Humanidad. Lo hemos utilizado para rituales mágicos, como el de la Noche de San Juan, donde quemamos y purificamos todo lo malo. Su crepitar es fascinante. Nadie le aguanta la vista, como la cal en julio. Por eso, quienes lo doman y apagan cuando se desboca, merecen el reconocimiento y los laureles que los héroes griegos tenían a la vuelta de sus hazañas.

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