15 de octubre de 2019
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El Alcaná

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JAVIER RUIZ

Pandorga

Debe ser la edad que a uno ya lo hace más sincero y nostálgico. El caso es que este año me han llamado para presentar la proclamación del Pandorgo y la Dulcinea en Ciudad Real, mi pueblo, la capitaleja, el sitio en el que abrí los ojos y eché a andar. Después de pensarlo, no pude negarme a colaborar con mi ciudad, pues siempre que me llamó, intenté acudir lo más solícito posible y estar a la altura. Nadie es profeta en su tierra y, por eso mismo y porque la raíz es aquello que tira de nosotros hacia abajo y te ata y liga de una forma imperecedera, acepté el envite. Al fin y al cabo, me van a vestir de manchego rico y en la vida me veré en otra. Más o menos como Pablo Iglesias en la investidura, pero en positivo.

Es la Pandorga una fiesta inveterada, que se pierde en el túmulo de los siglos. Por más que he leído interpretaciones en torno al término, ninguna concluye por aclararme o convencerme. Lo que todo el mundo tiene claro es que se trata de una ofrenda que se hacía a la Virgen del Prado, una imagen mariana de enorme devoción en la Mancha. En torno a ella, la fiesta fue evolucionando hasta convertirse en lo que es hoy, probablemente una de las celebraciones más populares de España. Mucho ha ayudado en este recorrido la implicación de asociaciones como Mazantini, siempre velando por la esencia, investigación, descubrimiento y conservación del folklore manchego. Precisamente, este año recordaremos a Rafa Romero, una de las personalidades que sin duda más ha marcado la vida del grupo y que con tantos culipardos se cruzó durante tanto tiempo. También otro grande de la ciudad, Emilio Arjona, maestro de periodistas, nos dejó este año y será recordado en la Plaza Mayor, en uno de los momentos más importantes en la vida de la ciudad.

La Pandorga llega el último día del mes de julio, dos semanas antes de la gran celebración en torno a la Patrona. Ciudad Real y la Mancha entera es un tórrido secarral de mies y trigo, donde también madura la uva y cantan las cepas al sol. La luz de la Mancha en verano es terrible, letal, cegadora. Las casas encaladas devuelven el brillo refulgente a las pupilas y casi las marchitan y dejan ciegas. Don Quijote comenzó su andadura un mes de julio, en pleno verano, cuando los días son largos y no hay problema de luz ni frío. Creo que se volvió loco en la mente de Cervantes por el solano y el viento que azota la llanura y mueve por igual trillos y vilanos. Tengo para mí como uno de los pasajes más brillantes del Quijote aquel en que el hidalgo confunde las quesadillas de Sancho puestas en el Yelmo de Mambrino, con sus sesos derritiéndose sobre la frente. Algo de eso tiene la Mancha, que se convierte en un lugar mítico y, sin embargo para nuestra suerte, real. Macondo surgió en la mente de García Márquez en aquel pueblo colombiano donde los gitanos iban cada cierto tiempo a vender el metal. La Mancha está bajo nuestros pies, nosotros la hacemos posible... Eso es algo que todavía no hemos sabido vender a chinos y japoneses. El día que lo hagamos, será la tierra más rica del mundo. Mientras eso llega, con la humildad que da la llanura, levantaremos nuestro vaso de vino y brindaremos por una ciudad que aún debe buscar y escribir su futuro y el porvenir.

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