El Alcaná

El Alcaná


Javier Ruiz

Pero sigo siendo el rey

Moñoman –no es un pájaro, no es un avión- fue recibido en la jaima por el rey alauí. Había colocado a sus mucamas junto a las del monarca para que los dejaran tranquilos a los dos y abordar cuestiones de Estado. Eran muchos los asuntos que aquella mañana se amontonaban sobre la mesa. Habían pasado muchos años desde el último encuentro oficial, entonces entre el anterior Jefe del Estado y Mohamed. La situación había cambiado mucho en España y tanto uno como otro querían reconocerse como interlocutores principales. Al veterano rey moro le seguía llamando la atención cómo aquel conspicuo político de larga cabellera había alcanzado el poder, encaramándose a la presidencia de la República. España dejó de ser un vecino molesto y temible hacía unos veinte años cuando Perejil, para convertirse en un actor irrelevante y secundario, a la cola de los países del mundo. Marruecos observaba entonces de reojo los pasos de Aznar y su alianza atlántica. Lo que no pensó nunca el rey moro es que tras el 11-M, España entrase en una espiral de autodestrucción que acabara subsumiéndola en el hambre y la miseria. Creía que su vecino de arriba, por Historia y convicción, no era tan frágil como aparentaba. Ahora se había convertido en una república soviética y balcanizada, al albur del hambre y la miseria. Su pueblo, pensaba el rey, también; pero al menos Marruecos todavía pintaba algo en el escenario internacional. En el fondo, admiraba a aquel hombre, Pablo Iglesias, y cómo se deshizo de todos, empezando por aquel monarca amigo de su padre, un tal Juan Carlos. Incomprensiblemente, su caso había servido para el resto de monarcas y gobernantes del mundo como ejemplo de lo que la vida puede depararte si es demasiado larga. Todos entendieron entonces que el pueblo tiene poca memoria, olvida pronto, es antojadizo y puede ser manipulado fácilmente.

La cuestión saharaui no se tocaría en el encuentro, pero sí la crisis migratoria. España no estaba en condiciones de exigir nada después de ver cómo salían a mansalva sus ciudadanos en balsas y pateras, huyendo del hambre y la miseria. Qué lejos quedaban ya aquellos tiempos en los que había sido al revés. La República de Estados Ibéricos Confederados había desplomado su Producto Interior Bruto de una manera solo comparable a la de la Venezuela de Chávez. El monarca alauí miraba de hito en hito a Iglesias y admiraba la traza de quien incluso había conseguido que su pueblo hubiera levantado una estatua a Chávez, Maduro y Zapatero en la capital de España. Es cierto que no lo había tenido fácil y sus enemigos se habían batido el cobre frente a él, pero la división de sus filas hizo que Moñoman los redujera a base de cambiar desde dentro del Estado todas las leyes, como en Venezuela, para derivar hacia una democracia popular del corte chino o las dictaduras comunistas. No hizo falta tocar la Constitución hasta el final. Los grandes empresarios españoles lo fueron perdiendo todo a base de expropiaciones, ceder ante la fiera y pasar la mano por su lomo. Lo más difícil fue desembarazarse de Otegi y Rufián, que le habían disputado la presidencia de la república. Su experiencia comunista en la depuración y el piolet le fue suficiente. Aunque al final, había llegado a una especie de entente con ellos. Menos mal que tuvo la suerte de encontrar a Pedro Sánchez para dar boleta al último rey vivo, Felipe, y hacerle de tonto útil creyendo que se quedaría él con la jefatura del Estado. A estos socialistas siempre les pasa lo mismo, pensaba. Creen que son ellos quienes tienen el control y no conocen la mecánica de la revolución por dentro. Sánchez fue un socialista de cabaret que, como Kerensky, salió depurado en cuanto los tres tigres sobre los que cabalgaba se dieron la vuelta. El partido socialista quedó reducido a cenizas.

A la hora de comer, se sentaron a la mesa el rey e Iglesias. Fue entonces cuando el Coletas comentó a los postres que el único rey que quedaba en España era el de José Alfredo Jiménez y que la canción mexicana la cantaban el Presidente Emérito Zapatero y él en las noches de farra. El monarca alauí no daba crédito y se tentaba la ropa. Allí lo tenía, frente a él. El hombre que consiguió la república en España matando de hambre a su pueblo que, incomprensiblemente, seguía adorándolo a base de paguitas. Allí estaba. Como un Gengis Kan a caballo. Su vecino del norte, irreconocible. Igual que un pueblo mongol.

Compartir