El Alcaná

El Alcaná


Javier Ruiz

El blanco nuclear de Toledo

Toledo es estos días después de la nevada una ciudad fantasma, un alma muerta, una pista de hielo, un desierto blanco. Filomena ha arrasado en cincuenta horas las ganas de vivir que dejaba la pandemia y las ha triturado en copos silentes y callados. Hasta que la ciudad despertó el domingo y observó la pesadilla, se tentó la ropa y puso cuidado. Desde entonces, el pulso se retoma a borbotones secos y calientes, dando paso al latido mudo de la piedra que permanece en los siglos. Es el carácter de los toledanos, que vieron pasar visigodos, árabes, reyes, príncipes y generales. Y aquí sigue la vieja pesadumbre amansada sobre las aguas del Tajo, níveos los ojos, entendimiento claro.

Toledo parece esta semana una ciudad cercada en batalla. Las montoneras de nieve que se yerguen a uno y otro lado me recuerdan las sacas de aquellas fotos que vimos de niño. Pasear por sus calles es hacerlo por el filo de la navaja, la costura de un hilo, el suspiro de un niño. Nunca vi Toledo como ahora, un Sarajevo sin metralla, patrullado por militares a cualquier hora del día. La circulación en automóvil es como la del Líbano en Beirut, cruzando todoterrenos y jeeps como si hubiera acabado la guerra. Los edificios no tienen agujeros como los quesos gruyere, pero revientan las azoteas de nieve y caen por su propio peso. Doctor Zhivago pasea por la Vega a llevar un correo del zar para Miguel Strogoff.

La alcaldesa vio el domingo la situación y pidió ayuda. El Ejército vino en dos horas a la Ciudad Imperial y se puso manos a la obra. El Teniente Coronel Carricondo me contó en la radio que no saben cuándo concluirán y que es un orgullo para sus hombres estar en Toledo y ser útiles a la ciudad. Me dice que no pasa día, hora ni minuto sin que algún toledano baje para ofrecerles café, comida, alimento o mantas. Yo he visto a estos hombres trabajar a diez grados bajo cero, pico y pala, sobre la piedra. Como en trabajos forzados, deslomándose por una ciudad que no conocen e igual ya no pisan. Por amor a España, esa misma que dicen que no existe pero cuyo impulso dormido es un león gigante cuando despierta.

Milagros Tolón se ha puesto al frente de la ciudad y parece una María Padilla revuelta contra el hielo. Ha salido todos  los días a la prensa para contar cómo iba la ciudad, qué se podía hacer, a dónde había que acudir. Unos barrios colapsados, sin agua, a veces sin luz, un tercer mundo caído sobre la nieve y el hielo. La desgracia se ha cebado con Toledo y Filomena se marcha como el ruiseñor de San Juan de la Cruz. Su paso será recordado en las crónicas y las generaciones hablarán del nevazo con que empezó el 21. Esto no es cómo se inicia sino como concluye.

Andar por el Casco Histórico es una tortícolis perfecta para no resbalar o evitar las estalactitas. Son cuchillos afilados apuntando a las sienes y el pensamiento. La gente coge las palas y quita su nieve. Durante el sábado, el Divina Pastora se llenó de padres y alumnos que retiraban como podían la cantidad ingente de hielo. Hoy no empezarán los coles porque es imposible hacerlo. Si algo nos ha enseñado el coronavirus es que pueden seguirse las clases on line el tiempo que haga falta, aunque no sea lo mismo. Pero es que la situación no es la misma y aquí hay arreglo para rato.

Recordaré mientras viva los tres días que, con sus tres noches, no dejó de nevar en Toledo. Los copos por las rodillas y los niños en los muñecos. La nieve lo único que tiene es la infancia, la patria verdadera del hombre como tantas veces se ha escrito. El resto, una puta mierda con mucha literatura. Además, a los dos días se pone negra y ya no vale ni para las fotografías. Toledo es tan hermosa que hasta cuando se ensucia de negro hielo parece carámbano desnudo en el tejado. Frozen ha pedido los papeles para empadronarse aquí.

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