15 de noviembre de 2019
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El Alcaná

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Javier Ruiz

Abascal del nueve largo

El presidente de Vox ha dicho en Ciudad Real que los españoles tenemos derecho a defendernos en casa “con un cuchillo, un palo, un cenicero o un arma” y no podemos estar quietos “cuando te atacan y ves que violan a tus hijas sin pasar un infierno judicial”. Este ha sido el ribete con el que Santiago Abascal ha abrochado su propuesta esta semana de llevar armas por la calle, con un ejemplo casero. Él la tiene debido a que durante muchos años fue amenazado de ETA, la banda terrorista a la que apoya Bildu y que en España causó mil muertos. Lo escribo para milenial que no sepan la Historia o se la hayan contado mal, presa de la memoria dirigida. Por lo demás, lo dicho por Abascal no es nada nuevo; salvo lo del cenicero, pues ahora resulta que fuma.

El debate sobre la legalización de las armas es antiguo y en esto Santiago y cierra España coincide con el Marqués de Galapagar. Han tronado los dos este sábado de primavera para subir los machos alfas a las cumbres pedregosas de los titulares. Irene Montero fue la que mejor lo hizo cuando aseguró que en España sólo a Pablo Iglesias temen los poderosos. La musa del feminismo de manual encumbra a su pareja hasta las cimas de la gloria. Ella, que está ahí por Él –la mayúscula es original del cartel de Podemos-. Como dice Javier Marías, no tienen suerte las mujeres. Y menos las de derechas, claro.

Iglesias y Abascal ponen la sal gorda de esta precampaña agónica que dura ya lo que el sermón de la montaña. Los pistolones al aire son ahora el tinte falangista y anarcoide que faltaba. Huele la política a años treinta que tira de espaldas. Las armas es mejor dejarlas en el cinto o no sacarlas nunca. Se arguye la legítima defensa y la sangre se derrama por la acera. La guardia de asalto de Indalecio Prieto acabó con la vida de Calvo Sotelo. Fue a su casa, lo sacó y le dieron el paseíllo. Eso la izquierda no lo cuenta pero también fue República. Dejemos las armas quietas, que nunca sabemos dónde apuntan.

Cada propuesta de Vox es un campanazo que retumba el Psoe. Aquí hay gato encerrado. Lo que en estas elecciones se dilucida es si el guapo sigue o no en la Moncloa. Votar la izquierda bonita es blanquear la sonrisa de lazos amarillos que brilla en Torra. Que a nadie se le olvide en esta campaña de Campanillas, Peter Pan y Robin Hood. Sánchez habla de las derechas trifálicas porque no tiene argumento con que tapar sus vergüenzas de relatores y servidumbres. Saca el espantajo de la ultraderecha para agitar conciencias. Vox se le va a los sesenta escaños a este paso, como el monstruo de Podemos. El Gobierno Frankestein ha puesto en marcha un artefacto mucho más peligroso. Es pan para hoy y hambre para mañana. Sánchez ganará la batalla porque aplicó el viejo proverbio que a Rajoy le resultó, divide y vencerás. Pero mira dónde está Mariano y la hora que abre la notaría. Pedro ganará la batalla, pero no la guerra. Porque está la España que no se resigna, incluso aquella misma que lo vota. Espero que haya aprendido la lección. Pero poner a Pedro de nuevo en la Moncloa es darle a un niño un arma del calibre treinta y ocho. O como escribiera mi admirado Alvite, soltar un alma del nueve largo en el centro del Savoy.

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