06 de diciembre de 2019
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El Alcaná

El Alcaná

Javier Ruiz

El Valle a las ocho

La semana de San Fermín hizo que retrasara hasta después de las ocho mi vuelta al Valle, el paseo mañanero con el que despejo la mente y abro los ojos. Toledo ha sido la responsable de mi ejercicio, pues sólo admirar su estampa desde el otro lado del río como si de un decorado se tratara, ha hecho posible que un sedentario como yo se calce las deportivas y tire campo a través. Es el mío un ejercicio pacífico, sin alharacas, pues uno no está dotado de la fisis que la naturaleza no quiso darme. Así que tampoco hay que forzar la máquina y ser un Rambo del deporte. Pero sin duda ese paseo matutino es lo mejor del día, cuando el sol se abre y acaricia la ciudad igual que una cuna mecida en el meandro.

Suelo salir al Valle a las seis de la mañana, cuando el azul comienza a cambiar y deja el horizonte del color del gas de los mecheros. Es un momento óntico, de los que dan vida para el resto del día. No hay apenas nadie, vas con tus letanías y Toledo se vuelve Delfos, colgado de su oráculo. Conócete a ti mismo. Pero esta semana, insisto, cambié la hora. Y me di cuenta de que el Valle a partir de las ocho es la Gran Vía. Van y vienen gentes de toda clase y condición, unos andando, otros corriendo, aquellos paseando. Para el observador es un espectáculo fascinante. Podría catalogarse las especies de diferentes maneras. A este le ha dado un arrechucho, este no aguanta en la cama, este otro no quiere volver a casa. Es un pasatiempo formidable, que oscila entre el trombo y el infarto, pues seguro que alguno se puso a correr el día que tuvo un apechusque, como dijo la mítica señora de Honrubia. El Valle se abre a los colores de las camisetas volátiles que lucimos unos y otros. Te encuentras a políticos, periodistas, kiosqueros, estanqueros, toda la marabunta que podrías juntar en una fiesta. Así no hay quien haga deporte, claro, parándose cada diez minutos a pegar la chapa.

Termino últimamente en el Katalino. Ya sé que mi dietista considera esto una tomadura de pelo. Digo yo que por comer un churro, mis accidentados michelines no se resentirán más de lo necesario. El Katalino y la Vega son el casino de verano a las nueve de la mañana. Qué movidón en media hora que uno pasa sentado contemplando la Puerta de Bisagra. No sé cuántos cafés prepararán en una mañana, pero me juego a que no hay vidriado suficiente y tienen que poner varias veces el lavavajillas. Allí se comenta todo, desde la propia vuelta al Valle – que algunos prolongan hasta Cobisa- hasta la impostura de este último gobierno que no sabe pactar con nadie. Yo recomendaría a Sánchez y el resto de líderes que se dieran la vuelta al Valle varias veces. Y luego los encerraría en el Castillo de San Servando hasta que lograran un acuerdo.

Toledo es luz de la mañana clara, abierta en canal. Un salmo cantado al cielo desde las algas del río a los pináculos de las torres. Esta ciudad será la responsable de que mi vida se alargue, pues yo hace unos años era candidato infalible al infarto. Aún hoy, no lo descarto, vista la vida perra a que nos arrastran unos y otros. Las chicas lucen mallas y tops ajustados para  esculpir mejor su cuerpo. El otro día vi a una rubia de revista con una bolsa del Katalino. Me hizo respirar y sentir menos culpable. Todavía puedo alcanzar la excelencia apolínea o efébica. Toledo tiene la culpa.

       

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