El Alcaná

El Alcaná


Javier Ruiz

El poblachón manchego

Ayer fue el Día de Castilla-La Mancha y, por vez primera en su corta historia, no hubo celebración alguna. Únicamente un sencillo acto de homenaje, recuerdo y memoria de las víctimas y un reconocimiento a quienes han participado plenamente en el desarrollo de los servicios básicos esenciales. En el fondo, se estaba reconociendo a toda la ciudadanía, en un acto desnudo, sincero y emotivo. Nunca los blancos pilares del Palacio de Fuensalida acompañaron tanto a la verdad de las cosas. Hoy la comunidad es una casa encalada y cerrada por dentro, como aquellas profundas de La Mancha, donde el añil absorbe el fuego de tanto dolor. Las balaustradas eran balcones vacíos a donde solo llegaba la enredadera de fusas y corcheas que salieron magistralmente de un piano y violonchelo. No está para más la comunidad.

Los manchegos miramos la muerte como una invitada más a la casa. Por eso hacemos duelos interminables y nos ahogamos en sollozos que mueren en risas deslavazadas de madrugada. Sacamos la silla de enea al duelo como para tomar el fresco. El problema es que esta vez ni nos dejaron sacar la silla. Y así estamos, mordiendo el pañuelo de impotencia y rabia y maldiciendo el día que el virus llegó a nuestras vidas. Se nos han ido miles de los nuestros como un soplo, una ventisca, un torbellino. Y se han quedado las casas vacías, habitaciones hueras, el hueco enorme, insoportable de la ausencia. Ayer leí en El Español un gran reportaje sobre el efecto del Covid en La Mancha. Habla de un triángulo espantoso, letal, mortífero. El de Tomelloso, Pedro Muñoz y Alcázar. Y cuenta casos como quien perdió a su madre, su mujer y su hermana o quien se quedó sin padres, hermanos y cónyuge. Habrá que estudiar, dice el periodista, por qué pasó esto, si el virus tuvo una carga letal mayor o qué provocó este reguero de muertes. No lo sé, pero habrá que estudiarlo.

Tengo para mí que el vínculo con Madrid es mucho mayor del que suponemos. Miles de personas de La Mancha viajan diariamente a la capital de España para trabajar, desde que sale el sol hasta el ocaso. También en Toledo y Guadalajara, cierto; pero la Mancha disgregada, el anchurón manchego que se despliega en cuatro provincias es inmenso. Con pueblos de dimensiones grandes, llenos de trabajadores que son mulos de carga en la mejor tradición manchega. Y quizá -lo apunto como teoría, hipótesis- un solo hospital de referencia, el Mancha Centro, que obviamente no estaba preparado para la avalancha. Puede que ahí resida alguna de las claves, pero habrá que estudiarlo, naturalmente, por el debido respeto que merecen quienes se fueron y para evitar otra ventisca de dolor, tragedia y muerte.

Madrid y La Mancha son uña y carne desde los tiempos de la Corte. Quevedo ya lo decía y la tradición llegó a Umbral, pasando por Azorín, Baroja o Cela. Lleva razón Page cuando dice que el cierre de colegios en Madrid resultó letal. Es La Mancha campo de expansión y recreo natural de tantos que un día se marcharon pero siempre vuelven. Nos une el cordón umbilical de la madre, la tierra y los años. Por eso Madrid tiene el espíritu de La Mancha y viceversa. No hay lugares más acogedores ni gentes más hospitalarias. Desde la tremenda humildad, desde la sencilla llanura que iguala a todo hombre y no lo hace ninguno mejor que otro, si no es porque haga más que otro. Nadie pregunta a nadie y si aquí tenemos a la vieja del visillo es porque hay algo más de tiempo, el que gana el tractor al arado y el que pierde el coche en el atasco. Pero el espíritu es el mismo. El virus se ceba con las sociedades abiertas y las nuestras, estas dos, lo son humana y geográficamente. La Mancha está de luto, riguroso y negro y el silencio tañe por dentro. Pero mil veces se levantó el Quijote del suelo con la ayuda de Sancho y mil veces volverá a levantarse. 

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