El Comentario

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MANUEL JULIÁ

El beneficio de la duda

Manuel Juliá Manuel Juliá

Terrible el dilema de un país entre su corazón y su bolsillo. Quizá ahondando más entre un dolor lejano y uno cercano, el que viaja por las autopistas invisibles de lo digital, y el que si te acercas en coche llegas y puedes rozarlo con la mano, cuando no aspirarlo con los ojos. O quizá entrando una capa más, entre la ausencia y la presencia de una ética, el duelo entre el egoísmo razonable y la sensibilidad que desde cualquier punto del mundo aspira a lo universal. En todo caso, si el dilema fuese inexistente sería de una atrocidad humana feroz. La pasión ancestral por la justicia, que ha llenado nuestra historia de miel, desaparecería en las vértebras de cualquier tarjeta de crédito que se convierte en manual único de vida. Por eso digo de país con ganas. Porque, de los políticos, en cuanto a debates de fondo, dilemas morales o enfrentamientos entre egoísmo y utopía, nada podemos esperar. La evidencia de que solo ven el escaparate de las cosas es apabullante. Para ellos, solo hay dilema en preguntarse cuál es la fórmula para el máximo rendimiento electoral con el menor compromiso posible. Y ya sé que cuando generalizo soy injusto. Muchos políticos nos abrirían su corazón lleno de alma, sueños, dedicación generosa y anteposición de la justicia y la razón al propio interés, pero esos son los perdedores en todos los partidos, los que no pintan nada y solo son usados cuando un exceso de exposición banal los necesita y utiliza en sus propios fines.

Véase el medio minuto que ha durado el asunto de la venta de armas a Arabia Saudí. La propia ministra ha tardado poco en descalificarse a sí misma. Los que debían hablar nada han tardado en callarse. Los que podrían azuzar el fuego de ese debate moral han mirado a su acta y han dicho, "aleja de mí ese cáliz". Por eso, solo queda que la propia sociedad asuma esa mancha moral que se oculta cerrando los ojos, pero que sigue ahí detrás de los ojos cerrados como un montoncito de polvo que se esconde debajo de la alfombra. Y como no quiero ser ingenuo no planteo el dilema solo entre la muerte de los harapientos de Yemen y los que se van al estertor del paro en Cádiz. No sería justo para los obreros, ya que es miserable decir que sus puestos de trabajo son porque la gente muere lejos. Pero, lo que sí digo, es que la ausencia de dilema, la asunción ágil de ese intercambio, armas por empleo, da alas a los que viven de la violencia en cualquier parte del mundo. Quiero el debate porque aun perdiéndolo, y aceptándolo, su existencia ayuda a los que luchan contra el predominio de la guerra y la venta de armas de los ricos a los pobres. Como tantos otros, es un debate universal, el de acercar el mundo a la no violencia poco a poco. Los que luchan de verdad por ello se merecen que al menos les ayudemos con el beneficio de la duda.

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