El Comentario

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Jesús Romero

Por una sociedad no domesticada

Jesús Romero Jesús Romero

Algunos estamos perplejos del circo, y en ocasiones el abuso de poder que estamos presenciando, por lo menos en las dictaduras sabemos a lo que nos enfrentamos pero cuando ciertos gestos dictatoriales se dan en sociedades que se creen abiertamente democráticas, puede resultar más peligroso. La aplicación de cada vez más restricciones en nuestras libertades de forma solapada y aprovechando una situación de crisis como la presente, puede que el ciudadano acabe por aceptarlas, porque como vivimos en una Democracia... parece que todo estuviera enfocado hacia el bien común.

Mi perplejidad adquiere sus máximas cotas cuando el mismo responsable público, nuestro vicepresidente, que por la mañana se dirige a nuestros pequeños con la bondad y el cariño de la mejor versión del abuelito de Heidi, por la tarde se permite arremeter contra las decisiones del Poder Judicial de una manera poco saludable en una Democracia, y más aún cuando las críticas vienen desde el mismo vicepresidente del gobierno. Mal ejemplo éste para esos niños a los que se ha dirigido unas horas antes, con el “regalito de poder disfrutar de un paseo”. No pequeños, no aprended gestos como el presente, En un estado democrático debe ser respetada la división de poderes desde la Revolución Francesa. Otra cosa bien distinta es que algunos desearían acapararlos todos en su persona.

El gobierno encabezado por su Presidente ha respaldado la postura del Vicepresidente Pablo Iglesias, alegando que se encuentra en su derecho de ejercer la Libertad de Expresión; genial, ¿y nuestra Libertad de Expresión?. Me explico, hace sólo unas jornadas el Secretario General del PSOE, el Sr. Ministro Ábalos que hace bien poco protagonizó un espectáculo épico de cómo se puede no sólo mentir una y otra vez dando diferentes versiones en diferentes espacios y especialmente en nuestro Parlamento, donde reside la verdadera soberanía nacional, y además burlarse de aquellos que solicitaban la última y verdadera (a ser posible) explicación sobre el caso Delsy. Con todos mis respetos Sr. Ministro, todo menos el diálogo y Dialéctica que debe imperar en cualquier régimen democrático; así al menos nos lo enseñaron nuestros maestros griegos.

Continuando con el Ministro el Sr. Ábalos, hace pocas jornadas instó a sus afiliados y simpatizantes a que informasen al Partido a través de capturas o pantallazos de todas aquellas manifestaciones que fuesen contra el Gobierno y su gestión de la Pandemia, que por su dureza pudieran constituir un delito. Si sumamos a la organización estatal CIS preguntando de una manera torticera, todo ello me hace pensar en el riesgo a estar abocados a un totalitarismo encubierto, sin la aplicación, eso sí de la violencia que caracteriza a otros sistemas totalitarios que no me apetece mencionar. ¿No les recuerda a ustedes a otros tiempos que dejamos afortunadamente bien atrás de nuestro pasado, o al más puro estilo de la Gestapo antes del derribo del muro de Berlín y excelentemente materializado en el film “La vida de los otros”, protagonizada por Ulrich Múhe y Sebastian Koch, que transcurre en el Berlín este durante los últimos años de la RDA.

¿Quién garantiza nuestro derecho a la libertad de expresión sin miedo a las represalias?. Al no tratarse de una Dictadura militar, confundidos bajo el paraguas de nuestro Estado Democrático, podríamos no darnos cuenta de que nos pretenden capar.

En Occidente se están imponiendo diferentes formas de totalitarismo, como el que tienen perfectamente diseñados los poderes fácticos y empresas encargadas en dirigir nuestros gustos y afecciones, o una vigilancia policial que poco a poco viola nuestra capacidad de expresión y de alguna manera nuestra intimidad al ejercer una labor de control estrecho al diferente, al que opina distinto, al disidente. Poco menos les gustaría imponernos lo que debemos, y lo que no debemos pensar. En estas circunstancias he recordado al escritor y economista- José Luis Sampedro; el intelectual humanista hizo suficiente hincapié en para ejercer la libertad de Expresión, antes era imprescindible disfrutar de la libertad de Pensamiento, la libertad de pensar. El resultado de esta premisa nos alejaría de convertirnos en un pueblo domesticado. Este papel debe ser el modus operandi de las Universidades, pero antes debe ser incentivado en el marco familiar y escuela.

La Libertad de Expresión en Occidente no es del todo real, los principales medios están dominados por fondos de inversión con intereses particulares o subvencionados por el Estado. “No es oro todo lo que reluce”, ni mucho menos, pero aun así el control no es tan férreo como en los modelos totalitarios. La geopolítica de un mundo globalizado es compleja y atiende a demasiados elementos e intereses.

Me llama la atención desde algún tiempo, como se viene implantando en Europa, casi de una forma institucionalizada en por la UE en Bruselas, las llamadas “políticas contra el odio”, y lo “políticamente correcto”; así si opinamos sobre cuestiones como la migración masiva e ilegal acto seguido se nos tacha de insolidarios, o sobre determinados gestos o manifestaciones de los mal llamados colectivos (los podría estigmatizar más en lugar de normalizar) LGTB, o feministas, inmediatamente resultamos unos homófobos, machistas y opresores heteropatriarcales. Considero que estas políticas promueven homogeneizar la sociedad, que el ejercicio de pensar y seguidamente opinar no sea un acto normalizado y espontáneo anulando así el espíritu crítico que debe desarrollar cualquier ser humano. De esta (mala) suerte, el individuo pierde parte de sus derechos individuales y empieza a formar parte de una masa, en lugar de mantener su identidad, y como tal se defiende cuando entienden que son agredidos por discursos diferentes. Este individuo, carente de un proyecto personal y en ocasiones de una mínima espiritualidad (no necesariamente religión), sería el hombre- masa y el triunfo de la vulgaridad, en sentido orteguiano. El colectivo al cual pertenece acapararía todas las posibles estigmatizaciones. Sería una forma más de amputar la libertad individual desde el cartel del discurso del odio.

A este paso será difícil que Europa recupere lo que fue en otro tiempo, las Universidades van dejando de ser centros de debate de las ideas, y en su defecto pasan a ser lugares de promoción de un modo de pensamiento, bajo la autoridad que concede, y a la vez de marginación del que opina diferente, bajo la autoridad que concede la institución universitaria. Realidad que se viene denunciando por parte de los alumnos que sufren este rechazo. De esta forma no se facilita que los estudiantes pasen por la Universidad para aprender a pensar, sino para radicalizar en un sentido su discurso. Esta situación junto a nuestro letargo más a un nivel personal y familiar -que ya critiqué en otro momento- puede acabar por destruir nuestras sociedades. No me gustaría que el futuro de éstas culminase en un pueblo domesticado.

Si profundizamos aún más no todo es negativo en los sistemas totalitarios, según se analice, también parten con ventaja respecto a aquellas sociedades democráticas (o que aspiran a serlo); éstas últimas cada 4 años se enfrentan al verdadero debate, que es el de la urnas, dónde parece que vale todo. Mentiras y descalificaciones en todos los espectros políticos, y de distinto recorrido, algunas de ellas pueden ser manejadas con la suficiente habilidad y destreza que pueden llevar a un político a la Moncloa, como ha sido nuestro caso. Un discurso basado en determinadas afirmaciones de forma contundente, como se dice ahora, han tenido suficiente atractivo para que una vez con el poder al alcance de la mano, acto seguido se hayan incumplido. Para más -aunque legalmente es Presidente, al menos para mí no lo es tanto desde el punto de vista ético y moral (legitimidad)-, ha establecido determinadas alianzas contra natura, contra el Estado actual, y son éstas las que le han dado el respaldo a toda una gestión política. O bien, decisiones y nombramientos condicionados por excesiva rendición de cuentas, o las dichosas cuotas, y me explico: ¿es con todo mi respeto hacia el filósofo y Sr. Ministro Illa la persona más indicada para dirigir nada menos que a una pandemia?, o por el contrario, ¿nuestro país vecino y hermano Portugal acertó con la elección de una experta en gestión de Salud Internacional?. ¿Qué podemos esperar?.

Pero deben disculparme, pues me he desviado de la idea que estaba introduciendo: decía que los sistemas totalitarios parten con ventaja a la hora de construir y poner en práctica sus propósitos y planes de Estado. Mientras los estados democráticos, y unos más que otros en relación a la responsabilidad de los actores, deshacen y tiran por tierra lo que el partido anterior en el poder ha iniciado y así, la historia se repite, en cambio para los regímenes totalitarios el camino y la trayectoria hacia la ejecución de sus medidas puede ser lenta, pero sin pausa. Para los primeros es más complicado avanzar, y de ahí los ocho Planes Educativos que hemos vivido en nuestra corta Democracia, con unos resultados no muy satisfactorios.

La Democracia puede ser el mejor sistema político, dentro de sus fallos y limitaciones, pero a la vez es débil, y los gobernantes responsables tienen la obligación de velar por ella prevaleciendo el interés común a los intereses de partido. Hoy más que nunca es necesario recordar que la Democracia como sistema nos protege y resuelve muchos de los problemas al ciudadano, pero también nos exige mucho, y más aún se espera por lógica de los responsables públicos.

Particularmente no dejan de extrañarme las demasiado buenas relaciones entre los mandatarios de la OMS y el régimen comunista chino, que en su afán de infravalorar los riesgos y efectos del virus de Wuhan quizá se diera la voz de alarma demasiado tarde quizá para no dañar la imagen e intereses del gigante asiático. Los científicos alemanes recelaron e hicieron que su canciller se anticipase con determinadas medidas mucho antes, y con menor número de casos. De ahí sus óptimos resultados, a lo que es posible que se sumen ciertas circunstancias genéticas e inmunológicas, según se ha señalado en algunos foros científicos.

Continuando con los sistemas totalitarios atacan la espiritualidad de plano, los principios, la sabiduría acumulada de miles de años, el respeto al individuo; y el marxismo es materialista, aunque el capitalismo también lo es, dos caras de una misma moneda. Se admite que el materialismo del mundo capitalista es más libertario, y más aún, según ha señalado el filósofo Byung-Chul Han, cuando el capitalismo sea más destructivo. El marxismo en su lugar exhibe un materialismo más colectivista. Ambos acaban por deshumanizar la sociedad por caminos diferentes; es necesario, especialmente en estos tiempos convulsos, que recuperemos al ser trascendente, que miremos más en nuestro interior.

Boris Cyrulnik de 82 años, Decano de la Universidad francesa de Toulon y asesor de Emmanuel Macron en política educativa y en estos días, ha profundizado en la creatividad humana para superar la crisis. Superviviente del Holocausto nazi, logró escapar a la edad de 6 años, por lo tanto un experto en resiliencia (capacidad de superar la adversidad) insiste en “la importancia de confiar en sí mismo y en tener un mundo interior rico. Estar acostumbrado a meditar, a leer, a escribir, disfrutar con la música. La espiritualidad también ayuda. Incluso cocinar”.

Se admite que el materialismo rellena el vacío que deja el nihilismo, y su falta de espiritualidad. En China todas las religiones son perseguidas para evitar que el individuo se entretenga en estos menesteres, y tal vez produzca menos. Antes Carl Marx había sido muy explícito, “la religión es el opio del pueblo”. Una sociedad robotizada, que actúa y produce sin potenciar su individualidad, su proyecto personal fuera de la comodidad de un sistema sobreprotector, es menos conflictiva; y mano dura para aquellos disidentes que piensen y se expresen en disonancia.

Si olvidamos la historia estamos condenados a repetirla, pongamos todo nuestro ahínco y empeño en no convertirnos en una sociedad domesticada.

Jesús Romero. Médico traumatólogo

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