El Comentario

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RICARDO SÁNCHEZ CANDELAS

De Ildes y de Blases: la intrahistoria toledana del trasvase

Publicamos a continuación un largo, ilustrativo y reflexivo artículo de Ricardo Sánchez Candelas sobre el trasvase Tajo-Segura y sus circunstancias. Pese a su extensión, se trata de una colaboración que publicamos íntegramente por su interés y actualidad.
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Ricardo Sánchez Candelas

Ildefonso –Ilde– y Blas eran dos personajes de la calle, dos toledanos de a pie, en los que se identificaba el debate sobre el trasvase que en el seno de la propia sociedad toledana, y muy desde el principio, tuvo una inevitable componente política que le contaminaba de sectarismo partidario y le privaba de racionalidad.

De entre los cinco capítulos que en mis inéditas Memorias, (“Del tiempo pasado, Memorias de un disidente”),  dediqué a este controvertido y siempre polémico asunto del trasvase Tajo-Segura, uno de ellos le ocupa casi en su totalidad el diálogo entre Ilde y Blas en un encuentro entre ambos, justamente el día anterior a la manifestación del día siete de octubre de 1977,  la más concurrida hasta entonces de las muy pocas convocadas en Toledo en protesta contra la infausta obra.

El diálogo entre estos dos buenos paisanos es en realidad una significativa muestra de  la intrahistoria de la oposición toledana al expolio del Tajo. Le transcribo tal y como le dejé escrito en mis referidas Memorias.

“ILDE: -Oye, Blas, ¿vas a ir mañana a la manifestación?

BLAS: -¿Yo? Amosanda,  no me jodas, macho. ¿Yo qué pinto allí? Eso es cosa de los rojos, que no os enteráis, Ilde.

ILDE: -Joder, siempre con lo mismo. Es cosa de Toledo…es cosa del río…de defender lo nuestro, que nos quitan el agua, Blas, que nos la quitan, que se la llevan los murcianos. ¿Qué tiene eso que ver con rojos ni con fachas, coño,  que siempre andáis con las mismas?

BLAS: -¡Pero, qué bolo eres, Ilde! Parece mentira que seas tan bolo. ¿Quién ha hecho el trasvase? Franco, ¿no? Pues eso es lo que les importa a éstos, dar caña a Franco ¡Mucho que les importa a ellos que el agua se la lleven o se la dejen de llevar!

ILDE: -Pero, bueno, eso será cosa de los políticos, digo yo, ¿no? Tú y yo somos gente de la calle. Tu padre estuvo en el Alcázar porque allí le pilló cuando cerraron las puertas y salió hecho un héroe ¡Anda que no me lo tienes contado veces! Pero tú nunca te has metido en política. ¿Y yo? Pues, joder, tres cuartos de lo mismo… currante desde que entré en La Fábrica, de aprendiz, igual que mi padre. Ya me contarás, ¿qué tenemos nosotros que ver con politiquerías?

BLAS: -No, Ilde, nosotros no, pero esta gentuza lo envenena todo. Si va mucha gente a la manifestación, ¿qué te crees, que va a ser por defender el Tajo? ¡Venga ya, hombre, venga ya! Va a ser para decir que los que no vamos somos unos fascistas. ¡Si no nos conociéramos!

ILDE: -Vale, Blas, vale, pero la cuestión es que nos quedamos sin agua, y si no nos movemos nosotros, pues…lo de siempre…luego a quejarnos.

BLAS: -Si es que además ya no sirve de nada, macho, ya llegamos tarde, el trasvase nos le tragamos…eso es un hecho…esto ya no tiene vuelta atrás. ¡Vaya si nos le tragamos! ¿Qué pintamos en la manifestación? ¿Hacer el ridículo? ¡Venga ya, Ilde, que uno ya es mayorcito para esas cosas! ¿No los vienes oyendo desde hace unos días la murga que están dando, en la radio, en los periódicos, en todos sitios? Joder, ¿es que no los vienes oyendo?: que si el trasvase es cosa de la dictadura, que si es Franco el que nos roba el agua…y en este plan. ¿qué crees, que voy yo a ir de comparsa con esta cuadrilla de mentirosos resentidos? Pachasco.¡Anda y que les den mucha morcilla! Y bien que lo siento, no te creas, ¿eh?, que quiero a Toledo más que todos ellos juntos, y que me duele que nos quiten el agua, mil veces más que a ellos, pero yo con éstos no voy ni harto de vino.

ILDE: -No, si bien mirado no te falta razón, y… la verdad es que ya me pones en dudas. ¡Mira tú que tiene la cosa narices, que la mierda de la política se meta de por medio, que nos haga echarnos atrás cuando mañana teníamos que estar allí todos los toledanos defendiendo lo nuestro!”.

Fin del entrecomillado y de la primera parte del diálogo. Pero lo escrito en mis Memorias continuaba. Y algunos de sus pasajes los rescato ahora.

“En efecto, tenían que haber estado allí todos los toledanos, pero, con ser una de las manifestaciones más importantes que se recordaban en la ciudad, allí no nos juntamos ni siquiera tres mil personas, por más que quisiéramos estirar nuestro optimismo y esperar, infructuosamente, que los telediarios de las cadenas nacionales, y en los horarios de más audiencia, dieran una noticia más halagüeña para nuestra utópica causa. Lo cierto es que, muy por el contrario, y para decepción nuestra, una más en aquel extraño e impuesto silencio mediático, en la mayoría de ellos, ni siquiera fue objeto de mención.

Fue el dia 7 de octubre de 1977. Desde luego, allí no estaban ni Blas ni Ilde. Al final, se habían puesto de acuerdo. Yo podía haber escuchado su conversación, pegado bien el oído, llevado de mi curiosidad, en el mostrador de alguna tasca del Pozo Amargo o de la plazuela de La Bellota, o tal vez en la barra del Bar Toledo, en pleno Zocodover. Ildefonso, Ilde para los amigos, podía vivir en cualquier rincón de la Calle de las Bulas, y Blas, Blas para todos, amigos o no tanto, acaso en la Calle de la Campana, junto a Valdecaleros. ¡Qué más daba! Eran dos toledanos que representaban lo más genuino del sentimiento general de la ciudad por aquellos días en que se discutía lo del trasvase.

Ellos ya no bajaban a bañarse a Safont o al arenal de La Incurnia desde bastante tiempo antes de aquella fecha de 1972 en la que el señor Alcalde de Toledo, a la sazón don Ángel Vivar Gómez, cumpliendo una disposición gubernativa de la Dirección General de Sanidad y del propio Gobierno Civil, decretó de forma oficial que por la evidente insalubridad de las aguas quedaban prohibidos los baños en el Tajo. La noticia la daba el periodista toledano Antonio de Ancos en la edición del “Ya” de 25 de junio de ese año.

Quizá fuera a partir de aquella fecha cuando el pueblo de Toledo, aunque de manera difusa e inconsciente,  tomó plena conciencia de que ya habría de vivir para siempre de espaldas al río. Con expresión tal vez excesivamente dramática escribí algún tiempo después que el río, a partir de aquel día, era como el cadáver de un padre al que se ha querido mucho pero al que se desea enterrar cuanto antes”.

Y en mis Memorias, el diálogo entre los dos toledanos continuaba:

“-Mira, ¿me ves?, ese soy yo–  señalaba Blas a Ilde con su dedo pulgar la figura que, en aquella postal en colorines de bañistas veraniegos en la playa de Safont, Puente Alcántara al fondo, icono sagrado de la identidad más reivindicativa del río, fue enviada por el Equipo Defensa del Tajo al Rey de España: “Señor, así era el Tajo, así le queremos”. Para solaz de republicanos, anotemos que el envío de dicha postal no tuvo respuesta alguna.

- Sí, hombre, sí, ¿no me ves al lado del seiscientos, debajo de unas sombrillas? Pues ese soy yo.

-No jodas, Blas, ¿ese eras tú? ¡Vaya tipo, macho! Pues, mira, bien cerquita debía andar yo también. ¿No ves ahí ese cacharro en forma de bici, tirada en la arena? Era la mía. Fíjate si me acordaré… una de aquellas tardes, allí conocí a Sagra, la tiré los tejos y a los dos años nos casamos.

-O sea que… flechazo junto al río. Más o menos, ¿no?... A ver si un día me lo cuentas…Oye, y por cierto, Ilde, ¿sabes tú quién sería el tío que hizo la foto de la postal? Habría que levantarle un monumento. De verdad que sí.

-Pues, mira, me pasa lo que a ti, que no lo sé. Y bien que me gustaría. Yo le propondría para Alcalde de Toledo. Con esa foto ha hecho más por el río que toda esta cuadrilla de cantamañanas que nos quieren llevar de la manita a su manifestación. Y…por desgracia, es como tú dices, su manifestación. La suya. ¡Mira que me jode decírtelo, pero cuánta razón llevas, Blas!

Ilde, Blas, Sagrario,  todos, sabíamos que el trasvase ya era un asunto consumado, que su triste realidad era para Toledo un hecho irreversible. Todos lo sabíamos. ¿Cómo imaginar que se habrían de tirar alegremente por la borda los miles de millones de pesetas que ya se habían invertido en la faraónica obra? ¿Cómo pensar que las eufóricas expectativas que ya se habían alimentado, como cosa real y cierta, en el levante y sureste españoles, –“y por nuevo camino el agua se iba”, ya había lamentado Garcilaso por boca del enamorado pastor Salicio– con la llegada de unas aguas  que se tendrían como milagrosas, podrían ya quedar defraudadas, sin que aquello se convirtiera en un serio conflicto político y social, un grave enfrentamiento entre regiones españolas?

Todos, en efecto, lo sabíamos. Pero allí habían surgido ya tres grupos, bien identificados, desde luego de muy dispar cuantía, que casi totalizaban el conjunto de la sociedad toledana al respecto. Uno, la inmensa mayoría, todos los ildes y blases de Toledo, que aceptaban una situación, entre escépticos y resignados, frente a la que ya no cabía plantear batalla alguna. Otros, una inmensa minoría, que agarrados a principios morales, a razones políticas, a motivaciones de todo tipo, aún creíamos que merecía la pena presentar esa batalla, y hasta convencidos en algún momento de que todavía era posible ganarla. Y un tercer grupo, el de menos escrúpulos políticos, el de menos principios morales, que, desde el comienzo de este debate, vio en la “lucha contra el trasvase” una magnífica oportunidad de medro electoral y político. Muy sintéticamente, esta clasificación podría recibir la designación de “los resignados”, “los combativos” y “los aprovechados”.

Y no ya clasificado como un grupo concreto, sino como representantes de  una postura pastelera y posibilista, muy pronto adquirió significativa presencia el conjunto de los “compensacionistas”, distinguidos por su “oposición” al trasvase, aunque…pero…no obstante…si hubiera compensaciones… En algunos casos, versión oportunista de “los aprovechados”.

La realidad era que además de las fétidas aguas del río, algo empezaba a oler ya mal, muy mal,  en aquella historia de la defensa del Tajo. Con procedencia política bien determinada, muy pronto empezaron a cundir por Toledo algunos dicterios, que no eran otra cosa que clamorosas mentiras, hechas explícitas muchas veces y otras tantas dadas por sobre entendidas.

La primera de ellas que del trasvase, como obra típica de la dictadura, nos podríamos ver redimidos con el advenimiento a España de un sistema democrático. Las grandilocuentes palabras de “megalomanía”, “obra franquista”, “gestión antidemocrática de los recursos” y otras por el estilo fueron de inmediato incorporadas a la pomposa jerga habitual de la “lucha” anti-trasvase.

Con este sesgo de la reivindicación, exclusivamente partidario, la recuperación de la integridad del río dejaba de ser un objetivo unitario del pueblo de Toledo. De todo el pueblo de Toledo, fuera cual fuera su ideología o tendencia política.  De una manera más o menos implícita, clasificada  casi por decreto la derecha toledana como heredera directa del franquismo, era también tenida por responsable, cómplice de la obra y, en consecuencia, excluida de un compromiso colectivo en defensa del río.

El paso del tiempo que todo lo aclara, bien pronto nos enfrentó a la triste realidad. Por encima de la contextura ética que algunos atribuíamos entonces a la democracia para dirimir con equidad sobre situaciones injustas,  prevaleció la estricta aritmética de los votos que cosechan los partidos en cada provincia o región. El censo votante de  las provincias y regiones que reciben el agua es abrumadoramente superior al de las que son expoliadas de este recurso. Así de elemental.

A pesar de todo, existe una versión actualizada de la mentira que consiste en afirmar que el trasvase, idea exclusiva del franquismo,  no habría sido posible en democracia. La realidad, sin embargo, es que buena parte de la obra, tal vez la más complicada técnicamente –recordemos la titánica lucha para traspasar el acueducto en el Túnel del Talave– fue ejecutada ya en plena democracia en la etapa como Ministros del ramo de los ucedistas don Luis Ortiz González y don Joaquín Garrigues Walker. Y por otra parte, cuestión que interesadamente se silencia o se pretende olvidar, que muy lejos de ser una idea del franquismo, el trasvase Tajo-Segura tiene su origen, políticamente bien distinto por cierto, en el Plan Nacional de Obras Hidráulicas de 1933, que bajo el auspicio político del socialista Indalecio Prieto, Ministro entonces del Departamento, adquirió formulación técnica en tres documentadísimos volúmenes, obra del Ingeniero de Caminos don Manuel Lorenzo Pardo, Director General del Ministerio. El Plan, no obstante, nunca fue finalmente aprobado ya que la crisis política de septiembre de aquel mismo año determinó la disolución de la Cámaras Legislativas, cuando ya había sido presentado para su debate en la Comisión de Obras Públicas en fecha 31 de mayo del propio año 1933. Con todo, el 1 de julio de 1934 se publicaron en la Gaceta unas bases que suponían la aceptación oficial de las directrices del Plan.

De manera que antes de pronunciarse en defensa de esta versión actualizada de la mentira, convendría a quien, con frívola ignorancia la mantiene, un elemental repaso a la historia. A tal respecto, recomiendo mi extenso trabajo “Historia del trasvase Tajo-Segura” publicado en el libro “El río Tajo, lecciones del pasado para un futuro mejor”, en el año 2013, editado por Editorial Ledoria y como publicación conjunta de la Plataforma  en Defensa de los ríos Tajo y Alberche y la Universidad regional.

Así pues, la primera mentira,  –la llegada de la democracia como bálsamo anti trasvase–, como demagógica falacia, había quedado bien pronto patente. Ni que decir tiene que buena parte del grupo de “los aprovechados” oportunistas tenía especial protagonismo en la defensa de tan insostenible  embuste. Así es que no les faltaban razones a Blas y a Ilde para no asistir a la manifestación y quedarse tranquilamente en su casa o darse un garbeo por los soportales de Zocodover, como puros espectadores, a ver qué pasaba. Sobre todo a la vista de la insólita meteorología de aquella tarde en la que, en plena marcha de la manifestación, descargó sobre Toledo tal tromba de agua que a punto estuvo de destrozar uno de nuestros más queridos eslóganes.

Calados hasta los huesos los entusiastas manifestantes, nos resultaba poco menos que bochornoso, sin vernos irremediablemente presos de un sentimiento de mala conciencia, proclamar aquello de “No sobra agua, falta desarrollo”. Por la cosa del desarrollo, nada que objetar a la consigna, pero ¿sería por falta de agua en aquella torrencial tarde toledana en la que más que pancartas, más que letreros reivindicativos, lo que abundaba entre nosotros eran chubasqueros y paraguas? La escena, de puro surrealista, habría merecido alguna secuencia fílmica del propio Berlanga.

La manifestación, no obstante, con la amenaza todavía sin descargar de negros nubarrones, emprendió su marcha subiendo por la Avenida de la Reconquista, ocupando un buen trecho de una de las calzadas de sus dos direcciones, la más próxima a “Los Bloques”. Ya encabezada descaradamente, con notorio protagonismo,  por significados militantes de partidos de izquierdas, resultó sumamente revelador el cambio de uno de los eslóganes. El “no nos mires, únete”,  propuesto para animar a los espectadores pasivos a sumarse a la marcha, fue sustituido en un cierto momento por el de “no nos mires, U-GE-TE” –el partidismo en versión sindicalista ya asomaba la patita– gritado con especial fuerza, casi en ademán de increpación, al alcanzarse el Bloque que, en su mayor parte, era de viviendas de jefes y oficiales militares, a los que, por supuesto, se les atribuía sin excepción su condición de fachas y golpistas.

Decididamente, Ilde y Blas habían acertado plenamente al guarecerse bajo los soportales de Zocodover en espera de algo tan improbable como que llegara la manifestación hasta la histórica plaza.

-Pues como les dé por subir hasta aquí, te digo yo a ti que estos se van a poner como sopas–  decía Ilde a su colega mientras se asomaba en el soportal de la Confitería Telesforo  por ver si escampaba.

-Pero, coño, Ilde, ¿a quién se le ocurre ponerse en marcha sin haber mirado antes a “la cocinilla”? ¡Si es que estos bolos parecen de Madrid!–  le contestaba Blas en alusión a ese horizonte de los cerros del poniente toledano en los que sus nubes, en las pocas veces que aparecen, presagian lluvias seguras–.  Se anula la manifestación, hombre, se anula, y ya está. Sí, hombre, sí, la hemos anulado, alajas,  con un par, ¿qué pasa?...¡pero no este ridículo, leche, no este ridículo!

-No, ya verás, menudo cachondeo se van a traer mañana los murcianos. No es que nos vayan a pedir el Tajo, es que como nos descuidemos nos piden hasta la Catedral. Con otro par de tardecitas de agua, lo que pidan…Ya verás.

-Pues mira tú, no me extrañaría, que ya puestos a pedir… Pero, ¿sabes lo que te digo, Ilde?, que en el fondo me alegro…me alegro por estos rojos mentirosos de mierda… ¿queríais meteros con Franco a cuenta del trasvase?...pues, toma, toma agua a manta, joderos, a ver si es que os importa Toledo y el río, o lo que os importa es volver a darnos la murga con lo de la guerra y los cuarenta años. ¡Venga ya, coño! ¿No queríais agua? Pues toma agua.

-No empecemos a enredar otra vez con eso, Blas, que…cuando te pones…cuando te vienes arriba…siempre vas a lo mismo, ¡leche!, que tampoco es eso…y sabes que por ahí no paso.

Lo vieran como lo vieran Ilde y Blas, y sin que la cosa entre ellos pasara a mayores, lo cierto era que luego vendrían otras mentiras no menos gruesas y palmarias. La segunda, prima hermana de la anterior, casi otra versión de la misma, consistía en hacer creer que la injusticia del trasvase se vería remediada con el sistema de reparto territorial del poder que significaba el Estado de las Autonomías. El trasvase, se decía, era fruto del abominable concepto centralista del franquismo.

No era nada difícil suponer que conocidos ciertos “méritos” históricos y derivas hacia el federalismo y asimetrías similares, con gobiernos autonómicos, y además de un determinado color, cesaría el sangrante expolio de las aguas del Tajo. Eso de esquilmar al Tajo se iba a terminar, que para eso ya teníamos autonomía. ¡Qué maravilla!

Si el primer embuste quedó pronto bien patente, el segundo resultó aún mucho más lacerante, porque si “vivito y coleando” sigue el trasvase tras cuarenta años de democracia, no menos lo continúa al cabo de más de treinta y cinco años de gobierno regional autonómico, la mayoría de ellos de un determinado signo político. Eso sí,  ante las “indignadas” iras del susodicho gobierno regional que incluso, ¡oh atrevimiento!,  –recurso va, recurso viene–  hasta llegaban al “enfrentamiento” con el Gobierno central. ¡Y del mismo signo!, se insistía entonces, para conferir a la pataleta tintes casi heroicos, que ya era echarle valor a la cosa.  El asunto, de puro grotesco,  era casi cómico.

Y para marcar más aún las diferencias, eliminar con ello cualquier posibilidad de un planteamiento reivindicativo unitario de todo el pueblo de Toledo y, en consecuencia, ideologizarle con un determinado sesgo, se imponía, ya claramente en el folclórico terreno de la milonga,  una tercera mentira. Consistía en proclamar que el trasvase suponía el ejemplo más acabado y representativo de la expansión del malvado capitalismo, asentados sus depredadores intereses, según este peculiar análisis,  en el levante y sureste español. Se trataba en realidad de la necesaria dosis de marxismo-leninismo residual destinado a una determinada clientela que, en modo alguno, podía ser considerada como mayoritaria en la opinión pública toledana, y que muy lejos de aglutinar una voluntad colectiva de lucha en defensa de la integridad del río, lo único que conseguía era que, una vez más, como sucedía desde el principio, ese impulso de oposición al trasvase no pasara de ser  una posición minoritaria.

Parte muy sustancial de este conjunto de falacias se vino a pique en aquella terrible fecha, la más infausta de nuestra más reciente historia, en la que  una cuadrilla de homicidas,  cargada de odio y de instinto asesino, propició de una u otra forma que se produjera un inesperado cambio de gobierno en España. ¿Propició? Sobre la oportunidad del verbo hay opiniones para todos los gustos. Pero lo cierto es que inesperadamente surgió un nuevo gobierno minoritario y débil, que para componer una mayoría parlamentaria que le aupase al poder  creyó conveniente establecer una alianza con la izquierda radical y con el separatismo catalán, fuerzas políticas que impusieron como una de sus primeras condiciones para prestar su apoyo la inmediata derogación por decreto del Plan Hidrológico Nacional, impulsado por el Partido Popular en su etapa de gobierno, y la principal y más vertebradora de sus obras, el trasvase del Ebro y que, por cierto, ya contaba con financiación de fondos europeos. La exigencia fue inmediatamente satisfecha.

De esta manera, la única posibilidad que jamás se le había presentado al Tajo, como mal menor,  de encontrar un compañero de fatigas en el expolio de sus aguas, en este caso el Ebro, y ver así algo atenuada su triste y doble condición de cuenca cedente,  solidaria y solitaria,  desaparecía como por ensalmo con la llegada del nuevo gobierno.

La cosa tenía mucho mayor inri si se consideraba, por una parte, que el gobierno de Castilla-La Mancha había dado su apoyo al derogado Plan Hidrológico Nacional y a su consecuente trasvase del Ebro, y por otra parte, ya en el terreno del más descarnado esperpento surrealista, que su presidente regional casi vitalicio –más de veinte años pregonando su denodada lucha por defender los intereses regionales y las aguas del Tajo – entraba a formar parte como Ministro de Defensa de ese gobierno que, aparte aprobar varios trasvases desde el mismo momento de su toma de posesión, con unos embalses de cabecera ya entonces extenuados,  consumaba el expolio del Tajo al despojarnos del único trapillo con el que hubiéramos podido cubrir nuestra solitaria desnudez, y nos asignaba, también a nosotros con carácter vitalicio, ese lamentable rol de héroes forzosos de ese western –“Sólo ante el peligro”–   del “reparto” exclusivo y unidireccional de las aguas nacionales.

De esta manera, la segunda de las mentiras enunciada, aquella que atribuía al reparto autonómico del poder efectos casi milagrosos para oponernos con eficacia desde nuestra autonomía regional al trasvase ha resultado ser precisamente,  merced a la exacerbación del modelo propiciada por el independentismo catalán ¡con las colaboraciones necesarias!, nuestro peor enemigo .Nunca podría producirse una más terrible paradoja de los efectos de una mentira. El Estado de las Autonomías no sólo no nos ha servido para defender nuestras aguas del Tajo sino que al final ha venido a convertirse en el peor de nuestros adversarios para encontrar ese precario remedio que habría sido el trasvase del Ebro.

Empiezo el epílogo. No sé qué habrá sido de la vida de Ilde y Blas. Sin duda alguna ya se habrán jubilado y cada cual con sus motivos estarán de vuelta de muchas cosas. Se encontrarán algunos días en el Hogar de Zocodover o en el de Palomarejos.  Quizá ya no hablen de aquel tiempo pasado en el que se apasionaban por las cosas del Tajo y de Toledo, cada cual con su idea, y discutían sobre ir o no a alguna manifestación.  Sagrario, tan guapa como siempre, ya no se atrevería tal vez a ponerse aquel biquini de la playa de Safont con el que encandiló a Ilde porque probablemente, aunque bien podría hacerlo todavía, será ya una respetable abuela y pensará que, aunque alguno de su nietos le echase un benévolo piropo, aquello no estaría bien visto.

Con todo, Ilde y Blas,  –Sagrario no, que nunca se metía en líos de política–,  aún tuvieron tiempo de ver como todavía, para tapar aquellas mentiras, se urdían algunas nuevas patrañas, originales nuevos embustes. Con ese poder de falso talismán que tienen las solemnes mentiras, todavía vieron en los periódicos algunas  nuevas consignas para incautos o para interesados. A una de ellas, descubrimiento realizado al cabo de treinta años de expolio, se le puso el chusco nombre de  “La fecha de caducidad”, presentando como éxito político un final de trasvase, cuya fecha real aventajaría y con mucho a la de la mentirosa “caducidad”, que sólo vendría impuesto por la irresponsable sangría permanente de la cabecera del Tajo o por el inexorable rigor impuesto por la madre Naturaleza con sus severas sequías.

Otra mentira en el capítulo de las recientes, no menos curiosa y sorprendente, la de exaltar como un éxito político asombroso haber conseguido una ridícula cifra mínima de agua embalsada en la cabecera del río, casi al nivel ya del barro y de los lodos del fondo,  por encima de la cual, con un solo milímetro cúbico de agua, podría empezar de nuevo el insaciable latrocinio. Gran logro al parecer. Tenía, eso sí, la indudable ventaja de que aquí ya no volveríamos a estar jamás preocupados porque hubiese o no sequía, a fuer de quedar eternamente condenados a sequía permanente. ¿Inquietarnos? ¿Para qué? “El hombre del tiempo” sería para nosotros un espacio televisivo a olvidar. Aquella letrilla del viejo cuplé “agua que no has de beber, déjala correr” nos sería literalmente aplicable.

Pero, ¡quién sabe!, tal vez algún día Ilde y Blas, ya de puro cansancio sin hablar de estas cosas, volverían a encontrarse. Y se acordarían de aquella tarde lluviosa de hacía ya bastantes años en la que jarreaba agua a manta sobre una manifestación a la que ellos no asistieron, mientras que en los soportales de Zocodover esperaban a que escampara. Para entonces los guijarros de las empinadas cuestas toledanas, ya solitarias, limpias ahora como el jaspe, brillarían con la luz amarillenta de alguna vieja farola. Ellos, cada cual por su calle, se volverían a su casa no demasiado seguros de haber acertado al faltar a una cita que, como toledanos, también a ellos les había convocado. Ya hablarían de eso mañana.

Al día siguiente, el río, algo crecido,  bajaba con aguas más turbias y las gallinetas y fochas de las orillas, a la altura del Baño de la Cava, sin dejar de moverse entre los cañaverales y los carrizos, picoteaban unos cuantos peces muertos que flotaban en algún remanso.

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