El Comentario

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MANUEL JULIÁ

González en el vaivén de la herida

Manuel Juliá Manuel Juliá

Nunca pensé que se fuese a echar de menos tanto a un político como Felipe González. Ni que tuviera que debatir con militantes del PSOE su grandeza, ante la opinión de que se ha convertido en un vulgar tránsfuga atrapado por el dinero, mientras gente que ayer lo odiaba asintieran a mis argumentos. Ahora es un personaje, que no ha dejado de ser persona, que disfruta de la virtud de decir lo que piensa, lo que para algunos es solo un vicio, sobre todo si no coincide con sus argumentos. Su visión de la izquierda, y en general del político, versa más desde la sensatez, la experiencia y el bien común, que desde el sentido agobiante de ganar o perder votos. Creo que si hemos de pensar en alguien alejado del populismo, esa peste moderna que embauca y denigra la inteligencia, hemos de pensar en Felipe González. Jamás, o casi nunca, cortó una cinta. Odiaba el tumulto de aduladores, el postureo ante la audiencia, y seguro que jamás, como otros tantos políticos, encargó a sus asistencias o pretorianos que le buscaran un niño para aparecer en la foto dándole un beso.

Cuando decidió enfrentar su identidad política al bien común, con el asunto de la OTAN, entendiendo que la organización atlántica era el umbral para entrar en una época de prosperidad nacional, como así se ha demostrado, tuvo la honorabilidad humana de, primero no cambiar así como así, por ello dimitió y se sometió a un referéndum, y tampoco mantenerse con unos principios que pensaba al cabo hacían mal a su país. A muchos de los que ahora pintan les habría importado tres pepinos el bien del país. Se habrían mostrado como poseedores de unos principios inalterables, y otros se habrían acostado anti OTAN y se habrían levantado lo contrario sin dar explicaciones a nadie. Solo ese hecho demuestra la diferencia entre un político de Estado, y un político de estados, entendiendo estos por momentos según va la marea.

Se están inventando problemas para eludir los problemas reales, dice González. Y cómo no estar de acuerdo. La revolución tecnológica, el futuro real de las pensiones, la inoperante administración pública o el desempleo estructural son fantasmas que pululan alrededor de la política. En tanto, en vez de reformar la administración, por ejemplo, para hacerla más eficaz, se genera un acoso institucional desde múltiples trincheras. Hay que saciar el hambre de justicia con discursos grandilocuentes lleno de caudillismo. Dice González que hay un deterioro de lo que conquistamos hace poco tiempo. Eso es verdad y no sabemos a cambio de qué la liquidación, salvo que sea de un asambleísmo en el que prosperen los demagogos, los listos, los populistas. La crispación, algo que odiaba González, parece un espectáculo que circula de arriba abajo. Bien haría Sánchez en tener de asesor a alguien con las ideas tan claras y la mirada tan sensata.

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