El Comentario

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Eusebio Cedena / Análisis

El tonto tremendismo político en Castilla-La Mancha

Cortes de Castilla-La Mancha, en una imagen de archivo Cortes de Castilla-La Mancha, en una imagen de archivo

Vuelvo al asunto. Son malos tiempos para la lírica en la política de Castilla-La Mancha. Falta imaginación y sobran lugares comunes. Tremendismo y palo sin voluntad de llegar a ningún sitio bueno. Toda la vida con lo mismo y vuelta a empezar. Yo me canso y me da mucha pereza, aunque de cuando en cuando algún toque esperpéntico subido de tono, perla negra enturbiando más el barro, me asalta los oídos y me confirma que la vacuna para este virus de la política-desierto no hay ciencia ninguna que pueda fabricarla. Mi amigo Pedro Antonio López Gayarre, con buena mano para la prosa poética, le tiene bautizado a este universo de la política de pueblo y regate corto como “política de mosquitos”, que es una pequeña obra maestra para explicar su melancolía y mi hartura, que son en realidad el escepticismo y la perplejidad de todos. Castellano-manchegos unidos en el asombro de las cosas del ruedo regional. Los unos y los otros.

Por ser benévolo, presta uno toda la atención que puede a la guerrilla cotidiana con el saludable objetivo de encontrar algún gramo de sentido común y, por lo general, se sale desolado de la experiencia: no hay grano, todo es paja. O casi todo. Humo, pólvora, artillería de artificio para tener cuota de pantalla y entretener al personal. Desde fuera, periodistas aparte y muy cafeteros, no lo sigue nadie, no lo entiende nadie. Yo comprendo que hay que salir con el sol desde las sedes políticas, por turnos y fines de semana, a buscarle las malezas al de enfrente y atizarle pasto de alto calibre y baja calidad en forma de ideas o palabrejas altisonantes y tremendistas, pero el ejercicio es tan vacuo que el obligado servicio público sufre por los dos conceptos: ni es servicio, ni es público. Es una tonta tontería, con perdón: no digas nada si tus palabras no pueden mejorar el silencio.

Entre la acumulación de piezas inservibles que me encuentro, rebuscando en el contenedor castellano-manchego, destacan dos de estos días que son el último tesoro de la “política-mosquito”: un dirigente equis, del partido que sea, le dice al líder del partido contrario que es el “enemigo público número uno” en Castilla-La Mancha, inmenso calentón de la verborrea que encuentra rápidamente una réplica a la altura cuando se escuchar decir, en plena plaza pública, que tal otro líder, el que sea, ha llevado a la región al “pódium de muerte y ruina”. Maravilloso y aleccionador y una gran imagen para Castilla-La Mancha y para su gente, que todo esto lo mira desde lejos, muy lejos, y en el fondo lo considera un mal necesario. Una algarabía, un molesto ruido de fondo. Hay que resignarse, pensamos, es lo que tenemos. Aunque a ratos se nos ocurre, con ingenuidad y nostalgia, que tal vez esto no tenga por qué ser así y, empujando entre todos, podamos llevar el mensaje de que este bucle absurdo, tan prolongado en el tiempo, ya nos tiene hartos y debe implosionar, es decir, reducir bruscamente su tamaño y ofrecernos otra cosa.

En alguna parte debe haber vida inteligente.

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