El Comentario

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Lorenzo Sentenac

Nostalgia y desmemoria

Lorenzo Sentenac Lorenzo Sentenac

En una entrada reciente de su serie "La voz de Iñaki", el reconocido periodista venía a decirnos, hablando del espectro político de nuestro país, que la realidad es la que es y los hechos son los que son, salvo que decretemos el bipartidismo obligatorio, lo cual no sería muy democrático ni tampoco saludable.

Hay quien siente nostalgia del bipartidismo "centrista" de épocas pasadas, pero esa nostalgia es fruto de la desmemoria. Y es esa misma falta de memoria la que, maquillando y distorsionando el pasado, lleva a embellecerlo y a calificar a ese "centro" institucional, auténtico imán de oportunistas, como "moderado".

Lo cierto es que atendiendo más a la realidad de los hechos que a la publicidad engañosa, el centro que hemos padecido durante las últimas décadas puede definirse en muchos sentidos como "centro extremo", oxímoron que ha alcanzado enorme fortuna, sin duda porque designa una realidad palpable y conocida por todos.

Durante bastante tiempo tras la segunda guerra mundial, el centro estuvo condicionado y ubicado en el espectro político por el pensamiento socialdemócrata, premio merecido a la victoria sobre el fascismo y el nazismo (aunque no contra el franquismo, otra de sus formas), y en consideración también a que el terrible conflicto bélico que tantos muertos ocasionó era consecuencia directa de una etapa previa de extremismo ideológico y económico (un primer neoliberalismo) que desembocó en el "gran crack". De la misma forma que el segundo intento de imponer esa ideología extrema (a partir de Reagan y Thatcher) nos llevó a la "gran recesión".

Existe por tanto un hilo histórico e interpretativo que enlaza el "gran crack" con la "gran recesión", y en ambas etapas la democracia se vuelve vulnerable, se vacía de contenido y la plutocracia impera.

Son incontables los analistas que han señalado esta relación y esta similitud de causas y efectos, lo cual explica también la reproducción de ciertos fenómenos en una y otra época: xenofobia, racismo, nacionalismo, contagio y auge de la irracionalidad ...

Lo que resulta extraño es que así como después de la segunda guerra mundial nadie (o casi nadie) sentía nostalgia por la época pasada que había llevado al desastre, y por tanto se dieron prisa en pasar página y crear algo nuevo, ahora sin embargo no es infrecuente sentir nostalgia por los actores políticos del pasado cuyos manejos, trufados de corrupción y promotores de desigualdad, nos han traído a este otro desastre.

Y debemos considerar incluso que lo que a primera vista parece aleatorio, como es esta pandemia que vino a caernos encima sobre un estado de cosas ya deplorable, puede tener su origen en las mismas causas.

Y es que algunos estudiosos del tema, puestos a contar el número de epidemias que en apretada retahíla se vienen sucediendo en los últimos tiempos, han venido a calificar a este siglo XXI (por lo que llevamos recorrido de él) como el "siglo de las epidemias".

Aunque igualmente podría ser descrito como el siglo de las catástrofes-estafas económicas y de las crisis climáticas y ecológicas.

Esta conjunción de hechos: estafas económicas y catástrofes sociales, crisis ecológicas, y epidemias en serie ¿Nos está indicando algo? ¿Deberemos reflexionar (como ya se hizo después de la segunda guerra mundial) para concluir que estamos en una vía muerta, en un callejón sin salida, y necesitamos reorientar nuestros pasos?

Aquel paradigma "centrista" postbélico (este sí) socialdemócrata, que fue recompensa al esfuerzo en el frente de guerra de las tropas de a pie, fortalecidas por la victoria en su exigencia de una mayor participación en los beneficios económicos, con reclamación de derechos laborales y mayor justicia, presidido todo por un pensamiento social donde el interés general de todos tenia mayor peso que el interés privado de unos pocos (algo que suele descubrirse demasiado tarde tras las catástrofes), fue luego poco a poco, y sobre todo a partir de los años ochenta, desvirtuado, olvidado, atacado ideológicamente (el Estado es el problema y no la solución; no existe la sociedad, existe el individuo que persigue sus intereses ... etcétera), y al final desmontado y sustituido por otro paradigma, de nuevo ultra-liberal, que pasó a ocupar, por una especie de efecto doppler en el espectro político (en este caso un desvío hacia el azul extremo de la derecha), el llamado centro moderado.

Desde entonces hemos vivido en ese espejismo, hasta que la realidad del "centro extremo" y radical con sus consecuencias de siempre, de carácter disolvente y a menudo catastrófico, se hizo evidente de nuevo para muchos.

Esa forma de interpretar el espectro político y ubicar el "centro" escorado, tuvo su germen en la forma de manejar los partidos políticos en nuestro país y también en otros países de nuestro entorno. Y ese "manejo" quedó perfectamente plasmado en la conocida frase de Alfonso Guerra: "Quien se mueve no sale en la foto". De tal manera que los disidentes (salvo los más valientes, que acababan exiliados o en el ostracismo) se lo pensaban dos veces antes de disentir.

La omertá (y con ella la corrupción), fue planta que creció vigorosa en ese ambiente opaco y tenebroso.

Por extensión, desde el aparato controlador de los partidos al "manejo" también controlador del espectro político (con su centro turnísta, oportunista, corrupto, y monocolor), la frase y el precepto inmovilista de Guerra era igualmente aplicable, de forma que quien se movía de ese centro tan entrañable y acogedor, o ponía en duda el imperio del dinero, quedaba excluido y automáticamente fuera de juego, por "extremista" o "populista".

Y es que hemos abusado tanto de este adjetivo, "populista", que parece que lo es todo aquel que no acepta que quien manda es el dinero y no la ciudadanía, en la línea de aquello tan viejo y antiguo de Quevedo: "Poderoso caballero es don dinero".

Y así fue como a poco a poco nuestra novísima democracia decadente se puso a las órdenes de poderes muy poco democráticos.

He aquí la "ortodoxia" (así la llaman aún) que primero nos trajo ruina económica, cuando la gran estafa financiera hizo crack, y ahora nos ha vuelto extremadamente vulnerables e impotentes frente a una pandemia.

Poco motivo hay para la nostalgia.

Pero todo esto está mucho mejor explicado y descrito, con cifras, en un artículo reciente de Vicenç Navarro (https://blogs.publico.es/vicenc-navarro/2020/11/23/el-subdesarrollo-del-estado-de-bienestar-como-causa- de-la-elevada-mortalidad-por-covid-19/), o en las tristes evidencias que puso al descubierto el informe del relator de la ONU, Philip Alston, sobre nuestro país.

Esos son los hechos, y lo demás son especulaciones.

El desastre neoliberal (del que aún no hemos apurado todas las consecuencias) es hijo del bipartidismo monocolor, que en nuestro caso fue la máscara perfecta para todo tipo de fechorías.

En el reparto de cromos de la corrupción, los gerifaltes de nuestro régimen descubrieron que la mejor estrategia para seguir robando, saqueando patrimonio público, y evadiendo impuestos ad aeternum era ese bucle bipartidista. El saqueo era por turnos y al alimón. El resultado era inevitable: arcas públicas vacías. Ese bipartidismo tan centrado y moderado no solo hizo uso común de las cloacas del Estado para sus fines propios, sino que compartió testaferros para la comisión de sus delitos, como luego se ha visto.

Y en lo que coincidían también, sin necesidad de hablarlo, es en que nuestra jefatura del Estado, al ser una monarquía de origen divino, puede corromperse todo lo que le venga en gana, sin temor a que se la moleste, una especie de actualización del derecho medieval de pernada.

Sorprendentemente, esto tan triste y cutre, es lo que algunos echan de menos.

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