21 de septiembre de 2019
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El Miradero

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Ana Nodal

Más allá de las Noches Toledanas

Pasar una noche toledana nunca ha sido tan agradable como en los últimos años gracias a la atractiva oferta de música, cultura, talleres o rutas culturales que ha organiza el Ayuntamiento, ya desde tiempos de García-Page y ahora con la alcaldesa Tolón, cuando llega la primavera. Nadie puede negar que la ciudad se quedó pequeña el pasado fin de semana para albergar a los miles de visitantes que, lejos del peyorativo significado que esconde el concepto de "noche toledana", disfrutaron de lo lindo de unas jornadas espléndidas en las que incluso el tiempo se alió, sobre todo el sábado, para que todo saliera a pedir de boca.

Es obvio que la programación y la organización se puede perfeccionar, por ejemplo impidiendo el trasiego de público en los conciertos que se celebran en recintos cerrados, caso del ofrecido en San Pedro Mártir por la banda de Illescas, pero supongo que son detalles que el propio equipo de gobierno tratará de solventar en nuevas ediciones. Un concierto es algo casi sublime que merece un respeto. Y si no es posible que sea gratuito, pues que se establezca un precio, aunque sea simbólico para evitar que la gente se comporte en el recinto como si estuviera en una taberna. Así sea.

Más allá del gozo de quienes participaron en las actividades y de los hosteleros, que son los más beneficiados económicamente de estos eventos y cuyos comportamientos a veces dejan mucho que desear, hay que resaltar un hecho preocupante, que está comenzando a quebrar la convivencia entre vecinos: las quejas de los residentes en el Casco, perjudicados por los ruidos que les impiden conciliar el sueño o por esas dificultades, más de las ya tristemente habituales, que encuentran para acceder a sus viviendas en coche, por no hablar del aparcamiento, que conseguirlo es poco menos que una heroicidad.

En este sentido, me llama la atención la escasa empatía que muestran toledanos de barrios de la periferia cuando algún sufrido residente en el Casco se atreve a comentar su calvario. "Vete a vivir a otro sitio, que eres un privilegiado", "te aguantas" o "siempre os estáis quejando". Y esto es lo más suave. De acuerdo, es difícil hacer compatibles los gustos de todos, pero nunca se deben despreciar las opiniones de los que hacen posible que el Casco siga vivo, más allá del Corpus, Semana Santa o las famosas Noches Toledanas, que tanto disfrutamos los que llegamos desde otras zonas o desde pueblos alejados de la capital.

Quien considere que el Casco se mantiene con actividades de fin semana o con miles, incluso cientos de miles de turistas cada año, está muy equivocado. Son ellos, los que resisten los inconvenientes de una ciudad que nunca podrá estar adaptada a las necesidades del siglo XXI porque su propia configuración lo impide, quienes dan vida cotidiana al Casco, más allá de las tardes del domingo, cuando los visitantes se alejan de las piedras y dejan los vehículos en sus apacibles garajes.

Insisto, al menos escuchemos a nuestros vecinos del Casco cuando se quejan, con razón, además. Hay que mimarlos para que mantengan la vida en la zona histórica, que, por cierto, corre el riesgo en calles como la del Comercio, la calle Ancha de toda la vida, de asemejarse a Benidorm.

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