Nos han contado

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El quiosco toledano que se ha convertido en referencia para políticos, empresarios y periodistas

El presidente regional del PP, Paco Núñez, arrancó su campaña electoral con un desayuno en el Katalino

 

Cuando Felipe González gobernaba este país, un lugar pequeño y acogedor situado en los bajos del Palacio de la Moncloa se convirtió en una especie de consejo de ministros y cuchitril de deliberaciones inconfesables. Una bodeguilla en forma de tasca sevillana por la que desfilaba la intelectualidad del país y otros personajes públicos de la época de diferente pelaje. Una cuadrilla variopinta convocada por González para compartir entre sus allegados charlas, confidencias y otras maledicencias.

Sin el lustre institucional que ofrece la presidencia del Gobierno de este país, ni el establecimiento considerado Bien de Interés Cultural, en Castilla-La Mancha otro local bien distinto viene convocando a una tropa singular que cada día pasa por sus instalaciones en el Paseo del Merchán de Toledo. Unas huestes dispares compuesta de políticos, empresarios, profesionales, estudiantes, periodistas, jubilados, moteros, desempleados, y hasta señoras y caballeros ávidos de gangas en días de mercado. La cita es en el quiosco Katalino al abrigo de una excelente propuesta de cafés, churros y chocolates, además de otras ofertas de hostelería propias de este tipo de establecimientos. Un menú servido con atención y esmero por una plantilla multirracial que merece generales elogios por su profesionalidad. Un quiosco que es también lugar de convocatoria de ruedas de prensa por parte de las diferentes formaciones políticas en Castilla-La Mancha, y cita habitual de sus más conspicuos representantes en activo y pasivo.

Al mando José, uno de sus avispados propietarios y seguramente la mejor agencia de información de la ciudad. Normal cuando el moracho dispone de fuentes procedentes de tan variopinta clientela, que incluso hasta pueden competir con las de los profesionales de medios de comunicación tradicionales. José contempla silente tras el mostrador y ante una inmensa sartén plena de aceite caliente donde fríe y da forma con inusitada habilidad a cientos de churos y porras cada día para una clientela deseosa de sus elaborados. Así, entusiasmados con su deleite, no es extraño que los más asiduos deslicen y compartan confidencias y anuncios con el atento y siempre discreto cocinero.

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