22 de noviembre de 2019
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Oeste castellano

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GUSTAVO A. MUÑOZ

Se podrá morir por “pronóstico”, como se hacen las quinielas

Si no fuese por el progresismo no avanzaríamos nada, en este caso hacia la muerte. El PSOE y la mayoría del parlamento español está a favor de que lleguemos cuanto antes a la tumba. ¿Para qué vas a esperar cuando alguien lo puede “pronosticar”? “La portavoz del PSOE, Adriana Lastra, defendió el texto «desde el respeto a la libertad y a la autonomía de la voluntad de esas personas que quieren poner fin su calvario. Son casos extremos, como consecuencia de un pronóstico irreversible. Decidir cuándo y cómo morir»”, informan los diarios.

La portavoz socialista ha debido confundir los términos. Una cosa es pronosticar y otra distinta diagnosticar. Se diferencian en que, si ambas las puede formular un médico, la primera también puede hacerlo un oráculo o vidente televisivo. La primera, prediciendo tu muerte por los síntomas y pruebas realizadas, pero todos sabemos que la medicina no es una ciencia exacta. La segunda es la que determina una enfermedad concreta por sabiduría del facultativo, por su ojo clínico, nada más, sin querer ser el heraldo de la Muerte.

Lo de “decidir cuándo y cómo morir” es delirante. Recuerda el día en que sus antecesores progresistas fueron a buscar a Ramiro Ledesma Ramos -del que Ortega dijo que “han matado una inteligencia” cuando se enteró de su destino final-. Le llevaban unos milicianos por la calle, y como El Empecinado, se revolvió después de proclamar: “Pensáis matarme donde vosotros queráis, pero yo muero donde me da la gana”, y allí mismo, en la calle, ante los viandantes, le asesinaron.

Según el sólido argumento de la portavoz socialista vamos a poder elegir cuándo y cómo, y por lo visto para eso hace falta una ley progresista. Los suicidas mueren dónde y cuándo quieren, sin necesidad de que el PSOE les asesore. Y los asesinados de ETA cuando querían los terroristas, para recogida del producto del PNV, según decía Arzallus. Quizá la portavoz quiera decir otra cosa más amable:

-Doctor, ¿qué tal estoy?

-Muy mal, se va a morir usted, a lo sumo en seis meses y malamente.

-Ya suponía yo que la muerte siempre sobreviene malamente.

-Yo se lo pronostico desde un punto de vista profesional, como un cronista deportivo puede pronosticar el resultado del Madrid-Barcelona.

-¡Bueno, pues nada! Si no hay más remedio, preferiría morir el lunes próximo.

-¿Y por qué el lunes?

-Me ha inspirado usted la idea. Para que le dé tiempo a mi hijo a darme de baja del PP y causar alta en Podemos. Si se tiene que morir alguien que sea un comunista.

La internacional socialista, ya sea propiamente eso, socialista, comunista o anarquista, es lo que tiene, un afán inmenso e incontenible en determinar a la gente lo que tiene qué hacer, cómo tiene que vivir, qué pensar, a qué hora debe ir al cuarto de baño y si debes nacer y cuándo morir. Por esta ley, cuando el enfermo no tenga consciencia, ¿quién va a determinar el fin de su vida? ¿Un tribunal médico? ¿La familia que tomará la determinación en función de si vive de su pensión o espera heredar? ¿O una chorba que ha sido votada por los comités de barrio para tan humanitario fin?

Nacer y morir son las únicas certezas de la vida. La distancia entre ambos momentos un acontecimiento incierto, porque veinte años los tiene cualquiera, lo difícil y meritorio es cumplir 100. Esta modernidad de flecos manifiestamente decadentes interviene en eso, que es la única y verdadera libertad del hombre como especie presuntamente inteligente.

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